Digitalización, ¿para qué?

Se atribuye a un autor alemán del siglo XIX, Ferdinand Lasalle, el enunciado de la «ley de bronce del salario»: la cuantía de los salarios se situaría en aquel nivel que permitiera a los trabajadores alimentarse (tener cubiertas sus necesidades básicas) y reproducirse. Los salarios se mantendrían constantes, ya que sus oscilaciones solo darían lugar a oscilaciones en el mismo sentido en la población. La aplicación de los adelantos técnicos conduciría, se vaticinaba, a la inmensa riqueza de unos pocos y a la inmensa pobreza de los más.

La ley de Lasalle puede haberse «cumplido», si se la interpreta en un sentido bastante diferente del que, al parecer, le dio su autor. Una ojeada por la situación de producción y distribución de la riqueza en los países de más alta renta, de los más tecnificados, permite comprobar la existencia de un gran número de ciudadanos que disfrutan de una casa, tienen automóvil, electrodomésticos, enseñanza de calidad para sus hijos, sanidad suficiente y posibilidad de tomar unas vacaciones anuales. Hasta, en más de un caso, muchos de ellos tienen participaciones accionariales en las grandes empresas de su país o de otros. Todas estos bienes, puede interpretarse, cubren las «necesidades básicas» de las que hablaba Lasalle y entonces, puede afirmarse, que su vaticinio se ha «cumplido», pero con una amplitud de bienestar y de disfrute de la libertad individual inmensamente mayor.

La raíz del «cumplimiento» del vaticinio de Lasalle hay que encontrarla en la evolución del papel de la persona en las nuevas organizaciones surgidas hace un par de siglos. El papel de las personas en la civilización técnica se ha presentado muchas veces como la de meros componentes o eslabones, que se mueven o actúan de manera predeterminada para conseguir un objetivo. No se reconocía iniciativa o aportación de sus conocimientos a su trabajo, sino obediencia y fidelidad a la ejecución de unas órdenes. Los hechos mostraron cuán lejos de la realidad se encontraban estas concepciones. Desde el comienzo de las investigaciones y publicaciones sobre administración de empresas se puso de manifiesto la importancia de las motivaciones y de las capacidades de las personas para conseguir una producción de calidad. Prueba de ello son las formulaciones de la Escuela del Comportamiento, de los Modelos de Excelencia, de la Responsabilidad Social Corporativa, de las investigaciones sobre los ecosistemas de negocios y sobre la cultura organizativa.

Nuestros días viven el caso de la digitalización, una tecnología de carácter sistémico. Las tecnologías sistémicas son aquellas que afectan a muchos procesos industriales, con objetivos distantes pero con algunos eslabones o actividades más o menos similares. Es el caso del uso de la electricidad, tanto en las refinerías de petróleo, como en las fábricas de chocolate. Este tipo de tecnologías provocaron y siguen provocando grandes modificaciones en las tareas, en las habilidades que los operarios han de poseer para utilizar las nuevas máquinas, en las estructuras organizativas. La digitalización, en nuestros días, necesita de capacidades especiales. Uno de los problemas para su implantación es la existencia de trabajadores entrenados en sus técnicas.

La ley de Lasalle parece haberse «cumplido» por una razón que el autor no consideró adecuadamente: el papel de la persona en la nueva sociedad industrializada. Es fácil colegir que el gran desarrollo comercial e industrial de las últimas décadas es consecuencia de una mejora generalizada de la educación y la capacitación para desempeñar puestos de trabajo cada vez más complejos. Los nuevos puestos de trabajo a los que los adelantos técnicos dan lugar necesitan cada vez más de una de las cualidades más preciosas del ser humano: la creatividad. Las actividades más simples y repetitivas pueden dejarse a las máquinas. Esta es una de las razones que ha conducido a un aumento considerable de la productividad, de la renta y a una disminución drástica del número de horas trabajadas.

Los modelos más avanzados de gestión, para aprovechar esta creatividad, consideran al empleado como un partícipe, como alguien que identifica sus intereses con los de la empresa. Jennifer A. Delton en su libro (2020) The Industrialists, de la National Association of Manufacturers (NAM) de los Estados Unidos, dice: «NAM se ha enfocado en el empoderamiento y la formación como mejor camino para aumentar la productividad». Citando a Jasinowski (Making in America) afirma que «la ruta del éxito es liberar la creatividad y el poder de los trabajadores desatar la plena creatividad de las personas, especialmente en los talleres porque ellos son los que pueden conseguir la mayor productividad de las complejas máquinas de nuestros días».

La riqueza de unos pocos ha inducido la riqueza y elevada educación de los muchos y ambas situaciones son inseparables, en una relación causa efecto difícilmente discernible. Se interaccionan, tanto más cuanto más avanza la ciencia y la tecnología. Dicho de otra manera, la inmensa riqueza de esos pocos y el bienestar de esos muchos se ha conseguido porque ha inducido la educación de los más y se han encontrado unos procedimientos de gestión adecuados.

La Mesa Redonda de Alto Nivel, constituida por la Comisión Europea para aconsejar sobre la reforma de la Industria Europea, considera que la rotura de las distancias entre la tecnología y la sociedad, la democratización del desarrollo tecnológico, aceptando más iniciativas de abajo a arriba, estimulará una innovación disruptiva responsable. El propósito europeo de diseñar máquinas inteligentes empleando la creatividad colectiva de las personas puede resumirse en su recomendación: no se trata de sustituir mano de obra por robots sino de integrar robots y mano de obra.

Educación y modelos de gestión parecen variables clave a la hora de conseguir el funcionamiento correcto del sistema económico, de la industria y un alto bienestar.

Andrés Muñoz Machado es doctor ingeniero industrial.

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