Díez del Corral: una vida y obra intelectual

Fue precisamente en un homenaje que se hizo a Díez del Corral en su ciudad natal de Logroño, en 1985 (D.Luis, riojano universal), donde José Antonio Maravall Casesnoves, cuyo centenario recordábamos en estas mismas páginas el pasado 13 de junio, se refirió a la amistad entre ambos y a unas vidas que habían transcurrido en muchos aspectos casi de forma paralela y coincidente al tiempo, como «elementos de nuestro destino», personas «que se hacen presentes en la línea de existencia de uno y que contribuyen a trazarla». Ambos han relatado en distintas ocasiones el comienzo de su amistad en el inicio de sus vidas universitarias, con apenas veinte años, cuando se encontraban un día tras otro revolviendo en los cajones de los carritos de libros que se colocaban en la calle Ancha de San Bernardo y que, como los de la cuesta Moyano a donde igualmente acudían, tentaban a los jóvenes estudiantes; en ellos buscaban las ediciones de la Colección Universal o de ejemplares de El Espectador, o cualquier otra sorpresa bibliófila que leían ávidamente. Era el curso de 1928. Estudiantes en la Universidad de Madrid, en palabras de Díez del Corral, «era una generación la nuestra que había tenido la fortuna de iniciar su formación intelectual coincidiendo con los últimos años, todavía fecundos, de la generación del 98, con la llegada a su plenitud de la generación presidida por Ortega, y con la aurora de la generación del 27, el año del Centenario de Góngora, cuyo Polifemo nos aprendíamos, con todas sus licencias poéticas, de memoria». Prosigue don Luis -como siempre le llamamos los que hemos tenido el privilegio de crecer intelectualmente cerca de él- contando la aventura de la creación, «con nuestro personal peculio», de la Nueva Revista, vanguardista, «que vendíamos a voces por las calles».

Siguieron coincidiendo en los años turbulentos, en el desgarro de la Guerra Civil y, posteriormente, en la difícil posguerra en plena dictadura, en las pocas instituciones que sirvieron de refugio en buena medida del pensamiento y de actitudes liberales en la España del franquismo, sobre todo a partir de los años cincuenta: desde la Universidad al Instituto de Estudios Políticos (en donde encontraron pequeños acomodos de supervivencia en difíciles años desde Manuel García Pelayo a don Ramón Carande y otros), en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en los veranos de Santander (en donde ya en 1955 Marañón dio el curso Españoles fuera de España y en donde Maravall tuvo su primer infarto en agosto de 1959, recordado por Díez del Corral como aquel «aciago día» en el que su amistad «vino a cobrar una calidad especial» y ratificaba las palabras de Rafael Lapesa años después respecto al «temple con que (Maravall) se enfrentó a la enfermedad», así como el «heroísmo vital» que su amigo supo mantener hasta el último momento de su vida). Coincidirían más adelante en la Real Academia de la Historia (no conviene olvidar que tanto esta institución como la Real Academia Española guardaron siempre sus plazas a los exiliados de la terrible Guerra Civil), y especialmente coincidieron en la Universidad, en la creación de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en 1946-47, en donde contribuyeron decisivamente a la creación de una comunidad científica muy potente (en los años sesenta y setenta fueron profesores y catedráticos en ella don Luis García de Valdeavellano, Paulino Garagorri, Fernando Terán, Rodrigo Uría, Fernando Garrido Falla, Antonio Truyol, Salvador Lissarrague, Carlos Ollero, José Luis Sampedro, Luis Ángel Rojo, Enrique Fuentes Quintana, Castañeda, Paredes y otros) y fue una Facultad, como es sabido, que se convirtió en una punta de lanza antifranquista y por ello castigada de diversas maneras en su tiempo. Esa pléyade excelente, junto con otros compañeros de aquellos años, permitieron, como ya he escrito en otras ocasiones, que en medio de un clima tenso, represivo y de perpetua sospecha, en medio de esa politización extrema que lleva siempre consigo todo sistema dictatorial, en medio de la propia rebelión estudiantil que era claramente trasunto de una sociedad en movimiento; en medio de la agitación del final del régimen tardofranquista, estos profesores fueron capaces de mantener espacios donde se aprendía a «discrepar y estimar», una doble función enriquecedora que pocas veces ejercita el español, lamentaba uno de ellos.

Don Luis fue siempre uno de esos «maestros apasionadamente severos», cálidos y exigentes a la vez, generoso y abierto siempre a los jóvenes, con tolerancia viva, pero mostrando siempre la existencia y necesidad de que el mundo tenga sus configuraciones y sus límites. Y, como dijo alguna vez Fernando Savater, es verdad que ningún maestro, ningún libro -por muy sabio que sea- puede descargarnos del peso de equivocarnos o acertar, pero ciertos libros, ciertos maestros sobre todo, son decisivos para abrirnos puertas y horizontes que sólo a cada uno de nosotros corresponde pasar. Escuché por primera vez las lecciones de Díez del Corral en una de aquellas aulas anfiteatro del viejo caserón de San Bernardo, en 1965, cerca de la hora del mediodía, y resulta imposible olvidar la auctoritas que, de forma absolutamente natural, se desprendía de su palabra y de su pensamiento en acción. Pues, como recordarán todos los que pasamos por su magisterio, don Luis no explicaba jamás un programa. La preciosa disciplina creada por él en España, Historia de las Ideas y de las Formas Políticas, constaba de más de setenta lecciones, que abarcaban desde los presocráticos a los totalitarismos del siglo XX, pero todo ello había que estudiarlo a través de los textos clásicos, con la ayuda impagable del famoso Sabine Historia de la Teoría Política, y pasar a fin de curso por un doble examen escrito -eliminatorio- y oral, que era toda una prueba de resistencia y amor al conocimiento a la vez. Don Luis, en las clases y seminarios, nos enseñaba a pensar, y también a sentir («lo intelectual y lo emotivo», enseñó y practicó, no pueden disociarse «no porque se complementen, sino porque forman parte de un conjunto y de una dimensión única, ayudándose una a la otra»); nos enseñaba pues, a comprender en los textos; elegía un tema monográfico -Maquiavelo por ejemplo- y alrededor de él elaboraba en voz alta, rodeado de libros y de fichas y notas que muchas veces apenas eran consultadas pero que permanecían como testimonio de una preparación que imaginábamos siempre gozosa, puesto que era capaz de transmitirnos el contagio del que hablaban los clásicos: el del pensamiento. Nunca hubo cortapisas para comentar ningún libro canónico, fuera del signo que fuera, de aquella bibliografía exigida: desde Platón y Aristóteles y escuelas helenísticas, a Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Tocqueville, Hegel o Marx, todo texto leído se enmarcaba en un contexto amplio que huía de todo maniqueísmo y simplificación.

Como en sus libros, todos ellos traducidos a varios idiomas y en varias ediciones, en la extensa y excepcional obra de Díez del Corral se interrelacionan los fenómenos políticos, filosóficos, estéticos, religiosos -que mantienen claramente cada uno su autonomía e irreductibilidad- con una visión de conjunto que permite una especie de permeabilidad y comprensión de unos dominios a otros, y en donde la libertad de los individuos -concretos sujetos históricos- se desarrolla y se expande en el cerco de unos condicionamientos que señalan límites, pero también posibilidad de aperturas e incertidumbres. Como es la verdadera historia. Para el gran pensador que es Díez del Corral, lo universal y lo local están íntimamente relacionados, de manera que, sólo ahondando en las propias raíces, pero sin ensimismarse jamás en ellas, sino con apertura hacia el mundo, puede entenderse la compleja realidad. En todos sus libros y trabajos late, explícita o implícitamente, esta convicción europeísta y española, así como la preservación de un legado liberal que, en términos generales, se basa en «la negación a aceptar cualquier dogmatismo como principio rector de las relaciones de convivencia» (Tierno Galván, 1976).

Como historiador de las ideas políticas y sociales, como jurista (ingresó por oposición en 1936, antes del estallido de la guerra, en el Cuerpo de Letrados en el Consejo de Estado, y siempre estuvo orgulloso de compaginar esta importante tarea de alta administración con su dedicación docente e investigadora) y como filósofo y ensayista, don Luis nos ha dejado una obra excelente, en donde la historia, el derecho, la ciencia política, la filosofía, el arte, la literatura, incluso la poesía (él mismo fue un traductor excepcional de Hölderlin), se entremezclan en un entramado potente y riguroso. Dejó una obra escrita impecable en su fondo y en su escritura, que comprende una veintena de libros -traducidos buena parte de ellos, como decía, al inglés, francés, holandés, italiano, alemán, japonés- y más de un centenar de monografías, reunido todo en unas Obras Completas, que tuvo la satisfacción de poder ver y disfrutar durante el último mes de su vida. Otra importante característica de sus escritos es el cuidado exquisito del lenguaje, preocupado siempre por expresar el complejo mundo de la realidad histórica y de las ideas insertas y motoras de esa realidad, de una forma a la par sencilla y clara (la sencillez, como recordaba Borges, es un punto de llegada y no de partida, justo lo contrario de la simplicidad). Ese carácter original e interdisciplinario de una obra, rigurosa y al tiempo de excelente escritura, se manifiesta no sólo en las obras capitales de historia y filosofía política sobre El liberalismo doctrinario, El rapto de Europa, La Monarquía Hispánica, Tocqueville, Velázquez, la Monarquía e Italia, o el precioso libro de viajes, rememorando el de Humboldt, Del Nuevo al Viejo Mundo, sino en esos bellos libros de La función del mito clásico en la literatura contemporánea, los apasionantes Ensayos de Arte y Sociedad, y tantos otras monografías que analizan desde la luz en la mezquita de Córdoba a la contraposición de las imágenes de las esculturas griegas y la pintura cristiana, etc., etc. «No se puede -escribía- entender la Grecia clásica como forma de vida sin pensar en la Acrópolis, en el Partenón. No se pueden comprender las monarquías absolutas sin sus pintores y arquitectos». En el mismo paralelo histórico y en idéntica mentalidad -afirmaba- están Las Meninas de Velázquez y el Discurso del Método de Descartes”.

Un gran número de cosas quedan sin decir por falta de espacio sobre uno de los grandes pensadores españoles de la segunda mitad del XX como fue Díez del Corral; un gran número de recuerdos sobre su personalidad y su magisterio quedan reflejadas en otras muchas páginas que no caben aquí, pero no quiero dejar de resaltar su bondad, generosidad, tolerancia, rigor intelectual al tiempo, en fin, las cualidades de un maestro decisivo que, como dijo Agustín de Hipona del Hortensio de Cicerón: «no sólo cambió mis opiniones, sino que mudó mis afectos». Una persona decisiva que, parafraseando palabras de Camus sobre un antiguo maestro suyo, supo abrir «las puertas de todo lo que yo amo en este mundo» y para lo que siempre se necesita una iniciación y un ejemplo. Y siempre nuestro agradecimiento. Don Luis fue todo ello.

Carmen Iglesias, miembro de las RR.AA. Española y de la Historia y presidenta de Unidad Editorial.

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