Diplomacia conductista

La Unión Europea no es ni nación, ni estado, ni federación ni confederación. Es «un algo» a medio camino, en proceso de acelerada y caótica transformación hacia un estadio desconocido. Los estados que la conforman han hecho impresionantes renuncias al ejercicio de sus soberanías, convencidos de que el tiempo presente exige que la vieja Europa actúe unida ante los retos que plantea un mundo globalizado. Pero no todo es visión de futuro, tras el discurso políticamente correcto del europeísmo oficial se esconde la voluntad de no volver a caer en los excesos del nacionalismo, que llevaron a dos guerra mundiales y a barbaridades desconocidas en otras latitudes, así como el deseo de impedir hegemonías que pudieran poner en peligro el actual equilibrio de poder. No nos puede sorprender que dos excancilleres de la talla de Helmut Schmidt y Helmut Kohl hayan irrumpido en la escena pública, cuando en Alemania se habla abiertamente de un futuro más allá del euro, para recordar que la principal razón de ser de la moneda única es mantener la paz en el Viejo Continente.

Los españoles tuvimos la fortuna de no participar en ninguna de las dos grandes guerras, pero eso no significa que nuestra vinculación al proyecto europeo sea el resultado de un sincero espíritu europeísta, entre otras cosas porque el desconocimiento de ese movimiento alcanza entre nosotros cotas sobresalientes. Los españoles apostamos por la Europa Unida porque era garantía de democracia y bienestar, las dos grandes aspiraciones de una sociedad acomplejada tras décadas de un limitado pero humillante aislamiento. Teníamos muy claro, y con buen conocimiento de causa, que las posibilidades de que la democracia arraigara entre nosotros eran limitadas, por lo que convenía apostar por un proyecto que condicionara nuestro comportamiento. España no está a la vanguardia del federalismo europeo por europeísmo, sino por la ausencia de un proyecto nacional y por nuestra extrema dificultad para asumir y superar un pasado que nos incomoda. De ahí que con tanta naturalidad españoles sensatos confíen en el diktat alemán para resolver los problemas domésticos, descontando la incompetencia o irresponsabilidad de nuestros legisladores.

Con estos antecedentes no es de extrañar que más de uno esté considerando lo afortunados que somos al estar en la Unión y vernos así abocados a una nueva y más decidida intervención, que imponga los recortes necesarios en nuestras administraciones para que dejen de ser el lastre que nos impide tanto crecer como cumplir con nuestros compromisos. Para algún político de pocos vuelos es el perfecto parapeto ideológico para hacer lo que sabe que debe hacer, pero responsabilizando a otros que habitan más allá del Rin. Sin embargo, lo que toca es exactamente lo contrario. Ya hemos demostrado a Europa que somos capaces de perder la cabeza y entregar el Estado a personas que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Ahora ha llegado el momento de dejar claro que somos conscientes de los graves errores que hemos cometido y que no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer para superar la situación de crisis en que nos encontramos y volver al crecimiento.

Europa no es todavía una unidad, pero hace tiempo que dejó de ser una península asiática organizada en estados-nación. El euro no tiene opción de marcha atrás. Puede sobrevivir o fracasar, con todo lo que ello implicaría. Alemania, líder natural del Eurogrupo, es perfectamente consciente de ello y está comprometida con su supervivencia. No me encuentro entre la gran mayoría de los analistas españoles que consideran que la política seguida por la canciller Merkel es irresponsable, aunque comparto con ellos la sorprendente acusación de que prima los intereses nacionales. ¿Por qué habría de ser el único dirigente europeo que no lo hiciera? ¿Acaso no le paga el contribuyente alemán un sueldo todo los meses precisamente para eso? ¿No tiene que rendir cuentas ante el Bundestag para demostrar que está defendiendo correctamente los intereses de la República Federal? Quizá lo que deberíamos preguntarnos es por qué dirigentes y ciudadanos de la Europa meridional se comportan sistemáticamente en contra de los intereses nacionales. Si respeto a la canciller Merkel es porque actúa con coherencia y principios y eso no es tan común en nuestros días.

Si proyectamos sobre un mapa de Europa los datos económicos básicos comprobaremos hasta qué punto la historia está presente en nuestros días. Con la excepción de Austria, nos encontraríamos ante el mapa de la Reforma. La razón es simple. Europa está fragmentada en dos, con éticas tan poco conciliables como en los días de Trento. La Europa protestante no confía en un sur donde la mentira y la corrupción son premiadas por una sociedad tan cómplice como complaciente; donde los ciudadanos se han instalado en un estado de bienestar que está muy por encima de sus posibilidades y no tienen ningún reparo en endosar la factura a sus vecinos del norte con no se sabe qué argumentos relativos a la solidaridad y el europeísmo. El sur genera escándalo e indignación en el norte, donde la población presiona a su clase política para que ponga coto a un trasvase de recursos que parece no tener ni fin ni justificación.

Los estados no han desaparecido en el seno de la Unión, pero las relaciones diplomáticas intraeuropeas no pueden ser similares a las mantenidas con aquellos que no comparten todo lo que ya es común entre nosotros. Un destino único invita a la injerencia, más aún cuando algunos parecen reclamarla. Estamos asistiendo a un ensayo de modificación de la conducta nacional que va mucho más allá del tradicional stick and carrot británico, del palo y la zanahoria. El sur recibirá ayuda en la medida en que cambie, abandonando hábitos inviables y asumiendo la realidad tal cual es. Atrás quedará el mátrix de un Estado del bienestar inagotable, de un régimen laboral delirante, de un estado de irresponsabilidad permanente. Los miembros solventes del Eurogrupo ayudarán si primero nos ayudamos nosotros mismos, recuperando la cordura y poniendo en orden nuestra casa ¿Qué sentido tiene que nos presten dinero si seguimos gastando más de lo que ingresamos, si los gastos corrientes de mantener las administraciones en pie están por encima de nuestras posibilidades?

Una crisis de confianza no es algo que se resuelva de la noche a la mañana, más aún cuando va acompañada de prejuicios culturales enraizados a lo largo de siglos. No nos van a dar facilidades para recaer en nuestros viejos hábitos caciquiles, controlarán nuestras cuentas y condicionarán los ingresos a pasos concretos en el recorte de los gastos. Será una experiencia humillante, como humillante es la situación a la que hemos llegado por culpa de muchos españoles. Pero peor es la ausencia de un proyecto nacional. Esta ni es la primera ni será la última crisis que nos tocará vivir. En la historia reciente solo es comparable a la Transición del franquismo a la monarquía democrática, pero entonces había ilusión por modernizar España y entrar en un nuevo y más atractivo capítulo. Se daba por sentado que habría que cambiar muchas cosas y los políticos de entonces se pusieron al frente de ese proceso. El contraste con la falta de ilusión de la población y la actitud conservadora de nuestros dirigentes de hoy, tratando de mantener en pie la ruina de un estado inviable, resulta desalentador. Que la esperanza venga del diktat alemán es la constatación de que la crisis en que nos encontramos no es económica, sino nacional.

Florentino Portero, profesor de Historia Contemporánea de la UNED.

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