Don Juan Carlos y los presidentes de Gobierno

González, Rajoy, el Rey, Zapatero y Aznar. Afp
González, Rajoy, el Rey, Zapatero y Aznar. Afp

Con motivo del décimo aniversario de la abdicación de Don Juan Carlos, a la aguda pregunta del profesor Antonio G. Maldonado (“¿Falló el Rey o la Corte?”) me permito contestar que fallaron el Rey y los presidentes de Gobierno.

Sobre este tema, se han publicado numerosos artículos que mayoritariamente coinciden en reconocer el enorme valor de la contribución de Don Juan Carlos en el liderazgo de la Transición y en la defensa de la Constitución, el 23 F de 1981. La coincidencia de los autores de los artículos se expresa también en un reproche generalizado por una “conducta poco ejemplar” del Rey a partir de 1982 hasta su abdicación en 2014.

El Rey caminó, durante casi cuarenta años, un proceloso sendero: de ser un bastión inmensamente reconocido y popular en la restauración de la Corona y de la Dinastía histórica a convertirse en un inquietante peligro para la continuidad de la Institución monárquica. La abdicación vino a posibilitar la recuperación del prestigio de la monarquía en la persona de Don Felipe.

Coincido con Maldonado en la consideración de que el balance final del reinado de Don Juan Carlos será valorado por la historia de modo muy positivo. El Rey podría haber finalizado su reinado pasando sus últimos días en su residencia de la Zarzuela y en la gloria del reconocimiento y agradecimiento de la Nación.

Si no ha sido así, la principal responsabilidad le corresponde al monarca. La segunda responsabilidad la tienen los cuatro presidentes del Gobierno, que no se impusieron al Rey para obligarle a una modificación de conducta que preservara prestigio personal del Rey y el de la Corona.

En octubre de 1982 el Rey alcanzó la gran ambición de Alfonso XIII: llegar a ser un monarca español, patriota y popular, con un gobierno socialista que no cuestionara la Institución. El modelo inglés y belga al que aspiraba Alfonso XIII no fue posible por la torpeza de la elite política de la Restauración y por el radicalismo de republicanos y socialistas, sobre todo después de 1923.

Don Alfonso pago su principal error político (la aceptación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923) con el exilio y Don Juan Carlos, los suyos, con la abdicación.

La especulación sobre la responsabilidad de la Corte o de los consejeros no tiene en cuenta dos cosas. La primera es que la monarquía de 1975 se restauró sin Corte y los consejeros no son nadie para imponerse a un Rey. Un monarca considera a su principal colaborador (el Jefe de la Casa Real) como a un servidor al que se escucha pero al que no se obedece. Es más, si el Jefe de la Casa Real lleva en muchas ocasiones la contraria al monarca es muy posible que dure poco en el cargo.

El único poítico que puede imponerse a un Rey es el presidente del Gobierno, cosa que no hicieron ninguno de ellos. Por medio de los servicios secretos, todos ellos tuvieron conocimiento de la conducta riesgosa para el prestigio del monarca y ninguno planteó una cuestión de gabinete para que el Rey rectificara. Es como si hubieran preferido ser permisivos, dar cuerda hasta un próximo y evidente ahogamiento.

Veamos un ejemplo en otra monarquía parlamentaria. Desde la lealtad a la Corona y al país, Stanley Waldwin, primer Ministro conservador del Reino Unido, en 1936, planteó al Rey Eduardo una cuestión de confianza. El Rey había decidido casarse conWallis Simpson y no estaba dispuesto a ceder en su pretensión. El primer Ministro Waldwin cursó una consulta a todos los gobiernos y parlamentos de la Commonwealth, a su propio Gabinete y a los partidos liberal y laborista británicos. La opinión ampliamente mayoritaria que Waldwin recogió fue que el Rey debería elegir entre la Corona o la boda.

El Rey Eduardo intentó imponerse al Gobierno apelando a su derecho y libertad que chocaba con los usos y costumbres del sistema político británico. En un momento dado de máxima tensión, el Primer Ministro planteó la dimisión del gobierno de la mayoría parlamentaria dejando al rey sin posibilidad de formar gobierno. Eduardo VIII cedió y abdicó en su hermano Jorge VI.

Del mismo modo, cada uno de los presidentes españoles, conocedores de la conducta impropia del monarca, pudieron y debieron imponerse a don Juan Carlos para que rectificara y modificar su conducta. Habría sido un gran servicio al Rey, a la Institución y a la estabilidad política de España. No lo hicieron. Fue destacado el caso de un presidente del Gobierno que, enterado de pagos con fondos reservados a una meretriz, quedó horrorizado y prefirió “no saber nada”.

Don Juan Carlos nació en el exilio. Desde Carlos IV, salvo don Felipe VI, todos los reyes españoles han padecido el exilio y sin embargo el insistente retorno de los reyes al Trono en España expresa bien las claras el apego de los españoles a la Institución, desde hace más de dos siglos, dado el desastre de las dos experiencias republicanas.

La situación de semi apartamiento de don Juan Carlos en los Emiratos Árabes es quizás la más conveniente y prudente. Ocurrió algo similar con la reina Isabel II que, una vez abdicó en favor de Alfonso XII en 1870, residía en París y visitaba después España en breves periodos de tiempo con la vigilante y leal administración de don Antonio Cánovas del Castillo. La Corona española, como la iglesia católica, dispone de precedentes útiles para superar dificultades extraordinarias que explican que los borbones sean una de las pocas dinastías supervivientes de la crisis del siglo XX a diferencia de las otras monarquías milenarias del Oriente y del Centro de Europa.

El sacrificio de la abdicación de don Juan Carlos, la prudencia de Don Felipe y la esperanza de continuidad y estabilidad de Doña Leonor son los referentes de paz, unidad, estabilidad y concordia nacional. Frente a ello padecemos una vez más, un insensato proceso de polarización de las elites políticas. De ahí la importancia del mantenimiento de la monarquía que es el principal escollo de los separatistas y de la ultra izquierda.

Guillermo Gortázar es historiador. Su último libro es Un veraneo de muerte. San Sebastián, 1936 (Editorial Renacimiento).

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