Diez años después, un balance desapasionado del 11-M

Ningún suceso ha dividido tanto a la sociedad española como el atentado del 11-M.

Cuando los terroristas asesinaron brutalmente a casi 200 personas que iban a trabajar o a sus centros de estudio, a las 07.40 horas de la mañana de aquel inolvidable 11 de marzo, en España los dos principales partidos, el PP, que entonces gobernaba, y el PSOE, liderado ya por Zapatero, tenían vigente el pacto por las libertades y contra el terrorismo.

Ese acuerdo, impulsado por el secretario general del PSOE, permitió un avance sustancial en la lucha contra ETA, con el hito de la ilegalización de Batasuna. El consenso, ahora lo vemos, cuando ETA no es más que una caricatura de lo que fue, ha sido la base que ha permitido que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hayan derrotado a la banda.

En una democracia, el mejor método para acabar con el terrorismo es que la Policía, los fiscales y los jueces hagan su trabajo, con un amplio respaldo de Gobierno y oposición. Los atajos, como ocurrió en la etapa de los GAL, no sirven para nada. ¡Parece mentira que esa lección cueste tanto aprenderla!

El día 12 de marzo, acudí a la sede del PP, en Génova, para entrevistar a Mariano Rajoy, candidato del PP a las elecciones del 14 de marzo de 2004. Recuerdo que me dijo que Zapatero le había llamado el mismo día 11 a media mañana para convocar el pacto antiterrorista. Rajoy habló con el presidente sobre el asunto y Aznar se negó a hacerlo.

Ahí comenzaron los males políticos del 11-M. Esa decisión tuvo una trascendencia difícil de percibir en ese momento. Pero fue un grave error de Aznar.

Durante las primeras horas, la opinión del CNI y de Interior era que la autora del atentado era ETA.

¡El mayor atentado de la Historia de España a sólo 72 horas de unas elecciones generales y con ETA como protagonista!

En Moncloa el análisis, tan interesado como equivocado, llevó al presidente a rechazar la oferta del PSOE, que en las encuestas se estaba acercando al PP. ¿Para qué dar protagonismo al PSOE si su partido podía repetir una inesperada mayoría absoluta de la cruenta mano de ETA?

Los primeros indicios de que el atentado podía haber sido obra del yihadismo despertaron en el PSOE esperanzas de arrebatarle al PP una victoria electoral que se daba por segura. Si la autora de la masacre había sido Al Qaeda, eso daría la razón a la política de oposición a la Guerra de Irak. El atentado, según esa interpretación, tan partidista como equivocada, era una respuesta, una venganza, por la intervención de España, junto a EEUU, en la invasión de Irak.

Esa división esencial caló en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. El PSOE recibía filtraciones de policías afines. El ex secretario de Estado, Rafael Vera, puso todos sus contactos al servicio de Ferraz con el objetivo de que el PSOE tuviera la delantera a la hora de manejar las últimas novedades sobre los atentados.

A partir de la aparición de la furgoneta en las cercanías de la estación de Alcalá de Henares, esa parte de la Policía cercana al PSOE (luego recompensada tras la victoria electoral) hizo todo lo posible para «demostrar» que el Gobierno de Aznar mentía y quería ocultar que el atentado era islamista.

La torpeza del Gobierno, unida a que, de hecho, durante 48 horas hubo muchas dudas, dio la oportunidad al PSOE de fabricar un discurso tremendamente destructivo y eficaz. Recuerden aquella rueda de prensa del sábado por la tarde en la que Alfredo Pérez Rubalcaba afirmó: «Merecemos un Gobierno que no nos mienta».

El sábado había sido detenido, en su locutorio de Lavapiés, Jamal Zougam, relacionado, aunque no procesado, por la Policía con la célula de Abu Dhadha: las tarjetas para los móviles que pusieron en marcha los detonadores de las bombas habían sido vendidas en su tienda.

Zougam fue, sin duda, la gran baza para los que apostaban por la autoría islamista y argumentaban que Aznar mentía con objetivos espurios.

En ese estado de ánimo (recuerden las manifestaciones, las agresiones al vicepresidente Rato en Barcelona) se acudió a las urnas el domingo 14 de marzo.

Ganó el PSOE y el PP recibió un duro castigo por su torpeza en la gestión de la crisis.

Posteriormente, la instrucción le fue encomendada a Del Olmo, al que este caso le sobrepasó desde el principio. El juez se puso en manos de la Policía, que fue la que dirigió, de hecho, la investigación.

Se cometieron muchos errores. La actuación del jefe de los Tedax, Sánchez Manzano, es el ejemplo más acabado de lo que no debe hacer un policía ante un atentado de esas dimensiones.

Y todo se quiso tapar. La posible colaboración de ETA en el atentado se desechó de principio. No había que dar ni una sola baza a los llamados conspiranóicos.

Por tanto, la investigación de la Policía se centró en demostrar que las tesis de la Fiscalía eran ciertas y en echar tierra sobre fallos imperdonables, que ahora sería demasiado prolijo repetir.

Los que dudamos de esa versión (Al Qaeda se venga de España por su intervención en Irak con un gran atentado), también cometimos errores. Dimos crédito a algunas informaciones faltas de rigor, que sólo tenían como fin confundirnos y llevarnos a un callejón sin salida.

La labor de los servicios secretos (que se sirvieron de algún abogado y de ciertos miembros de las fuerzas de seguridad) fue crucial para hacer que los que buscábamos honestamente la verdad, pareaciéramos una pandilla de iluminados.

Pero, cuando repaso las portadas del periódico, debo decir que, con excepciones, hicimos un magnífico trabajo en el que participaron buena parte de nuestros mejores periodistas. Las aportaciones, que luego se incorporaron como hechos probados, ahí están.

Pero no, este artículo no es para pedir disculpas, ni para ponerme medallas, sino para reflexionar sobre lo ocurrido en estos 10 años.

Lo importante, insisto, es que los demócratas no aprendimos la lección de la lucha contra ETA. Una fotografía de Aznar y Zapatero, una investigación de la Policía sin contaminación política, podía haber evitado muchas heridas, muchos malentendidos. Las víctimas merecen que seamos menos arrogantes, reconocer que todos cometimos errores.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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