«Distinción frente a igualitarismo»

No, no es lo mismo tratar a alguien con delicadeza o con descortesía; saber algo o ignorarlo; expresarse con destreza en una lengua o no. Porque lenguaje, pensamiento y realidad están vinculados. Sin embargo, el afán irrefrenable por igualarlo todo conquista nuestro mundo. Quienes pretenden igualar legislativamente por completo cuantas confesiones se practican en España, asimilando a lo católico cualquier otra forma de creencia o incluso de increencia, desconocen nuestra historia, la sociología y la filosofía de la religión, aparte de olvidar el consejo de Montesquieu de no engendrar leyes contra costumbres arraigadas fecundas. Cuando para referirse al matrimonio de siempre, el celebrado entre el hombre y la mujer, alguien se cree moralmente obligado a añadir, a cada momento, el epíteto «tradicional» o «heterosexual», da por victorioso a ese pertinaz igualitarismo. Según el cosmopolitismo apátrida e ingenuo, y el relativismo extremo, es igual poseer una u otra nacionalidad, vivir en uno u otro lugar, disfrutar de un orden socio-político y económico o de su contrario. Pero, enseguida, la experiencia de multitudes, terca, desmiente esta ocurrencia.

Oleadas humanas se ciernen sobre Europa. ¿Abrimos de par en par las puertas, o las cerramos a cal y canto? Ni lo uno ni lo otro, sino discernimiento, pues nuestra igual dignidad humana no anula la diversidad de los casos. La igualdad constituye un valor; el igualitarismo una enfermedad social y del alma, que Tocqueville vaticinó profético. Sus vástagos, el colectivismo y el populismo, fueron desenmascarados por Orwell en su sarcástica Rebelión en la granja, lectura en pleno vigor. Los igualitaristas desean aniquilar toda diferencia, legítima o no, pues no toleran lo distinto ni aman el Derecho, basado en la justicia, que supone «dar a cada cual lo que le corresponde», como enunciaron los juristas romanos. Quieren que todos tengamos y seamos exactamente lo mismo, aunque para ello se arrebate lo propio. Pero no es igual defender la dignidad que favorecer el terror, la verdad o la mentira, la vida o la muerte. La conciencia libre se resiste al dogma progresista, a su credo unificador, al fanatismo neutralizador del género.

¿Qué hacer? Reflexionar y cultivar la distinción, el hermoso arte de distinguir. Marías afirmó, en estas páginas, que vivir sabiamente comporta aprender a diferenciar personas y situaciones, amigos auténticos de manipuladores. Escribió, aquí, que hay que prestar atención para distinguir con criterio, y que atender es signo de inteligencia. López Quintás ha expuesto que pensar con rigor reclama discernir entre niveles y tipos de realidad. Vivir consiste en diferenciar lo beneficioso de lo dañoso y, en lo humano, lo justo de lo injusto, según Aristóteles. El igualitarismo convierte todo en algo amorfo, indiferenciado, anodino. Pero la sal de la vida está en apreciar las diferencias, pues gozar implica distinguir entre uno u otro alimento, vestido, ambiente, compañía. El fundamento estriba en que no hay dos personas idénticas, y así cada cual resulta único e irremplazable, en palabras de Lévinas. Al igualar reductoramente, cercenamos la libertad, junto a lo más valioso y original que pueden aportarnos las personas y comunidades. Impondrán el curriculum ciego, sin datos de sexo, estado, nacionalidad, edad; pero la persona siempre se revelará distinta e irrepetible.

Desarrollemos este precioso distinguir, sin injustas discriminaciones, y lo contagiaremos. Porque no resulta lo mismo ser real o ficticio, inerte o viviente, racional o no. Debemos enseñar que es diferente tener una u otra formación y experiencia, esforzarse u holgazanear, cuidar o no la propia responsabilidad, respetar a los otros o maltratarlos. Claro que importa luchar por nuestra vocación, cultivar las relaciones fecundas, advertir un sentido en la vida, como demostró Frankl. Contra los nihilistas, cada rasgo, palabra, gesto o acto tienen su valor. La indiferencia ignaciana no equivale ni a la ataraxia estoica ni a la apatía budista extrema, sino al desprendimiento interior. No da lo mismo pasar la tarde junto a un ser querido, disfrutando de una magnífica exposición sobre el Renacimiento veneciano, en el Thyssen, gracias a una amiga, que dormitar con tedio ante el televisor. Ante todo, no es igual amar y ser amado, que odiar y ser odiado, pues estamos hechos para amar, no para odiar. Sólo el amor nos revela a fondo quiénes somos y quiénes son los demás, como escribió Juan Pablo II. Hasta los progresistas y populistas más recalcitrantes, que lo masifican todo, acaban por descubrir que no da lo mismo ser feliz o no. El problema radica en lo destructivo de su lenta conversión a la realidad. Mientras tanto, valoremos la justa diversidad y congratulémonos con humor al modo de aquel jubiloso «¡Viva la diferencia!» de Spencer Tracy, al término de la genial, que no machista ni igualitarista, «La costilla de Adán».

Javier Barraca, profesor de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos y académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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