Discurso sobre la desigualdad

Rousseau (1712-1778) no compartió el optimismo de la Ilustración. En su primer trabajo, el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) que, premiado por la Academia de Dijon le dio inmediata celebridad, advertía ya que era un error creer —como creían los ilustrados— que la virtud y las costumbres mejoraban a medida que progresaban las ciencias y las artes. Rousseau pensaba lo contrario: que el progreso de la civilización había conllevado la decadencia de las costumbres, esto es, la regresión moral de la sociedad. Su segundo gran trabajo, el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755) —también respuesta a una iniciativa de la Academia de Dijon que en 1753 había planteado la cuestión de la desigualdad como objeto de un nuevo concurso público— era una crítica radical de toda la sociedad moderna (por tanto, y nuevamente, de la idea de progreso). En efecto, desde una perspectiva que consideraba errónea e injusta la evolución de la sociedad desde el estado natural del hombre, la invención de la propiedad —necesaria a la evolución de la humanidad— aparecía para Rousseau como la causa de la desigualdad entre los hombres y más aún, como la razón última de todos los males sociales (lo que llevaba a Rousseau a dos de los argumentos que iba a desarrollar en El contrato social, 1762: libertad e igualdad, como los dos mayores bienes del hombre; la voluntad generalcomo fundamento de igualdad y de toda política que aspirase a superar la desigualdad dominante).

La idea de «igualdad» no fue en modo alguno ajena al pensamiento ilustrado, aunque no tuviera la importancia de conceptos como libertad, felicidad o tolerancia. Esa idea —«igualdad natural»— fue así esencial en el debate sobre el derecho natural (Rousseau mismo se ocupó de ello en la primera parte del Discurso sobre la desigualdad), y en los debates que la Ilustración asumió con originalidad y oportunidad innegables sobre, por ejemplo, la igualdad de los sexos (la mujer culta tuvo papel prominente en muchos círculos y salones literarios del XVIII como fue el caso, en Francia, de las marquesas de Deffaud y Pompadour, madames de Chàtelet y Geoffrin y muchas otras), o sobre la «emancipación» o igualdad jurídica de los judíos, o sobre el tema de la esclavitud y su posible abolición (aunque el movimiento abolicionista más eficaz, el británico, no partió de la Ilustración sino de cuáqueros como Grandville Sharp, autor de La injusticia de tolerar el esclavismo(1769) y evangelistas como William Wilberforce, 1759-1833).

Pero en Rousseau, como en otros ilustrados radicales como Mably o D’Holbach, el concepto de «igualdad» era más que un principio filosófico una exigencia social. El radicalismo social del Discurso sobre la desigualdad —un texto en cualquier caso esencial— se apartaba, pues, del pensamiento ilustrado. El Discurso no gustó en los círculos y salones de la Ilustración, hecho que el psicológicamente obsesivo, inestable y complicado Rousseau resintió profundamente. Voltaire, por ejemplo, leyó el Discurso como mera «filosofía de mendigo». Rousseau, hombre de origen modesto (nació en Ginebra, en una familia de artesanos-relojeros) y personalidad difícil —hipersensible, neurótico, obsesivo, contradictorio—, no fue lo que luego los tópicos dirían de él: el defensor del buen salvaje y del retorno a la naturaleza, el ideólogo de la democracia de masas. En Emilio (1762) proponía un nuevo tipo de educación que favoreciese el pleno desarrollo de la personalidad del niño en un entorno natural (esto es, libre de las convenciones formalistas y de las restricciones autoritarias de la vida social), y en cuyo cuarto libro, Profesión de fe de un vicario saboyano, defendía, frente a la religión institucionalizada, una especie de deísmo genérico basado en los sentimientos morales y espirituales del hombre y en la simple conciencia individual.

Los puntos centrales de su filosofía moral y política —expuestos sobre todo en El contrato social— eran los conceptos de «pacto social» como origen del Estado, y de «voluntad general» como fundamento de la soberanía. O dicho de otra forma: el pueblo reunido, como único soberano legítimo de la comunidad política; y el gobierno, como agente de la voluntad general. «La voluntad general —escribía en El contrato social— puede dirigir por sí sola las fuerzas del Estado según el fin de su institución, que es el bien común». El único gobierno legítimo sería así, para Rousseau, un Estado regido por leyes emanadas de la voluntad general, cuya soberanía era inalienable e indivisible; una democracia directa, popular, asamblearia (no una democracia representativa), bajo un gobierno mero ejecutor del mandato popular.

Más, por tanto, que a una democracia parlamentaria y constitucional y a un régimen democrático de partidos, el pensamiento de Rousseau —sin duda extraordinariamente complejo y original— llevaba a una república popular, probablemente autoritaria, de base plebiscitaria. Pero no necesariamente —como se pretendería— a la República jacobina de 1793-94. Rousseau, por lo menos, odiaba la violencia. Entendía, y así lo dijo, que su ideal político sólo podía ser válido en ciudades-estado o en repúblicas y comunidades políticas de dimensiones reducidas (como su Ginebra natal).

El contrato social tuvo trece ediciones entre 1762 y 1789. Pero no fue el mayor éxito de su autor. Emilio tuvo veintidós ediciones en el mismo tiempo y La nueva Eloísa (1761), una novela sentimental, su mayor éxito, en torno a cincuenta. Los lectores del Emilio y La nueva Eloísa no fueron los revolucionarios de 1789: los leyeron sobre todo damas de la aristocracia y de la sociedad acomodada francesa (que adoptaron algunas de las prácticas que Rousseau sugería en el Emilio: la madre como nodriza, paseos por el campo, el cuidado directo y personal del niño). Adulado y combatido por igual, Rousseau fue siempre contradictorio. Exaltó los principios modernos de libertad e igualdad, pero criticó todo lo que en el siglo XVIII se entendía como progreso histórico. Postuló, y con indudable éxito público, una educación humanizada y afectiva: abandonó a sus cinco hijos en un hospicio.

Por Juan Pablo Fusi, historiador.

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