Diez años después

El 3 de octubre de 2000, en la reunión semanal de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, intervine bajo el título de “Problemas económicos españoles en el otoño del 2000”. Se publicó en los «Anales» de esta Real Academia, nº 78, 2001, y puede consultarse cómodamente aquí.

Ante los datos sobre la marcha de nuestra economía que corresponden al año inicial de la década que ahora concluye, señalaba: «Parecería que las cosas discurren tan bien que nos hemos incorporado, no ya a los países industriales, sino a las sociedades económicas opulentas. Los estudios regionales muestran que incluso se han alcanzado, o sobrepasado, las cifras medias comunitarias medias, en toda una serie de autonomías españolas… Simultáneamente, son palpables las evidencias de una ya considerable igualdad en la distribución de la renta familiar… Por lo tanto, ¿nos encontramos con que el papel de la política económica se va a reducir, para prolongar la expansión, a vigilar, agregando pequeños retoques, a lo que ahora existe para que se convierta en un poco más eficaz?» Y agregaba: «Honradamente, como economista, he de señalar que no ha concluido, ni mucho menos, la cadena de hondas reformas estructurales que precisa nuestra economía, para eliminar las amenazas que se extienden sobre nuestra expansión».

Señalaba a continuación que, en relación con la realidad material española, existían claras asechanzas derivadas: de Norteamérica -por su déficit en cuenta corriente, por su tasa negativa de ahorro y por lo que se derivaba «con mucha viveza en relación, sobre todo con los mercados financieros» a causa de acciones especulativas-; de la Unión Europea, porque «el ingreso de los PECO -recordemos, los países de la Europa Oriental- … va a originar un descenso notable en la llegada (a España) de fondos comunitarios, cuyo papel equilibrador de (nuestras)… balanzas exteriores no conviene minimizar», a más de un cambio en la PAC y de choques derivados de la relación euro/dólar; de los riesgos derivados del envejecimiento de nuestra población y de la fuerte llegada de inmigrantes; finalmente, de los rendimientos de nuestras inversiones en Iberoamérica, considerando, en polémica con Pampillón, que no era el de esta región, «un panorama nítido para una muy importante inversión española». Pero, sobre todo estaban los desatinos internos: «la preocupante situación competitiva de nuestra industria»; el que «el progreso productivo comienza a provocar alzas en los costes unitarios laborales que da la impresión de que… van a caminar por encima de la productividad»; «la financiación de las pensiones (que)… recae, en un porcentaje muy superior al de los otros países comunitarios, sobre las cotizaciones de los empleadores»; el que prosiguiesen existiendo «ciertos impuestos, especialmente perturbadores para la marcha de la economía, como son los personales»; la financiación de las autonomías, por el peligroso cumplimiento de lo que empezamos a llamar con cierta ironía y como homenaje a este economista algunos profesores españoles, la ley de Schwartz: tiende a compensarse lo que reprivatiza el Estado, con lo que publifican las Autonomías; el riesgo de que se altere «la cultura de la estabilidad financiera…»; finalmente, el caer en «la que podríamos denominar tentación corporativa con gotas cartelizadoras», abandonando la política de que en «nuestra estructura económica reine el orden del mercado» porque nuestras medidas liberalizadoras «ni fueron radicales, ni dejarán de tardar demasiado para hacer efecto».

La prueba de que el riesgo existía se probaba con la subida de precios que genera una significativa inflación diferencial, acompañada de un fuerte déficit de la balanza por cuenta corriente, signos típicos de una economía recalentada que pone trabas a la puesta en marcha de serias reformas estructurales. Todo esto no era un mérito especial mío. Yo, como se probaba en las citas, sintetizaba lo que opinaban numerosísimos colegas, los cuales siguieron insistiendo sobre todo cuando todo giró a muchísimo peor desde 2003. Aparentemente nada sucedía, pero yo, por entonces, empleé el símil de la cena del rey Baltasar y cómo los economistas ya escribíamos frente a la alegría del festín aquello de «Contado, Pesado, Dividido» del libro bíblico de Daniel, preludio de la catástrofe.

Para nada se tuvo en cuenta, a lo largo del periodo 2004-2008, lo que decían de modo continuo además, un Jaime Terceiro, un Luis de Guindos, un Iranzo, un Barea, un Tamames, un Cuadrado Roura, un Torrero, un Donges, un Schwartz, un Toribio -y la relación completa sería casi el censo de los economistas que analizan nuestra economía-, y ha llegado la catástrofe actual, al hundirse el sistema financiero norteamericano y con ello, iniciarse una crisis mundial extraordinariamente peligrosa. Está por eso llena de peligros la inacción actual de la política económica española, reforzada por la creencia de que las cosas pueden mejorar del modo que, por ejemplo, el presidente Zapatero señalaba en Langreo el 28 de mayo de 2009.

Acaba de escribir Jacques Attali en su artículo «Passer aux choses sérieuses» en «L´Express» de 4/10 de junio de 2009 que «contrariamente a lo que se nos quisiera hacer creer, la crisis se acentúa… Es más; en círculos informados se murmura que es preciso esperar otros tsunamis: sobre los créditos inmobiliarios privados, sobre las tarjetas de crédito,… Europa -¿y no se podría sustituir por España?-… prefiere creer que la crisis va a solucionarse por sí misma… Parece esperar, en adelante, que el mercado saque del bolsillo un remedio milagroso».

¿Cómo escapar de esa situación? Attali apuesta por el cambio revolucionario que significa impulsar «masivamente» una realidad industrial nueva, orientada hacia sectores con un gran futuro, o sea, los de tecnología muy avanzada, y relacionados con la salud; la energía -naturalmente, a partir de los reactores de tercera generación-; la producción rural abandonando supersticiones respecto a los trasgénicos; las infraestructuras de transportes y comunicaciones vinculados, claro es, a las TIC; los servicios de punta; también cita las industrias culturales, pues se precisa disponer de una población activa muy bien preparada ante este gran reto coyuntural.

Hay que reiterar que esa transformación que así se plantea para Francia, es aun más urgente para España. Al anualizar la caída de nuestro PIB en el primer trimestre de 2009, se observa que éste desciende un 7´4%; en Francia, un 4´7%. La encuesta de «The Economist» correspondiente al mes de junio considera que el PIB español va a descender en 2010 un 0´5% y el francés que aumentará un 0´5%. La tasa de paro era en abril, en España de un 18´1% y en Francia de 8´9%. La balanza comercial española tenía, en los doce meses que concluyen en marzo de 2009, un déficit de 117.200 millones de euros; Francia, uno de 79.100 millones. Por cuenta corriente, el déficit español, en los doce meses que concluían en marzo, era de 135.400 millones de dólares, y el francés de 53.600 millones. Se espera que el déficit presupuestario español sea el año 2009 de 9´6% del PIB; el de Francia se pronostica que alcanzará el 6´6%. Finalmente, el diferencial con el bono alemán, ese índice que muestra cómo anda el riesgo país, era, el 4 de junio de 2009 de 82 puntos porcentuales para España y de sólo 38 para Francia.

¿Qué remedios revolucionarios, o lo que es igual, costosos en términos de planteamiento político, no se tendrán que plantear a partir de ahora para España? La respuesta es clara. Han de desaparecer los obstáculos que se alzan ante eso, a saber, los institucionales denunciados por Carlos Sebastián; los fiscales criticados por Barea y Lagares; los financieros puestos de relieve por Torrero, Ontiveros y Valero; los relacionados con frenos al progreso en I+D+i cuantificados por COTEC y por Sánchez Asiaín; y por supuesto los derivados de la ruptura del mercado español, a causa de los dispares planteamientos teóricos con unas consecuencias evidentes que se pusieron de relieve, respecto a Europa, y que serían aun más graves para España en el ensayo de Barry Eichengreenm «The breakup of Europe», o sea, en traducción para el caso español, y desde un símil empresarial, «La quiebra de España».

Nos jugamos muchísimo en el acierto o en el error. Es preciso, más que nunca, pensar que tenía toda la razón el gran economista español Olariaga cuando escribió: “Ocho, diez años en la vida económica moderna, son suficientes para encumbrar a un pueblo en el concierto internacional o para dejarlo batido y rezagado por medio siglo”.

Juan Velarde Fuertes