Don Quijote contra la austeridad

Las falsas ideas son difíciles de erradicar y, por eso, las elecciones españolas, como las de Portugal y las de Polonia estos últimos meses, se interpretan a menudo como una derrota de las políticas llamadas de «austeridad». Se trata de un término que no tiene ningún significado, creado por las oficinas ideológicas del marxismo, que han perdido su capacidad de ganar elecciones, pero que siguen en disposición de infectar las mentes, manipular a la opinión pública y poner en circulación una moneda falsa que desplaza a la buena. Este término de austeridad ha sido hábilmente escogido, ya que funciona en todos los idiomas europeos. En sí mismo, no significa nada, pero transmite un mensaje implícito: el de que los dirigentes políticos, en connivencia con los capitalistas, los bancos cosmopolitas y las organizaciones internacionales, imponen a los más pobres y los más débiles una restricción del poder adquisitivo mediante impuestos adicionales y bajadas de salarios con el fin de obtener unas ganancias que benefician a la oligarquía.

Don Quijote contra la austeridad
Don Quijote contra la austeridad

La austeridad, en realidad, es un eslogan populista que traduce al lenguaje común la vieja tesis de la explotación marxista del proletariado por los capitalistas. De hecho, los movimientos que rechazan la «austeridad» son antiguos partidos marxistas rebautizados como Podemos o, en el caso de Polonia, partidos populistas, antiliberales, anticapitalistas y antieuropeos.

Admitiendo que estas políticas llamadas de «austeridad» existan de verdad, nos preguntamos por qué los Gobiernos impondrían a los pueblos una purga tan cínica. ¿Supondría eso que la democracia –como escribe Karl Marx– es una mascarada y que los gobiernos elegidos son los lacayos de las fuerzas oscuras del capitalismo? Esta tesis, como es absurda, seduce; cualquier teoría de la conspiración atrae a un gran número de personas. El mito de la austeridad también prospera en Europa (pero no en Estados Unidos, ni en Alemania, ni en Gran Bretaña, ni en Suiza) debido al burdo desconocimiento de la economía en el sur de Europa.

Las influencias convergentes del marxismo y del catolicismo en España, Portugal, Francia e Italia, especialmente, han marginado el conocimiento y la legitimidad de la ciencia económica y de la economía de mercado. En realidad, ningún Gobierno, en ningún lugar, impone austeridad alguna, y lo que los marxistas y sus víctimas manipuladas designan con ese término no es más que la gestión racional que permite que los precios y los salarios sean coherentes con las reglas del mercado, tanto si ese mercado es un puesto de frutas y verduras en la plaza local o el mercado mundial. Observaremos, por otra parte, que estas políticas, puesto que son racionales, conducen a unos resultados positivos en líneas generales, ya que resulta que los Estados menos endeudados (a los que se acusa de practicar la austeridad) coinciden con los que tienen una mayor prosperidad y un nivel de empleo más elevado. Los Estados que rechazan la austeridad, como Grecia, Francia o Italia hasta una fecha reciente, sufren una recesión y un empeoramiento del desempleo.

¿Qué les importan estas realidades a los enemigos de la austeridad? Entre ellos, algunos que niegan ser marxistas revenden su mercancía ideológica en el mercado de segunda mano, con la denominación vagamente científica de keynesianismo o, mejor aún, neokeynesianismo, como si su pescado fuese fresco del día. El keynesianismo es una teoría que data de la década de 1930 y que tiene la gran virtud de que nunca ha sido demostrada o es indemostrable. El keynesianismo, si se reduce a su más mínima expresión, parte de la premisa de que el Estado, mediante el incremento del déficit presupuestario, aumenta el poder adquisitivo de la sociedad, lo que incita a los consumidores a consumir y, por tanto, a los empresarios a invertir. Cuando esta teoría mágica se probó por primera vez, a partir de 1974, se produjo una subida masiva de los precios porque ni los consumidores, ni los productores, se dejaron engañar por esta artimaña monetaria. Cuando el Gobierno estadounidense de Barack Obama intentó, después de 2008, sacar a Estados Unidos del estancamiento mediante el mismo procedimiento, tampoco ocurrió nada debido a la incredulidad de los actores económicos. ¿Cómo contraatacaron algunos keynesianos como Krugman o Stiglitz? Diciendo que como el déficit no había sido lo suficientemente masivo, no dio los resultados esperados. Es una réplica absurda y, por tanto, no comprobable.

La economía no es un circo de ilusiones que responda a los prestidigitadores; solo la innovación real hace que se mueva. A la supuesta austeridad no se le puede hacer frente con otra política real, que sería la antiausteridad; el único motor del desarrollo es la innovación científica transformada en productos y servicios consumibles a un precio aceptable, que es lo que el economista francés Jean-Baptiste Say escribió ya en 1804 en el primer curso de Economía que se publicó, y lo que afirmó el austriaco Joseph Schumpeter en 1940, en una famosa clase en Harvard, cuando definió el crecimiento como un «proceso de destrucción creadora», en el que, como lo nuevo expulsa a lo antiguo, la economía progresa, los salarios aumentan y se crea empleo.

Por tanto, el papel fundamental de cualquier Gobierno (e incluso François Hollande lo ha entendido, aunque no lo aplique todavía) es el de seguir unas normas a largo plazo que permitan que los empresarios innoven, con una moneda estable, unos principios de competencia claros, un derecho del trabajo que no frene las contrataciones, unos impuestos previsibles a largo plazo y unos tipos de interés compatibles con la inversión. También corresponde a estos Gobiernos explicar en términos sencillos lo que hacen y por qué lo hacen, a contracorriente del pensamiento mágico del keynesiano-marxista. La tarea no es fácil porque el principio de realidad es menos atractivo que la literatura novelesca: Don Quijote resulta atractivo, pero quien tiene razón es Sancho Panza.

Guy Sorman

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