Don Quijote, hoy

Vamos a celebrar el cuarto centenario de la segunda parte de El Quijote y la primera reflexión que se me ocurre es que, en este tiempo, su significado ha cambiado mucho. Acaso Cervantes propiciara esa mudanza con aquel comentario que hizo: «Tú lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere», ya que con ello ha suscitado muchas y variadas opiniones.

El éxito de esta obra fue tan fulgurante que su coetáneo William Shakespeare –ambos murieron el mismo día– pudo leerla en inglés. Pero, ¿qué novela leyó? ¿Una traducción que decía que un loco de atar se precipitaba a los caminos para dar cima a hazañas y donaires, u otra en la que un hombre reflexivo, que cometía locuras, confundía una venta con un castillo, pero al entrar en este preguntaba por la cena? En el idioma inglés hay tantos sinónimos para la palabra «perturbado» que cada traductor de El Quijote pudo haber malinterpretado y enriquecido por su cuenta lo que Cervantes deseaba decir; fenómeno que se multiplicaría en Europa con la aparición de las primeras representaciones gráficas de su semblante –entre crispado y burlesco– a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

NIETO
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Más tarde, con la Restauración en España, la figura extravagante de Don Quijote se avellanó: se tornó depresiva y la tristeza nacional por la pérdida de las colonias se incardinó en su faz seca. Ortega, influenciado por la Generación del 98, al leerlo exclamaría: «Dios mío, ¿qué es España?». Mientras, Unamuno quiso ver en el hidalgo otras cosas: consideraba a Don Quijote como el arquetipo del santo cristiano y el quijotismo como nuestra auténtica religión; observaciones que desde la mirada actual quizá resulten exageradas. Cierto que Don Quijote se encomendaba a Dios antes de sus andanzas, o que se definía como cristiano católico, pero eso no permite colegir que su religiosidad fuese el foco de sus desvelos. Incluso su frase más comentada: «Con la iglesia hemos topado» –que, por cierto, no aparece en el libro– ha formado parte de esa leyenda de fábulas que desde el inicio hidrató la obra. Para los de mi generación, la imagen icónica que nos inculcaron en el colegio siguió siendo peyorativa: El Quijote era un personaje ridículo y torrencial, defensor de fruslerías.

Profundizar es siempre «buscarle las cosquillas» a un problema, y la locura de Don Quijote exige profundizar un poco: no verla como el trasunto clínico que ha prevalecido tantas veces y sí como un artificio literario que ha permitido a Cervantes, sin afectación, transmitir su sapiencia; algo que, de haber sido Alonso Quijano –su versión cuerda– el protagonista, nos hubiera matado de aburrimiento. Cervantes utiliza los encantamientos como excusa, pues aclara que su personaje solo disparata en lo tocante a la caballería. La realidad es que Don Quijote, la mayoría de las veces se conduce con criterio, mientras que Sancho, tan sobrevalorado, se explica a menudo con torpeza fiándolo todo a refranes enlazados de manera incoherente.

La vocación global de Cervantes sorprende por su anticipación: «…no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca», pronostica en el libro. Y así fue. Como apuntaba Burgess, Shakespeare «se muere con la frustración de que Cervantes le ha tomado la delantera en crear un personaje universal». De ahí que intente escribir una obra parecida: La historia de Cardenio (con el loco Cardenio, personaje relevante de Cervantes en la primera parte, como protagonista), obra extraviada durante siglos, que los ingleses recuperaron hace poco. El americano Harold Bloom –el crítico literario vivo acaso más prestigioso– sentencia en su libro ¿Dónde se en–cuentra la sabiduría? (Taurus 2005) que El Quijote es la novela más importante de la historia, y que Don Quijote, como personaje literario, supera a Hamlet. El mismo profesor de Nueva York reconoce que Cervantes influyó en Goethe, Flaubert, Stendhal, Mark Twain, Dostoievski y Kafka.

Esa influencia ha sido incesante. Para Borges, El Quijote era la única novela que le había gustado, mientras que el Club Noruego del Libro la califica como «el mejor trabajo literario jamás escrito». Cuando hace ya tiempo visité la Appalachian University de Carolina del Norte, me asombró que los americanos, con la ayuda del hispanista Ramón Díaz Solís, hubieran dedicado siete años a investigar quién era Avellaneda –El Quijote apócrifo que surgió entre la publicación de las dos partes–, concluyendo, por cierto, según me dijeron, era Tirso de Molina.

Don Quijote es un personaje universal, tal vez porque el aventurero Cervantes lo fue y las novelas tienen algo de autobiográficas. Hamlet, en cambio, no disfrutó de esa proyección, toda vez que Shakespeare era un ratón de biblioteca y prefirió encerrar a su personaje en un castillo. El éxito de Don Quijote radica en que es un hombre de acción, se mimetiza bien con el entorno actual de superación y de paso irradia valores por doquier: honesto en la palabra, liberal en las obras, sufrido en los trabajos; un arriesgado que se juega la vida por defender la verdad, y que se preocupa por educar a Sancho en la excelencia. Hoy Don Quijote representa el anhelo del objetivo más inalcanzable «con el propósito de acertar». El quijotismo ha dejado de ser una religión para convertirse en una profesión; muchos –periodistas, policías, investigadores…– desearían regirse por sus códigos. Y en cuanto a Dulcinea, es la parábola que personifica la razón de intentarlo todo, bien sea salvar vidas en Nepal, buscar antitumorales en los manglares del trópico, o incluso conquistar a una mujer inaccesible.

Don Quijote muere cincuentón, lúcido y virgen. No nos trasmite sus genes, pero sí su testamento. Pide en él que no leamos libros de caballerías o, de forma actualizada, que no consumamos telebasura. Quien odiaba las aventuras del Amadís de Gaula habría vuelto a enloquecer con mayor razón con las desventuras de algún personajillo catódico y chillón de los que nos rodean. Con su legado busca la inmortalidad en la ficción y la encuentra en la realidad. Al contrario que ayer, todos admiramos a Don Quijote. En un tiempo en el que muchos identifican a sus héroes en camisetas deportivas, bien harían las madres trinitarias en aprovechar ese tirón. Porque Don Quijote tiene el gancho de ser un hombre bueno, culto (sabía manejar el astrolabio), educado y valiente, al que la mayoría querría como padre, que a ratos sufría delirios y que como héroe de ficción ha gozado de mayor predicamento que James Bond, Harry Potter o Don Draper; por una sola razón, pero una razón de peso: deja con su lectura mucho más que la mejor literatura, deja tras de sí un excelso poso de enseñanzas.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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