Divagación en Sitges

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 08/06/07):

El pasado sábado, en Sitges, mientras escuchaba al presidente Rodríguez Zapatero desgranar, con morosidad y delectación propias de un secretario de Estado, los datos positivos que ofrece la economía española, así como la indiscutible contribución de su Gobierno a estos logros, hubo un momento en que la imaginación se me fue y pensé, por un instante, en que un éxito de esta naturaleza siempre es fruto de un largo esfuerzo. En este caso, de una misma política económica mantenida sin desmayo desde 1993. En efecto, fue entonces cuando –bajo la presidencia de Felipe González– Pedro Solbes definió una política económica cuya ejecución fue posible gracias al apoyo de CiU al Gobierno socialista. Esta política fue mantenida luego, con tino y rigor, por Rodrigo Rato –bajo la presidencia de José María Aznar–, también con el respaldo de CiU. Y hace tres años, al recuperar los socialistas el poder, los medios económicos contemplaron con alivio cómo retornaba a Economía Pedro Solbes, para seguir el mismo camino que él inició.

POR ESTE hecho puede sostenerse que, más allá de la crispación creciente, un país que mantiene la misma política económica durante 14 años y bajo distintos gobiernos es un país serio. Ya quisiéramos todos que, del mismo modo, la digna y discreta presencia internacional de España consolidada en tiempos de González se hubiese mantenido a salvo de los graves errores del último Aznar, así como de la errática deriva de Zapatero. ¡Qué pena que éste no nombrase ministro de Exteriores a Javier Solana: más de un desatino nos hubiésemos ahorrado. Pero, volviendo a la economía, recordé también en Sitges como un ilustre político catalán –que acudió a escuchar a Zapatero y cuyo nombre no citaré– me dijo hace algún tiempo: «De hecho, la transición económica empezó en 1959». Esto es, con el plan de estabilización.
En 1957 –hace justo medio siglo–, la economía española entró en crisis a causa de sus desequilibrios estructurales: inflación descontrolada (40% para los años 1956-1957), huelgas en el País Vasco, Asturias y Catalunya, gravísimo déficit exterior y caída en flecha de las reservas de divisas. Años más tarde, Alberto Ullastres recordaba así la situación: «Las exportaciones totales españolas eran de 400 millones de dólares y las importaciones del orden de los 600. La diferencia se cubría con la ayuda americana y trampeando. Existían tipos de cambio diferenciales. Para cada producto había un cambio de importación y de exportación. Lo primero que hice al entrar en el Gobierno (…) fue fijar un cambio único de 42 pesetas por dólar».
En estas circunstancias, y bajo el asesoramiento de organismos internacionales, se establecieron las directrices que presidirían la futura política económica hasta la plena integración de España en el mercado capitalista internacional. El cambio de Gobierno de 1957, con la entrada de Mariano Navarro Rubio en Hacienda y de Alberto Ullastres en Comercio, fue el primer paso en esta dirección, que se concretó de forma inmediata en unas medidas preestabilizadoras: devaluación, supresión del sistema de cambios múltiples, congelación de salarios y sueldos, reforma tributaria, reestructuración del mercado del crédito, y reforma del marco de negociaciones laborales (en 1958 se promulgó la ley de convenios colectivos). Todo ello como pórtico de lo que pasó a ser un hito fundamental en la historia económica de España: el plan de estabilización, que supuso –según R. Carballo– «el cierre por defunción legal de la etapa autárquica».
El plan de estabilización pretendía sentar las bases para que la economía española pudiera llegar a situarse en línea con los países del mundo occidental, mediante medidas de tipo monetario y de tipo keynesiano. Asimismo, quería liberarla de intervenciones absurdas como las descritas por Ullastres: «En aquella época el intervencionismo comercial era total. Solo estaba liberalizada la importación de relojes y ello porque, como se trataba de un artículo tan fácil de pasar de contrabando, se permitía su importación libre y así se cobraba algo por derechos de aduana. El resto se importaba con licencia. El sistema, evidentemente, permitía especulaciones. No solo se especulaba con las licencias, también con la peseta, en Zúrich, en Tánger, yo creo que en todas partes».

SE SENTARON, de esta forma, las bases para iniciar el fuerte crecimiento de la década de los 60, si bien pagando un elevado coste social provocado por la recesión que siguió a las medidas estabilizadoras, expresado en una fuerte emigración interior y exterior, y en un grave descenso de las retribuciones salariales reales. Por otra parte, las reformas se detuvieron allí donde podían rozar los privilegios de las grandes empresas privadas, pertenecientes a las familias que –en palabras de Azaña– «llevan siglos acampadas sobre el Estado». En suma, la liberalización económica iniciada con el plan de estabilización no provocó cambios en profundidad que afectaran a la distribución de la renta; pero, en cualquier caso, sentó las bases de un proceso que ha culminado en nuestros días.
Así como las personas somos hijas de nuestros actos, las naciones son hijas de su historia. Por eso decía Ortega que, si se quiere conocer de veras a una persona o a un pueblo, hay que conocer su historia. Lo que nos permite, además, huir de la tentación adanista consistente en creer que nada aprovechable había antes de nuestra trascendental llegada al escenario. Hace poco, los cancilleres Schmidt y Kohl coincidieron en que, para ser político, solo hace falta saber historia y ser prudente. ¡Como aquí!