Diagnóstico del antiamericanismo

Por Álvaro Delgado-Gal (ABC, 15/03/03):

Ha declarado hace poco Salman Rushdie en el Guardian: «América se enfrenta a un enemigo ideológico cuya derrota podría ser más difícil que la del Islam militante: el antiamericanismo, ubicuo de pronto en el mundo». ¿Es esto así? ¿Está haciendo el antiamericanismo los estragos que dice Rushdie? Antes de emitir un diagnóstico, conviene ponerse de acuerdo sobre la naturaleza de la enfermedad -en el supuesto de que se trate de eso, de una enfermedad-. En lo que sigue, me moveré en dos planos paralelos. Primero, uno genérico. Luego, otro en que desciendo a precisiones varias, sin excluir las geográficas.

Ser antiX -antiamericano, anticlerical, antimonárquico- implica abrigar hacia X un sentimiento de repulsa o de hostilidad automáticas y por lo común irrazonadas. La consecuencia fatal, es que seremos propensos a emitir sobre toda situación en que interviene X veredictos lógicamente defectuosos. Apreciaremos mal la evidencia disponible, o haremos deducciones infundadas, o confundiremos la prótasis con la apódosis. Imagine el lector que es un detective, y que debe investigar un asesinato: a una dama vieja y rica -me estoy colocando en uno de esos escenarios que gustaban a Agatha Christie- le han dado matarile en su mansión señorial. Los indicios acusan al mayordomo. Éste, en efecto, ha sido declarado heredero universal por la occisa, y ha adquirido además en la farmacia de la esquina el veneno que liquidó a la buena señora. Pero usted es anti-ama-de-llaves. Detesta obsesivamente a las amas de llaves, y se le sube la sangre a la cabeza cada vez que una de ellas se pone a tiro. Así las cosas, decidirá que el ama de llaves robó el veneno y lo vertió en el té de la dama con el designio de casarse más tarde con el mayordomo y heredar por vía indirecta los caudales de la difunta. El prefijo -y prejuicio- «anti» se habrá convertido en un monstruoso martillo pilón que reduce a polvo datos, hechos, y recomendaciones del sentido común.

Aquí en España, vimos operar el antiamericanismo a cielo abierto con ocasión del penoso manifiesto leído por Almodóvar y compañía el día quince del pasado mes. No es necesario en absoluto, a fin de calificar el manifiesto de «penoso», simpatizar con la posición americana en el conflicto de Irak. Concedamos de barato que Bush ha errado de estrategia, y agreguemos, a esta hipótesis, los agravantes que se quiera -arrogancia, desprecio de la legalidad internacional, etc…-. Aún en esas, desafía a la imaginación, y a la inteligencia, la inversión de factores que el documento perpetraba. Sadam, uno de los mayores genocidas del siglo XX, aparecía como benéfico o irrelevante en comparación de Bush; la mortandad infantil, ocasionada principalmente por la crueldad y falta de escrúpulos del régimen iraquí, le era imputada al tío Sam, y así sucesivamente. Era el mundo vuelto del revés, con la circunstancia añadida de que la tergiversación terrible no restó un ápice de violencia procesal al texto y al tono con que éste fue declamado. Tengo la seguridad de que muchísimos manifestantes se habrían abstenido de bajar a la calle caso de haber conocido de antemano la soflama que selló el gesto legítimo de protesta ciudadana.
El antiamericanismo no sólo nubla la capacidad de análisis: también confunde y trastoca el sentido moral. Suponer que la democracia más vieja del mundo, con libertad de prensa, pluralidad de partidos y tribunales independientes, pueda darse a sí misma jefes políticos más dañinos que un bárbaro que mata en el Consejo de Ministros a los generales disidentes, o gasea a su propia población, equivale a descalificar la eficacia de la democracia, de la libertad de prensa, de la pluralidad de partidos, y de la justicia independiente. Que aquellos que claman en nombre de una democracia abstracta, evidencien un desprecio notorio hacia las concreciones democráticas, refleja mala fe. Pero también confusión. Una confusión de índole metonímica. Los USA son esencialmente malos; luego es malo cuanto ocurre en los USA, aun cuando mucho de lo que ocurre en los USA sea bueno. El principio de contradicción se derrumba cuando mandan, indóciles, indisciplinadas, las pasiones.

¿Cuáles son las raíces del antiamericanismo en España? Hay que empezar diciendo que el antiamericanismo, tomado a bulto, no es de izquierdas o de derechas: es transversal. En Francia, el antiamericanismo fue cultivado por la extrema derecha en los años de entreguerras; y por la izquierda después de la Segunda Guerra, con motivaciones muy directas, y muy obvias, en lo que se refiere al PCF. El último no sólo denunció a la OTAN sino, igualmente, el Plan Marshall, con tanta fortuna que, un año después de su ratificación, y contra toda lógica, sólo un tercio de los franceses no comunistas se mostraban favorables a él -ver L´ ennemi américain, Philippe Roger, pág. 418. Seuil, 2002-. El sentimiento de inferioridad y el nacionalismo compensatorio, amén de las estrategias partidarias, tramaron en Francia un tejido complejo que envuelve al propio De Gaulle -y quizá a Chirac-. La misteriosa afirmación de De Gaulle -«Paris libéré par lui-meme»- denota un esfuerzo revelador por expulsar a los Estados Unidos de la ecuación francesa. El país que nos ha sacado las castañas del fuego ha cometido un error imperdonable: sacarnos las castañas del fuego.

¿Y en el caso español? También en el caso español se mezclan corrientes y aguas de distinto sabor y condición. Están los agravios históricos -Cuba, Filipinas, el episodio del Maine-; y la militancia comunista durante la oposición a Franco, aliado de los USA; y las simpatías difusas de la izquierda genérica hacia el experimento soviético; y seguramente algo más hondo, más sustancial. Esto más hondo, es el catolicismo, o para ser más exactos, el catolicismo social, perfectamente capaz de sobrevivir al descenso de la confesionalidad en sentido estricto. En el modelo americano, el individuo ha de valerse por sí mismo, o dicho a la conversa, ha de valer a la comunidad produciendo bienes o servicios cuya utilidad se tasa en dinero. En términos neoclásicos: el modelo no percibe ultraje alguno en el hecho de que un trabajador reciba un salario igual al producto marginal de su trabajo. La confianza en la iniciativa individual, y una trayectoria sostenida de éxitos, ha provocado que los USA sean el sitio del mundo donde más correa se da al hombre suelto. Donde más se mide al hombre por lo que el hombre consigue, o por lo que consigue a través de los engranajes del mercado.

La experiencia española -y europea general- es distinta. Europa ha emergido, al revés que los USA, de las viejas sociedades estamentales, en las que la esperanza de una buena vida venía marcada por el origen y el nacimiento. El rencor social, y la tendencia a pensar que la riqueza brota de privilegios injustos, no es sólo una actitud opinativa: obedece también un recuerdo histórico. El yanqui cae mal porque es rico, pero sobre todo porque cifra en la riqueza un mérito y hasta una especie de belleza. Nosotros, los españoles, sintonizamos mucho más espontáneamente con las visiones organicistas de la Iglesia. Con la idea de que cada cual debe tener lo que es justo que tenga, y no lo que los otros le dan a cambio de lo que hace. La afirmación casticista de sí, el viejo fondo católico, la mentalidad anticapitalista, el progresismo según se entiende el progresismo por estos pagos, forman una rara amalgama, potentísima en el plano moral. No se trata de una moral descalificable. Sólo es descalificable la fulminación apresurada del otro. Y la vociferante, inelegante, unanimidad.

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