Discurso de la reconciliación

Es un inmenso honor ser invitado a intervenir en una ocasión tan memorable como ésta. Aunque les reconozco que a mí, que he hablado en público muchas veces, hoy me va a resultar difícil hacerlo, porque nunca me ha costado tanto controlar la emoción. Intentaré dejarla de lado y no hablar como hijo de este pueblo, ya que no he sido invitado en calidad de tal, sino como historiador y como miembro de la comisión que redactó la ley de víctimas de la Guerra Civil y el franquismo.

¿Por qué nos reunimos aquí hoy? ¿Qué significado puede tener un acto como éste?

Debemos aclarar, ante todo, que éste no es un acto de revancha. No pretendemos rehacer hoy la historia y proclamar que están ahora en el poder los que perdieron la guerra hace setenta años. No se trata de competir ni de sacarse ahora una espina clavada desde hace tiempo para hundírsela a otro. Por eso nadie debe temer nada hoy, ni esconderse en sus casas desempolvando sus armas o preparando sus argumentos para defenderse en los corrillos o las tertulias de mañana.

Tampoco pretendemos hacer justicia, entendida como restauración de la situación en el estado en que estuvo antes de que se conculcara el derecho. Bien lo quisiéramos, pero, por desgracia, la justicia, en ese sentido estricto, es ya en este caso imposible. Nadie puede devolver la vida a los que la perdieron, ni la juventud a quienes la pasaron en la cárcel, en el exilio o como miembros de una familia que, además de haber perdido a uno de sus miembros, andaban por el pueblo de negro y en silencio, como sombras, como avergonzados de algo.

Éste es un acto de homenaje hacia aquellas víctimas y, por tanto, simbólico por encima de todo. Queremos proclamar en voz muy alta, delante de todos, que un grupo de vecinos de este pueblo -veintiocho, según ha investigado Agapito Madroño- sufrió una muerte violenta que de ninguna manera merecía; y queremos decir a sus familias, que no sólo vieron morir a un ser querido sino que soportaron más tarde el oprobio y la humillación, que aquello fue también injusto porque no eran culpables de nada. Queremos declarar aquí, en nombre del pueblo entero, que ellos, y desde luego sus familiares muertos, fueron y son seres dignos, dignísimos, y que tienen derecho a caminar con la cabeza bien alta. Si alguien debe sentir vergüenza somos los demás, por haber tardado tanto en rendirles este homenaje, al que estábamos obligados desde hace mucho tiempo.

Este acto tiene también algo de pedagógico. No es que queramos dar una lección de historia, ni mucho menos imponer una determinada versión del pasado. Tampoco creo que sea cierto el repetido dicho de que, si no recordamos el pasado, éste se repetirá inexorablemente. Por fortuna, en España tenemos hoy muchas razones para creer que un verano trágico como el de 1936 no se va a repetir. La sociedad ha cambiado radicalmente, tenemos un nivel económico y cultural muy distinto al de entonces, hay una democracia estabilizada, no dominan ya aquellas pasiones políticas que llevaron a la gente a la barbarie del exterminio mutuo. Estamos aquí, en suma, todos -o deberíamos estar todos-, para comprometernos seriamente a que hechos de este tipo no se repitan. Nunca más una guerra civil como aquélla.

Por estas razones, éste de hoy no es un acto exclusivo de los familiares o los simpatizantes de ciertas tendencias políticas, las derrotadas en 1939. Es importante resaltar que este homenaje ha sido refrendado por unanimidad en el ayuntamiento. Somos todos los que debemos sellar la reconciliación, reconociendo que se cometieron brutalidades por ambos lados. Por ambos, y no sólo por uno, como proclamó el franquismo, que homenajeó, y mucho, a sus “caídos por Dios y por España”. La democracia, por cierto, también quiere desagraviar a estas víctimas -y el homenaje de una democracia vale mucho más que el de una dictadura-. No aquí, pero sí en otros lugares de España, se mató a gente sólo porque iba a misa; y tenemos que proclamar que aquello fue tan contrario a nuestros valores cívicos como lo que ocurrió aquí, donde algunos murieron porque no iban a misa. Por cierto que no fue ese el caso en todos los pueblos, y nunca es mal momento para recordarlo. En la vecina Quintanilla, el cura, don Basilio, a quien recuerdo bien, cuando llegaron los falangistas preguntándole por “los rojos del pueblo”, se irguió desde su metro y medio de estatura y les dijo: “Aquí el más rojo soy yo; ¡fuera de este pueblo!”. Y en Quintanilla no hubo muertos. Desgraciadamente, el bueno de don Basilio fue la excepción. Y no es en él en quien piensa la Iglesia católica cuando proyecta elevar santos a los altares.

No tendría yo más allá de siete u ocho años, pero no se me olvida el miedo, la tristeza y el resentimiento que me transmitió Remedios Fernández Andrés, que venía a lavar la ropa a casa, cuando, una de aquellas mañanas de invierno, con sus dedos arrugados por el agua y el frío, me dijo en voz baja que no todo lo que los falangistas habían hecho había sido tan bueno como nos contaban en la escuela; que a ella le habían fusilado a un hermano y que a las mujeres las sacaban al campo, las ataban a un árbol, abusaban de ellas y las rapaban el pelo al cero. Remedios acabó por irse a Francia, tras casarse por poderes, algo no tan sencillo entonces y a lo que la ayudó mi padre. Y aquella mujer valiente murió en Francia, medio siglo después, y por eso no está aquí hoy, como tantos otros que deberían estar: Luis Garea o Teresa Cifuentes, que tanto se esforzaron porque este acto se celebrara. No están entre nosotros, y bien que lo lamentamos.

Queremos, por tanto, recordar aquí a aquellas víctimas y dar nuestro más cálido abrazo a sus familiares. Pero también queremos que esto sirva para unirnos, porque en una democracia los ciudadanos se asientan sobre unos valores comunes. Y ese sentimiento de comunidad es el que se rompe de manera muy difícil de reparar durante una guerra civil, que instaura un clima de miedo y recelo generalizado.

El objetivo principal de una reunión como ésta es, precisamente, restaurar y fortalecer esa confianza entre los convecinos que una guerra civil rompe; la confianza entre ellos y la confianza de todos en las instituciones, que en una democracia son, precisamente, de todos. Unas instituciones, representadas aquí muy dignamente por este concejo municipal en el que nos hallamos. Cuando una institución pública hace algo como lo que este ayuntamiento está haciendo hoy, ejerce el más grande y el más noble de los poderes, el de representar a la justicia, el de reconocer y proclamar, en nombre de la comunidad, en nombre de este pueblo, de este país y hasta de la humanidad entera, que hace setenta y tres años se cometió una brutal injusticia con 28 hijos de este municipio.

No me limitaré, pues, a agradecer a los organizadores la invitación. Les añadiré que para mí Villalpando, a partir de ahora, no sólo será el lugar donde pasé mi infancia, donde jugué y fui feliz, sino también un nombre del que puedo sentirme orgulloso porque se asocia con la justicia; porque el pueblo entero reconoce y denuncia los errores y las barbaridades del pasado, en lugar de empecinarse en silencios, odios y posiciones enquistadas. Como cuando éramos niños y jugábamos juntos sin preguntarnos de qué lado había estado el padre de cada cuál en la guerra, ahora podemos volver a sentirnos unidos, a convivir, a confiar en el vecino.

Este ayuntamiento democrático está cumpliendo hoy la mejor, la más alta, de las funciones que puede desempeñar una institución pública: la de reconciliar, establecer puentes entre sus conciudadanos; la de proclamar una verdad conocida por todos, o casi todos, pero silenciada durante demasiado tiempo; la de defender a los débiles y reivindicar a los ofendidos; la de cerrar heridas. Gracias, pues, a este apoyo municipal, que ennoblece la institución.

Y gracias a vosotros, los familiares de las víctimas, que habéis sufrido con paciencia, pero que habéis reivindicado también tenazmente vuestro derecho a que se limpiara la memoria de vuestros parientes desaparecidos. Habéis cumplido con vuestro deber. Sois dignos descendientes suyos.

José Álvarez Junco, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro es Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus). Intervención en el acto de homenaje a las víctimas del franquismo en Villalpando, Zamora, el 4 de julio de 2009.