Digerir la ampliación

Por José Ignacio Torreblanca, profesor de Ciencia Política en la UNED (EL PAÍS, 22/01/07):

El año 2007 ha comenzado con la incorporación de dos nuevos socios a la Unión Europea. Con esta ampliación, continuación de la que en mayo de 2004 trajera a la UE a ocho países de Europa Central y Oriental, la Europa cautiva por los acuerdos de Yalta completa su vuelta al seno de la familia europea. Debemos, pues, felicitar a los nuevos ciudadanos europeos que, como los españoles en 1986, completan un largo y duro camino presidido por enormes sacrificios e incertidumbres.

La fecha de adhesión, conviene recordar, no es el final del camino, sino el comienzo de un proceso en el que se requerirán nuevos sacrificios, aunque esta vez acompañados de nuevos derechos y de nuevas expectativas, y cuyo éxito relativo sólo podrá ser juzgado más adelante. Naturalmente, la situación en la que se encuentran estos países no es óptima; como tampoco lo era la de España en 1986 (un país con dos dígitos de inflación y desempleo, además de una omnipresente violencia terrorista), pero por ello se han tomado las medidas oportunas en cuanto a salvaguardias y periodos transitorios.

La ampliación, se dice frecuentemente, se ha hecho precipitadamente, como si no hubieran transcurrido diecisiete años desde que cayera el muro de Berlín. Pero visto desde Bucarest o Sofía, el siglo XX (es decir, la II Guerra Mundial y su secuela, la Guerra Fría) acabó sólo hace unos días. Y visto de Sarajevo o Kosovo, resulta evidente que el siglo XXI todavía no ha llegado a todos los rincones de Europa.

Mal que les pese a muchos, la última ampliación no sólo es irreversible, sino que dista de ser la última. La próxima estación se llama “antigua Yugoslavia” y allí los desafíos que la Unión Europea debe enfrentar son de una magnitud que hará palidecer los encontrados en esta última ampliación. Ningún líder se atreve a decirlo alto y claro, pero la verdad es que lo más difícil está aún por llegar. Llevar la democracia, la paz y la prosperidad a esa región es sin duda uno de los objetivos por los que la Unión Europea del siglo XXI será juzgada.

Sin embargo, más que hablar de los desafíos que se presentan ante nosotros en Kosovo, Bosnia, Albania, Macedonia, Croacia, Serbia o Montenegro y de cómo enfrentarnos a ellos, hoy se ha convertido en moneda corriente hablar de “fatiga de ampliación”. Muchos líderes europeos se empeñan hoy en día en regañar a la historia por plantear problemas de difícil solución o ir demasiado rápido. Hay quienes parecen añorar la Europa a seis, con su ambiente familiar y de chimenea, o la Europa a quince, con ese ambiente despreocupado de club de ricos y listos. Pero lamentarse porque la historia no se deja imponer reglas ni ritmos es simplemente pueril. Quienes estén fatigados deben apartarse a un lado y dejar su puesto a aquellos que no lo estén, a aquellos que crean que no sólo es posible, sino imperativo, honrar los compromisos de ampliación existentes y, a la vez, continuar profundizando el proceso de integración.

Claramente pues, el término correcto para describir lo que le ocurre a la Unión Europea hoy en día no es “fatiga de ampliación”, sino “fatiga de liderazgo”. En 1989, cuando cayó el muro de Berlín, Mitterrand y Thatcher optaron por protestar y resistirse ante lo inevitable (la unificación alemana), pero Kohl y González decidieron aprovechar la oportunidad para construir una Europa más amplia y a la vez más unida. Con ello demostraron que no se trata de elegir entre ampliación y profundización, sino de buscar la mejor sincronización entre ambas, así como los mecanismos y modalidades para que ambas se refuercen mutuamente. Así se ha hecho hasta ahora, y así se deberá seguir haciendo en el futuro.

No es una cuestión de fe, sino un hecho: la Europa a veintisiete está infinitamente más integrada que la Europa a quince, a doce, a nueve o a seis. Además, las ampliaciones han sido el instrumento de política exterior más exitoso y transformador del que ha dispuesto la Unión Europea: de forma pacífica, y basándose en principios democráticos universales, la Unión Europea ha conseguido extender la paz, la libertad y la prosperidad a millones de europeos y europeas.

Ciertamente, la opinión pública europea es cada vez más hostil a los procesos de ampliación. Sin embargo, los datos demuestran que las opiniones públicas nacionales reflejan en gran medida los mensajes negativos que sus propios líderes emiten cuando asocian las ampliaciones a la pérdida de empleos o el recorte de prestaciones sociales. Y en el colmo del cinismo, los líderes de algunos países no sólo terminan por delegar en sus ciudadanos decisiones difíciles que ellos no quieren asumir ni defender, sino que pretenden convencernos de que recurriendo al referéndum para aprobar futuras adhesiones contribuyen a la democratización del proceso de integración y de la vida política europea.

Afortunadamente, la sensatez de los ciudadanos es a veces más elevada que la de los líderes ya que, en la práctica, son mayoría los europeos que piensan que profundización y ampliación son compatibles.

Para digerir la ampliación hay que mirar al futuro, no añorar el pasado. Con la adhesión de Bulgaria y Rumania, el número de miembros de la UE se eleva a veintisiete y su población sobrepasa los 470 millones. La UE es ya la primera economía del mundo, superando a Estados Unidos también en cuanto a su capacidad exportadora. Los europeos no somos tan ricos como los estadounidenses en términos relativos (ya que somos menos eficientes), pero nuestra riqueza se distribuye mucho más equitativamente (ya que somos más solidarios y tenemos un concepto de ciudadanía más amplio).

La integración europea ha demostrado ser la receta perfecta para hacer frente a la globalización, aprovechando sus oportunidades económicas a la vez que manteniendo elevados estándares en lo relativo a las libertades, las identidades y la cohesión social. La Europa a veintisiete es pues un formidable éxito político, económico y de seguridad cuyos logros son admirados en un mundo en el que difícilmente puede encontrarse un espacio de paz, libertad y prosperidad tan amplio ni tan extenso.

Afianzar lo logrado, continuar trasladando este éxito al resto de los europeos y, a la vez convertir a la UE en una fuerza para el progreso global, debe ser el objetivo a lograr ahora que se cumplen cincuenta años del Tratado de Roma (a menos, claro está, que estos fatigados líderes nuestros nos convenzan de que construir un muro de cuatro mil kilómetros en nuestras fronteras sea, como parece considerarse en EEUU, la mejor solución a los problemas generados por la interdependencia con nuestros vecinos).