Don Amadeo I y la democracia española

Constituye un argumento manido, por su frecuente y reiterado uso, que la democracia es el régimen de la legítima confrontación de ideas y proyectos; que sociedad democrática es aquella en la que se puede y se debe discrepar; que esa es la naturaleza de un sistema democrático, lo consustancial a una sociedad abierta y libre. De acuerdo, absolutamente.

Sin embargo, cualquier ciudadano que observe la actual hora política española, por mucho que quiera mantener calmo el ánimo, no puede dejar de sentir desasosiego ante la profusión de posiciones políticas, de sus increíbles y disparatadas diatribas y la fragmentación del escenario partidista, circunstancia ésta que lo acerca al particularismo, aquel mal de nuestra política del primer tercio del siglo XX que el insigne filósofo don José Ortega y Gasset oportunamente denunció. En efecto, sirvan de muestra esos partiditos como 'Teruel existe' y otros de parecida inspiración localista, o el enjambre que forma ‘Sumar’, o los recientísimos 'Caminando Juntos' y 'Juntos por Granada'.

Tal como el ilustre jurista italiano Piero Calamandrei (1889-1956) tituló uno de sus más famosos libros, Demasiados abogados (1926), hoy podemos decir del panorama político español, tomando prestado ese acertado rótulo, que hay demasiados partidos políticos, demasiada dispersión asociativa.

Empero lo grave no es solamente el fenómeno de la excesiva fragmentación participativa, sino la insoportable tensión, la radicalización de credos y posiciones ideológicas, fuertemente enfrentados, que se dan en el ruedo político español en estos alocados y febriles días en espera de los comicios del 23-J. No hay acuerdo duradero sin una rápida y sorpresiva enmienda. Ni siquiera hay acercamiento entre afines. Todo lo contrario: permanente discordia, constante cambio de posiciones y elevada temperatura dialéctica. Insufrible. Y esta consecuencia que es peor: la dificultad de racionalizar tanta táctica personal y partidista, tantas actitudes impostadas y tantos embustes impunes.

Este panorama político, someramente descrito y difícilmente digerible, genera un clima político cercano al vértigo, al delirio. Me pregunto si no estaremos en los inicios de la destrucción de nuestro sistema constitucional por el exceso de 'democraticismo', por una democracia mal entendida; por una constante y frívola reconsideración de posiciones; por criticar inmisericordemente a todo y a todos; por un permanente y obstinado replanteamiento de líneas ideológicas, y por entablar peligrosas amistades políticas. Nos estaríamos acercando a la descomposición de nuestro sistema político y, con ello, al caos.

No es la primera vez en la Historia que los españoles nos deslizamos por una acelerada pendiente de desencuentros que destruyen oportunidades de asentar nuestra convivencia en libertad sobre bases estables, sensatas y racionales, como sucedió en la Transición. En esta ocasión no aludiré a la luctuosa y nada edificante página de la confrontación fratricida de 1936-1939. Por desgracia, los españoles tenemos otras.

Así, hoy me referiré al convulso tiempo que sucedió al destronamiento de Isabel II (1868). En concreto, a la salida de tan dramática situación política en la persona de un príncipe italiano de la Casa de Saboya-Aosta, que aceptó la Corona de España. Efectivamente, don Amadeo I (1871-1873) se encontró con una España de tirios y troyanos, de liberales, moderados, ‘exaltados’, carlistas, republicanos, federales y confederales, y con los primeros anarquistas y sindicalistas. Un ‘totum revolutum’.

A mayor desgracia, horas antes de la llegada de don Amadeo a Madrid, unos pistoleros asesinaron al general Prim, presidente del Gobierno y principal apoyo del joven y bienintencionado monarca. El italiano padeció en la Corte el hervidero de maniobras y zancadillas de los líderes de las diferentes formaciones y la miopía política de los gerifaltes a su frente: ningún sentido de Estado; ninguna altura de miras. Don Amadeo, cansado de intentar su moderación y de convocarles a la gobernación del Estado, a los pocos meses tomó el tren a Lisboa, abandonando para siempre el guirigay hispánico.

Su mensaje parlamentario de renuncia no tiene desperdicio: «Dos años largos ha que ciño la corona de España, y España vive en constante lucha, viendo cada vez más lejana la era de paz y ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación, son españoles; todos, invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cual es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males».

¿No es este el retrato fiel de nuestra actual España?

José Torné-Dombidau y Jiménez es profesor titular de Derecho Administrativo y presidente del Foro para la Concordia Civil.

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