Don Juan Sócrates

En mi último artículo, les comentaba que en Portugal dormimos sosegadamente nuestros destinos presentes y futuros. Pues bien: la bella durmiente lusitana se ha despertado. La detención del antiguo primer ministro José Sócrates, ocurrida el día 21 de noviembre, ha sido un aldabonazo fenomenal. Una detonación mediática, que ha hecho astillas el sosegado silencio portugués. Y todos ahora, en Lisboa, en Oporto, en provincias, nos restregamos los ojos y nos miramos los unos a los otros, atónitos ante algo completamente inesperado.

José Sócrates es uno de estos centauros, muy comunes en la política europea actual, que tienen medio cuerpo en la legalidad y el otro medio en una zona ambigua, misteriosa e innombrable. Una zona de cuyo nombre, por ahora, mejor será que no queramos acordarnos. Dejemos la definición exacta de esas geografías a los jueces, que para eso están. No obstante, el hecho de detener a un ex primer ministro en Portugal, el país de las “blandas costumbres”, como solemos decir por aquí, representa algo nuevo.

La sorpresa es aún mayor porque Sócrates se había visto implicado en otro caso, el Cara Oculta, que incluía llamadas suyas grabadas por los investigadores. Después de un laberinto judicial, esas grabaciones fueron destruidas por orden de los tribunales. Además, a pesar de todas las sospechas que flotan a su alrededor, Sócrates se instaló cómodamente en el sillón de ser comentarista semanal del principal canal público de televisión, la RTP. Entre la ciudadanía, cundió la sensación de que la impunidad de los poderosos seguía estando garantizada en el mullido ambiente portugués.

Siempre que pienso en Sócrates, recuerdo a Don Juan, de El burlador de Sevilla. La obra que se atribuye a Tirso de Molina no trata sólo de la seducción erótica: en realidad, el gran tema de esa comedia es la máscara, el juego de la mentira social. Nuestro antiguo primer ministro funciona, precisamente, como un gestor de sus innumerables rostros. Aún recuerdo una entrevista que dio al semanario Expresso, el título de referencia de la prensa portuguesa, cuando era solamente líder del Partido Socialista. Se pasó buena parte de la conversación citando a autores de teoría política. Años después se descubrió que su titulación de ingeniero la había obtenido de forma muy discutible. Mucho antes de que se descubriera el espejismo de sus estudios, Sócrates, hábilmente, se disfrazó de intelectual.

Lo vi una vez en Covilhã, en la inauguración de un edificio importante de la Universidad de Beira Interior: la nueva facultad de Medicina. Era un acto solemne, y todos los académicos venían con los discursos preparados al milímetro. Sócrates no traía discurso. Hay que añadir que él se considera de Covilhã: no nació aquí, pero creció por estos pagos y la ciudad lo adoptó. Entonces, ante sus patricios, afirmó algo por este estilo: “Miren ustedes: yo no he traído papeles porque quería ser sincero”. Esto es Don Juan en estado puro: alguien que admite que todo lo que escribe es máscara y que, al mismo tiempo, admitiéndolo, está fabricando un nuevo antifaz.

Desde ese momento, supe que mi primer ministro de aquella época era un espadachín enmascarado de la política. Y de hecho lo vi derrotando con esgrima televisiva a varios rivales, conquistando una segunda legislatura. Después, mientras se acercaba el tsunami de la deuda pública, Sócrates siempre fue contestando “tan largo me lo fiáis” a los que le pronosticaban la ruina futura. Y la ola gigantesca llegó y barrió el país.

Ahora que el convidado de piedra de la justicia ha agarrado la mano de Don Juan Sócrates –digo de Don José Sócrates–, en este momento en que no sabemos todavía si lo soltará o lo hará hundirse en los infiernos de una condena, creo que es hora de afirmar una evidencia: la crisis de Occidente no es sólo económica. Podemos tomar todas las medidas que queramos: aumentar la inversión pública, reducir los impuestos, bajar los intereses, atraer inversores. Nada de eso funcionará mientras no reconozcamos que nuestras sociedades son, en este momento, un amasijo de averías y cortocircuitos generados por un estado de espíritu colectivo enfermizo.

Ninguna cultura sobrevive con base en el endiosamiento del ciego egoísmo individual, sin una brújula ética. No podemos seguir así. Lo que vemos en los ámbitos de la política también ocurre en los bancos, en las empresas, en las instituciones públicas. Los grandes corruptos que se vislumbran por arriba se apoyan en los medios y pequeños corruptos que se mueven por abajo. Hay que cambiar esto. Afortunadamente, todavía existe mucha gente que sabe que el futuro consiste en la entrega de lo que somos a los que nos rodean. Una entrega que no tiene por qué ser negación de nuestros deseos, sino más bien gozosa realización de nuestra verdad humana. La ciudadanía ya se ha dado cuenta de que el verdadero problema es moral. Y, por ello, los nuevos movimientos políticos son, ante todo, no ideologías, sino propuestas de nuevas actitudes. Portugal, España, Europa necesitan una profunda reconstrucción moral: un urgente e inaplazable Plan Marshall de la ética colectiva e individual.

Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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