Donald Trump, el enemigo del pueblo estadounidense

Los presidentes Vladimir Putin, de Rusia, y Donald Trump, de Estados Unidos, conversan durante la cumbre del G20 en Hamburgo, el viernes 7 de julio. Credit Evan Vucci/Associated Press

A mediados de junio, en Bonn, la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca fue premiada con el Freedom of Speech Award durante el Global Media Forum organizado por la cadena alemana de TV Deutsche Welle. El discurso de aceptación de Jeff Mason, el presidente de la WHCA (por sus siglas en inglés), fue recibido de pie por más de 200 periodistas de todo el mundo.

¿Qué lo hace especial? En 2015 el reconocimiento fue para Raif Badawi, un bloguero condenado a prisión y 1000 azotes por criticar a las autoridades religiosas de Arabia Saudita, y en 2016 acabó en manos del turco Sedat Ergin, el editor en jefe de Hürriyet, un periódico independiente atacado por el régimen de Recep Tayyip Erdogan. Esto significa que, para el Global Media Forum, una organización que se preocupa por discutir el estado de la política en el mundo, la libertad de prensa en los Estados Unidos de Donald Trump está en un nivel de riesgo similar al de naciones autocráticas y fundamentalistas.

El mundo renueva a diario su estado de shock ante la evidencia de que el país que imprimió en su constitución la libertad de prensa como derecho central está en manos de un hombre que no dudaría mucho para acabar con ella, si alguien se descuida.

Gregor Mayntz, el presidente de la Federal Press Conference —una interesante organización de periodistas ante la cual el gobierno alemán da sus conferencias de prensa siguiendo las reglas fijadas por los periodistas, y no las suyas— mostró esa incredulidad en el acto de presentación del premio a la WHCA: “¿Un reconocimiento a la libertad de prensa para colegas de la ‘tierra de los libres’? Esto sí que es difícil de creer”.

El desprecio de Trump por la prensa se ha intensificado con el tiempo. En la campaña electoral se mofó de un reportero con discapacidades, quiso humillar a Megyn Kelly por sus preguntas y, más de una vez, calificó a los periodistas como “las personas más deshonestas” del planeta. A poco de asumir, declaró estar “en guerra” con la prensa. Unas semanas después dijo que los medios eran “los enemigos del pueblo estadounidense”.

En todo ese tiempo, Trump trató de desprestigiar a quienes cuestionan su ignorancia e intolerancia acusándolos de distribuir “fake news” y amenazó con acabar con los informantes anónimos. El último episodio fue reproducir en Twitter un video de lucha libre donde golpea a un personaje con el logo de CNN en la cabeza. También atacó a los medios que criticaron su escasa preparación para reunirse con Vladimir Putin durante la cumbre del G-20.

El camino de Trump es gravemente predecible. Su oratoria agresiva contra la prensa alimenta a los fanáticos y cada vez resulta menos improbable que un energúmeno decida convertir esa oratoria de tiranuelo caprichoso en un ataque real contra la vida de los periodistas. Los autócratas no quieren que nadie reprima su voluntad. Trump quiere ajustar la realidad a su deseo y, como vivió el exjefe del FBI, James Comey, demanda la lealtad de los reyes. Callar a quien cuestiona está en el manual de todo autoritarismo.

El ataque de Trump a los medios es trascendente porque erosiona las reglas democráticas de convivencia. Una prensa libre, a disgusto de los gobernantes, es esencial para la salud del debate político y la transparencia de la gestión pública. La prensa, en su tradición más liberal y en un plano filosófico, es un mecanismo de control de las desviaciones del sistema. Socavar al periodismo libre es, en sí, un ataque a la democracia. Si Estados Unidos se define como faro de los valores de Occidente, esas creencias están en crisis con la presidencia del Agente Naranja. Trump es el verdadero enemigo del pueblo estadounidense.

El Partido Republicano, jugando al casino político con cinismo, ha atropellado sus principios por elegir el poder antes que la denuncia de un hombre incompetente para dirigir a la nación más poderosa del planeta. Los elogios del presidente a autócratas como Erdogan o Vladimir Putin relevan de mayores pruebas: el gobierno de Trump entiende la democracia como la realización del deseo del jefe. El mundo sigue, en vivo, el descenso de la nación de Thomas Jefferson a las miasmas hediondas de la degradación moral.

En su discurso de aceptación del Freedom of Press Award, Mason recordó que la libertad de prensa está protegida por la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos. “Esas no son solo palabras en Estados Unidos: es la ley”, dijo. Pero de inmediato recordó que la prensa debe permanecer vigilante ante todo intento de restricción de la libertad de expresión y prensa o socavar el trabajo de los periodistas. “No podemos tomar esos derechos, o la ley que los garantiza, por garantizados”.
Es el presidente de Estados Unidos quien tuerce la verdad y fabrica hechos para inventar una realidad que se acomode a sus necesidades. Trump no detendrá sus ataques pues los hechos contradicen su mundo de fantasías. Y la prensa debe mantenerse haciendo su trabajo, corrigiendo sus errores y reporteando con sinceridad, pidió Mason, “para protegernos de las noticias inventadas o falsas, que de hecho existen y son peligrosas para una democracia funcional”.

La prensa puede y debe combatir el mundo delirante incubado por el cerebro del mandatario de Estados Unidos con una hoja de ruta conocida: el trabajo de siempre. No rendirse, pidió Mayntz en Alemania. Evitar las exageraciones, siguió: “No necesitas construir una interpretación satírica de una reunión de gabinete: lo único que necesitas es cubrir la realidad”.

La lista también demanda evitar el resentimiento —reconociendo las acciones acertadas del gobierno—, transparencia y resistencia ante la intimidación, intercambio de experiencias con la prensa de otras naciones. Solidaridad ante el abuso. Y, sobre todo, no cambiar las reglas ni el comportamiento: la única lealtad posible, como ya sabe Trump, es con los hechos.

Diego Fonseca es un escritor argentino que actualmente vive en Phoenix y Washington. Es autor de Hamsters y editor de Sam no es mi tío y Crecer a golpes.

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