Digno de descubrir el mundo

Se quejaba recientemente un notable colaborador de este diario de que se estaba repitiendo. Yo, la verdad, no lo veía así, pero tampoco me parece que la repetición en sí misma, ni en el periodismo, ni en la política, ni en pedagogía, ni en ningún aspecto de la vida merezca ningún reproche. Más bien la tengo por un deber al que mi generación ha fallado y por eso nos vemos ante la urgencia de tener que salir ahora en defensa de lo obvio.

Eugenio d'Ors comenzaba así una conferencia titulada Aprendizaje y heroísmo, que impartió en la Residencia de Estudiantes en la primavera de 1915: "Otra vez, como el año pasado. Casi los mismos camaradas, junto con los mismos amigos de fuera. Dándonos a repetir, con el mismo espíritu, los mismos gestos... ¡Alegría de una repetición así! Y moralidad profunda de ella, como de cualquier otra repetición alegre. Lo de Kierkegard: El que no sabe repetir es un esteta. El que repite sin entusiasmo es un filisteo. Sólo el que sabe repetir, con entusiasmo renovado constantemente, es un hombre".

Digno de descubrir el mundoLo de Kierkegaard es La repetición, una firme defensa filosófica de la transmisión como proyecto de salvar lo que se pierde en la novedad, permitiendo así que el pasado empiece ahora mismo a existir de nuevo, frente a la tentación de la desmemoria.

La falta de complejos ante la memoria es una virtud propia de los grandes espíritus, mientras que la negación de la repetición me parece característica de espíritus mezquinos. Sospecho, incluso, que en la pleitesía que algunos pedagogos a la violeta rinden a la desmemoria se esconde el resentimiento de quienes desearían recordar sin esforzarse o, dicho de otra forma, un esnobismo inverso que cree que toda aspiración a la excelencia es una actitud de mal gusto porque deja en evidencia al pusilánime y, por lo tanto, sugiere que no somos iguales en nuestras aspiraciones morales.

En 1958, en un momento en que Estados Unidos, tras el éxito soviético del Sputnik, miraban con perplejidad a su sistema educativo, Hannah Arendt, una filósofa que tenía el valor de repetir lo evidente, insistía en que todos nacemos sin memoria y morimos cargados de experiencias. Véase La crisis de la cultura, un ensayo de estricto sentido común en el que, frente al laxismo pedagógico de la escuela progresista norteamericana, Arendt niega que los niños puedan ser tratados como una minoría oprimida. ¿Qué diría hoy si leyera una obra como La domination adulte, l'opression des mineurs, de Yves Bonnardel (2015)? Con el descaro propio del profeta armado de prejuicios, este singular pedagogo sostiene que la edad adulta no es más que un sistema ideológico opresivo, el adultismo, cuyo objetivo es acabar con la autonomía infantil sometiendo al niño al estatus de menor para privarlo de esta manera del ejercicio de los derechos que los adultos se conceden a sí mismos. Las instituciones que llevan a cabo esta violencia simbólica serían la familia y la escuela.

Es urgente repetir hoy que cuando los adultos rechazan la autoridad, están negándose a asumir su responsabilidad sobre el mundo en el que han depositado a sus hijos.

El 9 de junio de 1964, Mary McCarthy escribe a su amiga Hannah Arendt desde París: "Me da la impresión, quizá subjetivamente, que el gusano de la igualdad [...] está dejando de lado las diferencias de clase entre lo sano y lo insano, lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo. Concretamente, me doy cuenta de que me siento culpable y rara en presencia de un psicótico, como si yo, en nombre de la igualdad, tuviera que ocultar mi salud mental. Lo mismo me pasa con alguien que es estúpido, me mortifica hablar con una persona así, tengo miedo de decir algo que pueda sacar a la luz su estupidez".

El día 23, Hannah Arendt le contesta desde Nueva York: "Este comparar constantemente es realmente la quintaesencia de la vulgaridad. Si no caes en este hábito espantoso, inmediatamente te acusan de arrogante, como si al no compararte te estuvieras situando por encima de todos".

Para no pasar por arrogantes, las modernas jerarquías, incluida la inherente a la edad adulta, hacen todo lo posible por ganar su legitimidad fingiendo que, en realidad, no mandan, sino que acompañan. Hasta en las escuelas cristianas vemos como un deseo tácito de hacer pasar los diez mandamientos por las diez sugerencias. Michael Young, profesor emérito del Instituto de Educación de la Universidad de Londres, sostiene que hay profesores que, para no frustrar a sus alumnos, no se atreven a decirles que se han equivocado, con lo cual fomentan esa reductio ad mediocritam que está consiguiendo que las escuelas privadas sean más demandadas que nunca, a pesar del notable descenso de nuestros índices de natalidad.

Queremos ser iguales, pero lo que hoy entendemos por igual no coincide con lo que entendieron las generaciones pasadas. Queremos ser iguales, pero cada uno a su manera. Lo que vemos reclamar en las calles no es la uniformidad, sino un igual derecho a ser identitariamente diferentes. Sin embargo, como las diferencias morales expulsadas por la puerta se apresuran a entrar por la ventana, acabamos estableciendo nuevas jerarquías morales que, eso sí, ya no dependen de la aspiración a la virtud de cada cual, sino de su capacidad para mostrarse como víctima.

En la escuela lo que el suspenso de un alumno pondría de manifiesto es la violencia que ejerce sobre él la institución. Desde que Nathaniel Braen publicó La Psicología de la autoestima, en 1969, hemos hecho todo lo posible para ocultar el fracaso escolar. Para mejorar los resultados de un niño lo que habría que hacer es aumentar su autoestima. A mi modo de ver, cuanto más defiende alguien la importancia de la autoestima para el aprendizaje, menos conoce los estudios relevantes sobre esta cuestión. El elogio indiscriminado produce más efectos negativos que positivos. El niño que oye continuamente que es muy inteligente, se convierte fácilmente en un narcisista con miedo al riesgo, porque no quiere defraudar las esperanzas que los adultos depositan en él. Por otra parte, quien recibe un elogio inmerecido, sea niño o adulto, sabe muy bien que está siendo humillado. No parece que este sea el mejor camino para fortalecer su resiliencia.

Gustavo Bueno, que vio con claridad que la pedagogía actual se estaba apropiando con desparpajo de los discursos de los libros de autoayuda, nos advirtió que la autoestima no depende del sentimiento o de la emoción que proyectamos generosamente sobre nuestro valor. La autoestima resiliente es la que se expresa en un juicio de valor comedido y razonado sobre nosotros mismos.

El profesor que se niega a corregir a su discípulo para no frustrarlo está ejerciendo sobre él una perturbadora tolerancia represiva, porque la permisividad incondicional fomenta a la vez la pasividad y el sentimiento de impunidad. Y con esta dotación lo abandona en la puerta de la escuela cuando termina su escolaridad. Por esta vía, repito, no se fortalece a nadie. Al contrario, al niño lo reducimos de animal político a animal psicológico, convirtiendo a las escuelas en instituciones terapéuticas. ¿Es el psicosocialismo la forma posmoderna del socialismo?

A quien pueda parecerle exagerado lo que acabo de decir, lo animo a buscar en los discursos pedagógicos alguna mención al coraje, esa virtud sin la cual no hay posibilidad de ninguna otra, pues viene a ser como un depósito de energía que las pone en movimiento. Si lo prefiere, busque "firmeza", "fortaleza", "templanza", "carácter" o "presencia de ánimo".

Albert Camus elogió a su maestro, Louis Germain, en las páginas de El Primer hombre, porque con él se consideró digno de descubrir el mundo.

Hay que repetir y repetir este elogio para poder aspirar a merecerlo.

Los que nacen sin memoria necesitan maestros que no se contenten con entretenerlos, sino que se empeñen en perturbar sus mentes, en ampliar sus horizontes, en hacerles experimentar el gozo intelectual de la superación y de la comprensión de lo difícil y elevado, en mostrarles como pensar con claridad.

Gregorio Luri es profesor de filosofía y autor de La escuela contra el mundo, El valor del esfuerzo o Mejor educados. El arte de educar con sentido común, entre otros.

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