Dinámicas y dilemas del Español

Si tenemos la fortuna de visitar en las próximas vacaciones Vietnam, es posible que el guía turístico se dirija a nosotros en un perfecto español con acento de Colombia. La explicación radica en que ambos países pusieron en marcha hace años un programa pionero de formación de guías turísticos en nuestro idioma, como parte de una iniciativa de conocimiento mutuo e innovación empresarial. Tan excelente noticia contrasta con otras informaciones que pasan desapercibidas, pero desgraciadamente se han vuelto recurrentes. En algunos departamentos de literatura y lengua española de instituciones de Estados Unidos y otros países, han aparecido casos de rechazo a candidatos por hablar español de España y no español «latinoamericano». Por supuesto que tras posibles discriminaciones se vislumbraron intereses corporativos o gremiales enmascarados tras la bandera de la corrección política (el español de España suena a colonialismo, etc.), pero sería un grave error ignorarlas. Como también lo sería no tener en cuenta intentos incipientes de organizar un sistema de acreditación de la lengua española al margen de los que se coordinan desde España de manera colaborativa y generosa.

dinamicas-y-dilemas-del-espanolA este respecto, la comparación con lo acontecido en las acreditaciones del inglés global resulta significativa. El TOEFL (prueba de inglés como lengua extranjera), aceptado hoy por más de nueve mil instituciones educativas de 130 países, incluso para el otorgamiento de visados en el Reino Unido y Australia, se puso en marcha por Estados Unidos en 1964, a modo de legado póstumo del programa de la nueva frontera del presidente Kennedy, formado por la Alianza para el Progreso, los cuerpos de paz y otros elementos de «poder blando», que pretendieron hacer frente a la agresiva e imperialista Unión Soviética de los años cincuenta y sesenta. Hoy sabemos que en aquella guerra fría política, militar, nuclear, cultural e idiomática, venció el mundo libre occidental, con Estados Unidos a la cabeza. También sabemos que el venerable aparato británico de acreditación de la lengua inglesa de raigambre victoriana, organizado a finales de los años treinta, si bien conserva enorme vigor, fue relegado en entornos cruciales, empresariales y culturales, por el TOEFL estadounidense, convertido en norma global. La realidad de estas y otras incertidumbres para el idioma español, los atentados constantes contra su unidad en la diversidad, la hostilidad ocasional hacia la homogeneidad y eficacia de la red de academias de la lengua que mantienen y cuidan su normativa de uso, se hacen visibles también en toda una serie de pequeñas y grandes intrusiones y agresiones. No se trata solo de la avalancha de anglicismos innecesarios que infesta los medios de comunicación. O del postureo, por utilizar un neologismo al uso, de quienes tienen que acudir al deterioro de la lengua española que hablan (escribir, deben de hacerlo bien poco) para adquirir autoridad tecnocrática y poseer argumento infalible en contiendas cotidianas. Se trata de algo peor. La aprobación por parte de empresas informáticas globales de productos de referencia que incluyen variantes del español americano inexistentes como tales apunta no solo a mentes obtusas desde el punto de vista comercial, sino falsarias.

Ahí tenemos, sin embargo, otra descalificación del legado simbólico que mantiene unida la lengua española. No hay novelista aspirante a «tonto de guardia» que no busque un titular metiéndose con las normas de la Real Academia de la Lengua, cuya labor extraordinaria y panhispánica desprecian cuanto ignoran. Esas normas son las de todos, pero ahí queda la calumnia, mientras de manera simultánea se otorgan premios como el antaño prestigioso Rómulo Gallegos a escritores americanos que todavía andan con la leyenda negra como casi única idea original. Lo grave de este escenario radica en que las dinámicas y los dilemas del español global no tengan mayor relevancia. Entre las primeras, sobresale la falta de entendimiento sobre los mecanismos de la globalización. El inglés se ha impuesto como idioma global normativo, empresarial, científico y tecnológico, es el latín del siglo XXI. El debate sobre las consecuencias del uso del inglés como idioma «solo» de comunicación, o también de cultura, será fundamental. ¿Vivimos según la lengua que hablamos, incluso si la usamos para ganarnos la vida, y en la noche soñamos en otra u otras lenguas? ¿Basta con utilizar las famosas 1.650 palabras del inglés global o «globish» para salir del paso?

Entre las lecciones importantes de la expansión global del inglés una de ellas radica en su carácter policéntrico. Los espacios de comunicación que ganan y pierden los idiomas globales no tienen centros ni periferias, y por tanto las políticas orientadas a su fomento y cuidado no pueden primar y privilegiar unas regiones sobre otras. Lo importante es cuidar sus buenas prácticas, prestigio y usos comunicacionales. El español global, por definición posnacional, tiene muchos centros y muchas periferias. Algunos de sus problemas a largo plazo se vinculan a las políticas de desprestigio a las que se ve sometido, a la pérdida relativa del contingente demográfico que sostiene su crecimiento vegetativo en América y no digamos en España, a la dificultad de su uso en contextos de conocimiento de alto valor añadido empresarial, científico y tecnológico. Por decirlo de otro modo, el futuro no está solo en que aumente el número de hablantes de español en Estados Unidos, Brasil o China, sino en que la expectativa de mejora vital que otorga su conocimiento y uso a quienes lo utilizan y aprenden no desaparezca. De ahí que existan dos grandes dilemas del español global, uno geográfico y otro cualitativo. En el primer caso, se trata de que no prevalezcan formas de pensamiento preglobales y decimonónicas, que reflexionan todavía en términos de difusión.

La expansión de las lenguas europeas es tan antigua (más de cinco siglos en nuestro caso) que no existe un origen y una frontera remota del idioma «por conquistar». Estamos en el siglo XXI. Es preciso pensar y proyectar en términos de redes de hablantes, que a nivel global intercambian ideas, sueños, emociones y productos, y lo hacen en español porque este otorga calidad, seguridad y autoestima a sus vidas. No solo se debe cuidar el uso, calidad y utilidad del español en áreas previstas de expansión, sino en las áreas «centrales», donde a pesar de que es idioma oficial afronta retos insospechados. De ahí que, junto a la necesidad de relegar esas formas de pensar que encierran nuestro idioma global en pequeños cubículos comunicados por elites virtuosas, sea preciso afrontar el dilema irresuelto de la marca global del idioma, su reputación y entornos rentables de utilización. Una de las conclusiones del prestigioso proyecto «Valor económico del español», apoyado con carácter pionero por Fundación Telefónica y dirigido con maestría por el catedrático José Luis García Delgado, apuntaba la necesidad de que se cuidara más la autoestima del hablante de español. A esta idea extraordinaria cabe añadir el énfasis imprescindible en la aportación excepcional de sus industrias culturales y creativas, como ha mencionado Fernando R. Lafuente con reiteración. Pero se hace preciso vislumbrar sin demora el escenario global complejo al que se enfrenta nuestro idioma español, la mayor inteligencia colectiva que –todavía –poseemos en común.

Manuel Lucena Giraldo, historiador.

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