Domar la globalización para salvarla

Para unos es la época de las oportunidades. Los límites los pones tú. Casi se puede tocar el cielo con la punta de un teléfono. Las distancias pueden ser una anécdota y el ensamblaje cultural de los viajes el sentido de la vida. Para otros, es la era del vértigo, la pérdida de control sobre la vida laboral, el color del barrio donde uno habita y los miedos a la mezcla con otras culturas. Las élites llevan décadas ignorando a los segundos. Han tenido que dar un portazo a la Unión Europea los británicos y Trump sacudir al ‘establishment’ de Washington para darnos cuenta. Lo dejó escrito Tony Judt al inicio de la crisis en el 2010: “Hay algo profundamente erróneo en la manera en que vivimos hoy”.

Lo raro es que esta gran sacudida no se hubiera producido antes. La ola de la indignación lleva tiempo tomando cuerpo. Dos viejas señales. Por un lado, los niveles de desconfianza de los ciudadanos hacia sus gobernantes y por otro la gran crecida de la desigualdad y la quiebra paulatina del pacto social. O se revierten estas tendencias, o vendrán los fanáticos agitando sus banderas y construyendo muros reales y figurados.

El ‘think tank’ American National Election Studies lleva décadas realizando una misma pregunta a los ciudadanos americanos: “¿Confía en que el Gobierno en Washington hace lo que es justo, todo o casi todo el tiempo?”. Hasta mediados de los 60, el 75% respondía positivamente. Pero desde la década de los 80 las respuestas positivas oscilan entre un 20 y 35%. La abrumadora mayoría de los norteamericanos no confía en la buena fe de sus gobernantes. El discurso antipolíticos de Trump pesca en río revuelto. Y ha funcionado a pesar de ser él mismo pura élite.

En Europa la desafección de los ciudadanos con las instituciones es particularmente aguda con la Unión Europea. La salida británica podría parecer un caso aislado. Siempre han sido críticos con el club al que entraron en 1973. Nada más lejos de la realidad. Un estudio de Pew Research Center anterior al referéndum británico detectaba niveles mayores de rechazo a la UE entre los franceses y los griegos que en los propios británicos. Los ‘Trump’ de Europa tendrán su oportunidad en las elecciones en Países Bajos en marzo y en Francia en primavera (Wilders y Le Pen lideran las encuestas). Quizás el Partido Cinco Estrellas de Beppe Grillo también tenga su oportunidad si se convocan elecciones en Italia.

Desde finales del siglo XIX hasta 1970 se produjo una paulatina reducción de la desigualdad en las sociedades occidentales. Un fenómeno similar al experimentado en China, India y América Latina en las últimas cuatro décadas. Pero mientras en estos países se ha reducido la pobreza y la desigualdad, en las sociedades occidentales la deslocalización de la producción, la reciente digitalización de la economía y la llegada de los robots están produciendo la quiebra del pacto social. Cada vez más trabajadores, sobre todo los menos cualificados, tienen peores condiciones de vida, generando nuevos fenómenos como la pobreza laboral.

Desde la explosión de la crisis financiera en Estados Unidos en el 2008 y la crisis de la deuda soberana en Europa se han agudizado las tendencias de las últimas décadas. La desigualdad hoy en Estados Unidos es la mayor de los últimos 100 años. En Europa, la apuesta por una drástica austeridad ha endurecido todavía más los efectos antisociales de la globalización en el continente, con un problema añadido: si bien la Unión Europea tiene la competencia exclusiva para negociar acuerdos comerciales, los estados miembros conservan las políticas sociales, alimentando la percepción entre los ciudadanos de que Europa no se preocupa del impacto que generan sus políticas liberalizadoras. Sin política social la Unión corre el riesgo de morir.

La alternativa populista a la globalización, cerrando las fronteras al comercio, al movimiento de capitales y las personas tendría pocos beneficios para los males que denuncia, pero los populistas tienen la ventaja de no entrar nunca en detalles. Trump sugirió que sus medidas proteccionistas permitirían producir el iPhone en EEUU –actualmente se diseña en California y se fabrica en China– pero no explicó que así costaría el doble. Es indudable la atractiva utilidad de empresas como Airbnb o Uber, pero necesitamos reglas y tratados internacionales claros que incluyan medidas de protección social y sostenibilidad. Necesitamos domar la globalización para salvarla.

Carlos Carnicero Urabayen, periodista y analista político.

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