‘Diez negritos’ y la catarsis española

Hace ahora 75 años -el 6 de noviembre de 1939- la editorial Collins Crime Club publicó por vez primera la más célebre de las obras de Agatha Christie cuyo título y trama se inspiraban en una canción infantil, muy popular en la época: Ten little niggers. Destaquemos en su honor que es la obra más leída de su autora (cien millones de ejemplares) figurando entre los diez libros más vendidos en la Historia en séptimo lugar.

Para quien no la haya leído recordemos el argumento: diez personas desconocidas entre sí reciben una tan atractiva como afectuosa invitación para pasar unos días en una mansión en una isla de la costa inglesa. Todos acuden encantados pero ya en la cena una misteriosa voz grabada les acusa y condena por acciones criminales que habían realizado en sus vidas y que habían quedado impunes. Y así, rehenes y reos de la isla incomunicada, los invitados van siendo asesinados uno a uno según las pautas letales de cada estrofa de la canción.

Diez negritos y la catarsis españolaEs muy interesante destacar para nuestros efectos dos aspectos clave que hacen a la obra tan atractiva y sugerente: a) Los imputados saben por qué se les castiga pero no saben quién los castiga, lo cual añade un elemento agónico de condena añadida. En este sentido, resultan evidentes para el lector ciertas resonancias que la obra tiene con El proceso de Kafka. Junto a ello y también kafkianamente se da que b) ninguno de ellos puede ya estar tranquilo, pues tarde o temprano saben que no es posible escapar a la Ley omnipotente que suple ahora en la isla la impunidad de antaño. El guardián de la ley de Kafka y el guardián de la polis de Platón se dan así la mano en el misterioso e invisible Juez que opera como un deus ex machina de principio a fin. Las exigencias de la Justicia de Atenas y Jerusalén se aúnan así en el desarrollo hipnótico del libro donde la isla resulta un tribunal de ajuste de cuentas con forma de ratonera.

Y me parece a mí que todo ello, la metáfora y el devenir de la trama, ofrece un paralelismo bien clarificador con la catarsis española que ya ha empezado y que viene a dar una ratio de un imputado cada cinco horas en una dinámica catalizada por, en principio, no se sabe quién. Pensemos así en los últimos casos desde la vuelta del verano: tarjetas black (con la caída de Rato, Spottorno y Rodríguez Ponga), operación Púnica, caso Monago, diputado de Teruel, imputación de la Infanta y de Cotino y muchos otros por llegar, como será la imputación de Chaves y Griñán a modo de antesala. Además de ponerse en evidencia que el Parlamento español no lleva el control de los gastos de viaje, entre otras opacidades. Y de que la corrupción en España tiene la índole de entramado criminal. No es poco en menos de tres meses.

Lo cual hace que la mayoría de la clase política española -al menos las primeras filas de los dos grandes partidos- estén actualmente en un puro sinvivir, como estaban los nueve invitados restantes a partir de la primera ejecución en la isla de la novela. Pues sea por Gürtel como por los casos ERE Formación en Andalucía u otros que aparecerán en Madrid y en el Congreso/Senado, cualquier político español de los dos grandes partidos sabe que en cualquier momento cualquier juez puede imputarle. Parece en una primera aproximación como si en España se hubiera puesto en marcha una operación Mani pulite siguiendo la pauta italiana que inaugura el fiscal Di Pietro en 1992 contra una Tangentopolis muy semejante a la nuestra. Recordemos para aviso de navegantes que la operación italiana acabó con 400 políticos en la cárcel y el desmoronamiento súbito y la desaparición tanto de la Democracia Cristiana como del Partido Socialista Italiano, ciertamente impensable un año antes. Nosotros a fecha de hoy tenemos 400 imputados por delitos de corrupción, el desmoronamiento del bipartidismo y más de un político residente en el extranjero que por si acaso no pisa suelo español.

Pero si en Italia la catarsis se inició por parte de unos fiscales dotados por su Constitución de 1948 de unos poderes que aquí no tiene nuestra Fiscalía, en un movimiento envuelto en luz y taquígrafos la pregunta surge al punto: ¿quién puede ser en nuestro caso el deus ex machina que sin rostro -como en la mansión letal de Agatha Christie- va induciendo tantos procesos que ni las mismas víctimas saben por dónde vienen y vendrán los jaques mates previstos?

Para responder a este enigma creo que hay que acudir a una variable que olvidamos a menudo y que nuestros dirigentes tienden a ocultar. A saber, que España es desde mayo de 2010 un país intervenido de facto por la UE, con un rescate que ronda la cifra de 700 mil millones de euros y la modificación impuesta de nuestra Constitución en ese mismo verano. Y la corrupción, anomalías, irregularidades, robos y estafas que las auditorías de Berlín y la Troika detectaron en España escandalizaron profundamente al calvinismo centroeuropeo y escandinavo. Además del grave perjuicio causado a los fondos de pensiones especialmente noruegos en nuestras cajas. No por casualidad, Bruselas tenía además en su poder, por los oficios de la inteligencia alemana, la relación de políticos y empresarios españoles que aparecían en la lista de defraudadores que Falciani sustrae al HSBC en 2008.

Ante todo ello, el diktat de Berlín al Gobierno de Rajoy fue bien claro al comienzo de su legislatura: iniciar la catarsis española motu propio en los grandes partidos causantes de la gran corrupción por un motivo de estricta justicia y por otro de cambiar las reglas del juego en pro de una mayor transparencia en el mercado español para las empresas extranjeras.

Pero los diez negritos de nuestro establishment se negaron durante tres años a ello, cometiendo así un grave error: olvidar que habían perdido su habitual impunidad por la intervención, enrocándose en una negación escapista de la necesidad de una profunda catarsis. No se daban cuenta de que el gobernador de la isla Negra ya no eran ellos y que la invitación a la mansión incluía un precio personal bien alto.

La presión centroeuropea pasó, como en la novela que nos ocupa, de las palabras a los hechos: tras fuertes presiones, el Rey se ve obligado a abdicar el dos de junio de este año por la corrupción imperante. Fue el primer negrito de nuestro drama. Y si se terminaba de forma tan expeditiva con la impunidad que regía, entonces todo sería posible: desde la dimisión de Spottorno hasta la defenestración de Rodrigo Rato o el sindicalista minero Fernández Villa. Y lo que llegará en este fin de la impunidad.

El Gobierno -y también el PSOE- ha intentado una jugada extrema: presentarse a última hora como coautor de esta catarsis impuesta. Nada más lejos de la realidad. El juez invisible prosigue su labor fiscalizadora en un ajuste de cuentas histórico en esta ratonera. Y no parará hasta que las cúpulas -si no los partidos mismos- sean relevadas. Y creo que pronto oiremos un fúnebre estribillo dirigido a nuestro presidente de Gobierno, la última víctima de la obra de suspense:

«Un negrito permaneció solo. /

Salió fuera y se ahorcó /

Y ya ninguno quedó».

No estamos solos en ese escenario catártico tan similar al de Agatha Christie. Aprovechemos la presión del norte de Europa para terminar con impunidades y acelerar los cambios necesarios ante los enormes desafíos del 2015. Sabiendo que la catarsis es el antídoto único ante la revolución.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares.

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