Dictadura, tiranía y comunismo

Las dos grandes guerras del siglo XX, que trastocaron profundamente la geografía política de Europa, modificaron también con parecida intensidad conceptos y pensamientos. La Gran Guerra del 14-18 había dividido al Viejo Continente en dos bloques, el formado alrededor de Alemania y Austria-Hungría y el que capitaneaba Francia con Gran Bretaña. El segundo fue el triunfador absoluto y la propaganda durante la contienda y después de la victoria fue tan elemental como suelen ser los eslóganes: los regímenes adalides de la libertad por un lado y los de la opresión por otro, con el triunfo final de la virtud frente al mal. Quedó establecido que la primacía correspondía a la democracia representativa, sentenciando a toda otra forma de gobierno.

Pero ese maniqueísmo se volvió en contra de sus impulsores cuando la crisis económica de 1929 hizo comprender a los sufridos contribuyentes que la panacea política de los vencedores no era capaz de resolver los problemas de administrar la paz y, con el mismo simplismo, la sociedad modificó su pensamiento: si el sistema vencedor no valía para preservar la economía, habría que considerar las soluciones de los denostados vencidos.

Estos, que habían sido humillados por los tratados de paz impuestos por el presidente Wilson, habían elaborado unos movimientos políticos que devolvían el orgullo patrio exaltando el nacionalismo con tintes racistas y basándose en Hegel, padre filosófico del comunismo. El nacional-socialismo alemán encontró amplio eco y la clase media -siempre castigada por las crisis- de Portugal, Bélgica, Francia, Inglaterra, Italia y Hungría puso sus esperanzas en partidos totalitarios. Buena parte de Europa miraba a Alemania. ¿Fue la divorciada Wallis el motivo de la renuncia al Trono de Eduardo VIII o se debió a su filonacismo?

La verdadera solución de la crisis fue amarga: la Segunda Guerra Mundial, que trajo el pleno empleo en el trabajo, endeudamiento masivo a los Estados y la sociedad erigida en víctima macabra de la contienda con la muerte de millones de personas tanto en el frente como en la retaguardia. Los vencedores de la Primera repitieron en la Segunda, porque los EE.UU. y su potencia económica, industrial y militar se inclinaron por el mismo bando, y aunque volvió la publicidad a ensalzar los valores espirituales del grupo victorioso, esta vez había que aceptar también al aliado régimen de Stalin, seguramente el más tiránico y asesino en la historia de la humanidad.

Para asumir sin sonrojarse al leninismo-estalinista que había esclavizado a Polonia -motivo de la segunda conflagración-, Estonia, Letonia, Lituania, Bulgaria, Rumanía, Checoslovaquia y media Alemania, y asesinado a millones de rusos, es decir había evidenciado que el ideal comunista llevado a la práctica constituía un régimen criminal, hubo que dar a entender que las calamidades se debían al poder personal de sus dirigentes, nunca a la doctrina que los sustentaba.

Pero la incoherencia en política solo resulta aceptable si no atenta a los intereses propios y cuando la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas se enfrentó a EE.UU. en lo que entonces se llamó la Guerra Fría, los comunistas se convirtieron en los malos de la película y sus tétricos sombreros negros los señalaban en los saloons ante los blancos impolutos de los buenos. La contienda con la Rusia comunista acabó en el firmamento, y los soviéticos tiraron la esponja económica y se sometieron al Imperio Americano.

En Estados Unidos se modificó la opinión, pero en Europa durante décadas se han achacado todos los males a los regímenes totalitarios, silenciando a los soviéticos-socialistas y, equiparando tiranía con dictadura, se ha subrayado lo perniciosas que son las personales, mientras quedan exentas las basadas en fundamentos ideológicos mucho más duraderas pues no perecen como los individuos. Una argucia demasiado elemental para ser consistente pero que ha permitido a los epígonos comunistas librarse de ser señalados, erigirse encima como maestros y señalar qué y quiénes son políticamente correctos.

Los europeos, con la misma alegría con que han asimilado los pantalones vaqueros, la Coca-Cola y el cine de Hollywood, se han convertido al relativismo y a la tolerancia aplicada al revés: en vez de aborrecer el delito y amar al delincuente, admiten los principios y condenan a quien los sustenta, y, fieles a las normas dictadas por lo políticamente correcto, aceptan la legalidad de los diferentes partidos comunistas, pero no transigen con los ultras que no sean de izquierda. Consideran insultante el adjetivo «nazi» o «fascista», pero apodar comunista no es peyorativo, y los Jemeres rojos, los progromos rusos o la ocupación de media Europa no alcanzan a tener calificación moral, constituyen meros daños colaterales sin peso específico para denunciarlos. Porque la tiranía personal es perniciosa, pero la de las ideas no, y por tanto no cabe equipararlas, y si no pueden equipararse… Cosas veredes.

El Marqués de Laserna es miembro Correspondiente de la Real academia de la Historia.

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