¿Dónde está el líder?

Ya dice el proverbio chino que para resistirse estoicamente al cambio hay que ser muy sabio o bastante idiota, que al final será el tiempo el que se encargue de poner a cada uno en el grupo que le corresponda. El veredicto está en el aire en el caso de Mariano Rajoy, pero nadie podrá negar al presidente la capacidad para permanecer impasible por mucho que llueva a su alrededor. Su pasividad le lleva a acertar en unas ocasiones, como cuando decidió no pedir el rescate en los peores momentos de la crisis. En otras, como en la falta de iniciativa ante el desafío nacionalista en Cataluña, le conduce al error. Nos encontramos ante el extraño caso del político al que, ahora que se acerca el momento de su juicio político final, no sabemos si medir más por las decisiones tomadas o por las que nunca llegó a tomar.

Dice mucho de la aversión que Rajoy siente hacia la acción política que mientras sus ministros crean camarillas hasta formar esa familia disfuncional que se sienta los viernes en el Consejo de Ministros, mientras las divisiones en el partido quedan expuestas en público, mientras se acumulan las decepciones electorales y el fantasma de Albert Rivera se aparece en el peor momento, mientras todo eso ocurre, el mensaje que transmite a los suyos es que aquí no pasa nada. Todo va estupendamente. Los ciudadanos premiarán vuestro esfuerzo, compañeros. “Vamos a ganar las elecciones”, decía triunfal desde Toledo ayer mismo.

Dónde está el líderEl presidente ha apostado su reelección a la pregunta con la que Ronald Reagan hundió a Jimmy Carter en la campaña de 1980 en Estados Unidos -“¿está usted hoy mejor económicamente que hace cuatro años?”-, pero cada vez son menos los que dentro del partido creen que una respuesta positiva de los votantes vaya a ser suficiente para salvar los muebles. En las filas del PP, el nerviosismo es directamente proporcional a la calma aparente de un candidato que algunos cambiarían, si tan sólo pudieran. ¿Caos de la formación en el País Vasco? ¿Pérdida de poder municipal y autonómico? ¿Desplome electoral en Cataluña? Rajoy emerge de todas las crisis con el mismo discurso y la estrategia de dejar que todo continúe su curso, mientras los impacientes se preguntan dónde está el líder.

Incluso cuando finalmente se decide a realizar cambios, como el pasado mes de junio nombrando cuatro nuevos vicesecretarios, Rajoy parece hacerlo con la determinación de que todo siga igual. Por eso sorprende poco la condescendencia de su núcleo duro hacia los jóvenes ‘delfines’ del PP, revelada con toda su sorna por Cristóbal Montoro en la entrevista que publicó EL MUNDO -“¿Economía con alma? ¡Pero qué tontería es esa!”- y que inició la ‘semana negra’ de los ‘populares’. Quienes creen que las palabras del ministro fueron fruto de un desliz, o un espontáneo ataque de sinceridad, deberían saber que este periódico le envió el texto final de su encuentro con Jorge Bustos dos días antes de su publicación, para que hiciera las matizaciones que considerara oportunas. Montoro no estaba diciendo nada que no pensara. Nada que no compartiera, también, su jefe.

La realidad es que Rajoy nunca quiso renovar ideas o modernizar el partido en la reunión del Comité Ejecutivo Nacional de junio; sólo incorporar caras nuevas que dieran la batalla en los platós de televisión, contrarrestaran el discurso regeneracionista de los nuevos partidos y adornaran la mejoría económica con un discurso social. Para ir más lejos tendría que creer que la descomposición que otros vemos en el Partido Popular es real y su necesidad de una renovación profunda, imprescindible. Muchos de sus compañeros tampoco veían necesaria la regeneración hasta ahora, cuando el inmenso poder acumulado durante años se desvanece y la posibilidad de recibir el golpe de gracia el 20-D se hace cada vez más real. Será entonces cuando los ciudadanos decidan en qué lado del refrán cae Mariano Rajoy, si entre los sabios que hacen bien en ignorar las demandas de cambio o entre los que marchan directos al precipicio mientras el griterío a su alrededor le pide que desvíe el curso.

David Jiménez, director de El Mundo.

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