Dilma Rousseff, presidenta con condiciones

No le han dado carta blanca. El pasado 26 de octubre casi 143 millones de brasileños decidieron en las urnas que Dilma Rousseff, actual presidenta del país, se mantuviera al mando durante cuatro años más, en unas elecciones que pusieron a Brasil y a la comunidad internacional al borde del ataque de nervios, hasta el último momento. Resultado: La candidata-presidenta del Partido de los Trabajadores (PT), ganó la batalla con el 51,64% de los votos. Con el 48,36% del electorado, el conservador Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), se quedó a solo tres millones de votos de la presidencia. A tenor de los resultados, la cuarta legislatura consecutiva del PT en el poder podría ser la primera en la que enfrente a un candidato consistente, a condición, eso sí, de que el PSDB logre apaciguar las luchas de poder intestinas que le han impedido presentarse ante los brasileños como una opción de gobierno viable. Y que ya estarían asomando.

El proceso electoral ha sido de infarto. Si hasta este verano todo indicaba que Dilma Rousseff ganaría las elecciones sin demasiadas complicaciones, el accidente fatal de Eduardo Campos, cabeza de lista del Partido Socialista Brasileño (PSB), cuando viajaba en su avioneta de campaña en agosto pasado, alteró hasta el extremo el escenario. Y la irrupción de Marina Silva, que como remplazo de Campos llegó incluso a convertirse en favorita para la primera vuelta, tuvo en vilo a Brasil y al mundo, aunque el espejismo Silva acabó conquistando al 20% del electorado, resultando similar al que obtuvo hace cuatro años. Su derrota no serenó una contienda electoral de vértigo: la entrada en escena de Aécio Neves, que inflaba pecho a medida que crecía en intención de voto, llegó a preocupar, y mucho, al equipo de campaña de Rousseff. Una semana antes de la segunda vuelta, las encuestas dieron por fin la victoria a la vencedora, aunque por un margen tan estrecho como inquietante.

Pero si la campaña electoral ha sido dura para Rousseff, su segunda presidencia, que inicia formalmente el 1 de enero de 2015, no lo será menos. La economía, la corrupción -especialmente las sospechas de financiación ilegal de su partido con dinero proveniente de Petrobrás- la configuración del Congreso y hasta los aliados, se encargarán de entorpecer, a veces hasta el infinito, el trabajo de una Dilma Rousseff ávida de demostrar que es mucho más que la apadrinada del expresidente Luiz Inacio Lula da Silva.

ALGUNOS RETOS CLAVE

La economía, talón de Aquiles

Inmediatamente después de la victoria del PT y sus aliados, el índice de la bolsa de valores de Sao Paulo (Bovepsa) cayó en picado, en una clara muestra de la desconfianza que la presidenta inspira los mercados financieros, dicen unos; en una clara demostración de chantaje, aseguran otros. Lo cierto es que la economía se ha convertido en un fuerte dolor de cabeza para la presidenta. En 2010 Dilma Rousseff heredó de Lula un país cuyo crecimiento económico rondaba el 7%. Proyecciones recientes del Fondo Monetario Internacional apuntan ahora a que en 2014 el PIB crecerá solo un 0,3% y un 1,4% en 2015. Tampoco da tregua la inflación, que subió un 0,57% en septiembre y cuyo índice acumulado a 12 meses asciende al 6,75%, un 0,25 por encima del tope de la meta. Que no cunda el pánico, dicen desde el gobierno, con un 6,2%, este año el IPC se mantendrá dentro de sus límites. Quizás para mantenerlo a raya -y de paso para calmar al sector financiero- el Consejo de Política Monetaria del Banco Central subió un 0,25% los tipos de interés de referencia el 29 de octubre, a solo tres días de las elecciones, en un movimiento que sorprendió a todos y que los sitúa en el 11,25%.

Más rocambolesco está siendo el sistema utilizado por el gobierno para abrazar su meta de superávit fiscal. Sospechoso de maquillar la cifras -siempre dentro de la legalidad, insisten sus adeptos- el equipo económico del gobierno suaviza su objetivo año tras año sin lograr cumplirlo nunca: si en 2012 y 2013 fracasó, todo indica que en 2014, cuando la meta es del 1,9%, tampoco habrá motivo para brindar. Y si el superávit no aumenta, sí lo hace la deuda pública que, aunque vista desde Europa dista de ser preocupante, ya ronda el 60%. No mejoran el panorama la caída de los precios de commodities y el tipo de cambio, para el que la recuperación de la economía estadounidense puede convertirse en amenaza.

Rousseff se enfrenta a la cuadratura del círculo: Si el ajuste fiscal es inminente, sanear la economía no puede implicar jugarse una política social cuyo beneficio es indiscutible. El programa de transferencia condicionadas de efectivo Bolsa Familia y Mi casa, mi vivienda, explican, en efecto, parte de la cuarta victoria del PT: según la Fundación Getulio Vargas, en la última década han salido de la pobreza más de 40 millones de brasileños.

Con este panorama por telón de fondo, la presidenta parece decidida a adelantarse al calendario para echar a andar, cuanto antes, su segunda legislatura. Al menos en materia económica: pretende nombrar a su equipo a lo largo del mes de noviembre. Y ya circulan rumores, no exentos de debate, sobre el remplazo de Guido Mantega al frente del ministerio de Hacienda. El más extendido de ellos apunta, por cierto, a Luis Trabuco, Presidente de Bradesco. Una personalidad que cuesta imaginar compatible con Dilma Rousseff, por su origen y por la necesidad de la presidenta de dirigir personalmente la política económica brasileña.

La atomización del Congreso

Pero si la economía – y la corrupción- pueden aguar la fiesta a la presidenta, también puede hacerlo el Congreso. Elegida el 5 de octubre, cuando tuvo lugar la primera vuelta de las elecciones, la Cámara de Diputados tendrá una representación mucho más fragmentada que la actual: donde convivían 22 partidos políticos, representadas por 513 diputados, convivirán ahora 28 formaciones. Más partidos y menos diputados para el PT que, tras perder 18, obtuvo 70 en su peor resultado desde 2002, cuando llegó por primera vez a la presidencia, con 91. En cuanto al Partido del Movimiento Democrático (PMDB), fundamental y poco leal aliado del gobierno, llega esta vez a la Cámara con 66 diputados, cinco menos que en la actualidad. Por su parte, sube el número de diputados de Neves (PSDB) y Marina Silva (PSB), que han conseguido 54 y 34 diputados respectivamente, en ambos casos 10 representantes más que en la actualidad.

Tampoco los aliados dan tregua

En cuanto al senado, sigue liderado por el PMDB, con 18 senadores, seguido del PT, con 12 (ambos perdieron un escaño). El PSDB perdió dos senadores y cuenta con 10, mientras el PSB subió de cuatro a siete escaños. Todo indica que el PMDB, actualmente aliado del PT pero siempre sostén de los partidos que dirigen el país, seguirá apoyando al gobierno, a cambio de cargos y poder, como hasta ahora, lo que puede dificultar sobremanera la próxima gestión a la presidenta. “El aumento del número de partidos torna las negociaciones políticas más complejas, principalmente para el presidente que resulte electo en el balotaje del 26 de octubre”, se podía leer en una nota de la agencia oficial de la Cámara tras la primera vuelta.

Rousseff tiene motivos para preocuparse: el PMDB encabezará siete gobiernos, con 32 millones de habitantes, en unas elecciones donde la mitad de sus candidatos apoyaron al opositor Aécio Neves. Entre los estados más jugosgos en su poder, Río de Janeiro y Río Grande do Sul, donde el candidato se decantó por Neves abiertamente. Resulta cuasi infantil imaginar que la lealtad al gobierno vaya a marcar la agenda del principal partido aliado en este momento, dada su inclinación a poner precio político a cualquier gesto de apoyo.

Cabe señalar, por cierto, que el PT gobierna cuatro estados, con 30 millones de habitantes, y ganó las elecciones en Minas Gerais y Bahía. En cuanto a Neves, salió victorioso, entre otros, en el nada despreciable estado de Sao Paulo.

Sin grandes cambios en política internacional

Quizás donde con mayor tranquilidad respire Dilma Rousseff sea en Itamaraty. No porque no haya frentes abiertos en política exterior, algunos de ellos de solución improbable, sino porque todo indica que, al menos, serán los mismos que en la actualidad.

Con sus vecinos, Brasil mantendrá la posición de liderazgo regional, con la salvedad de que, en el marco de su diplomacia comercial, podría acercarse a la Alianza del Pacífico. La inestabilidad y el proteccionismo en Argentina seguirán impacientando a empresarios y estrategas del gobierno que, al mismo tiempo, intentarán encauzar una relación marcada por la paciente diplomacia heredada de Lula da Silva. Las negociaciones con la OMC, que dirige el brasileño Roberto Azevedo, seguirán dando más ruido que nueces. Dicen los analistas que, con Estados Unidos, la apuesta es consolidar el acercamiento de los últimos meses. Será prioritaria, eso sí, la búsqueda de nuevas inversiones productivas. No en vano uno de los principales temores del gobierno, en este momento, es que las agencias de calificación rebajen el riesgo país, un lujo que Dilma Rousseff no puede permitirse, si quiere mantener el liderazgo de Brasil… y allanar el terreno al candidato Lula da Silva para 2018.

María José Martínez Vial, redactora jefe de Economía Exterior. Colaboradora de Opex (Fundación Alternativas).

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