¿Dónde está la extrema derecha en España?

Europa tiembla ante una posible victoria de Marine Le Pen en las presidenciales en Francia o que en Alemania aumente el respaldo a Frauke Petry, líder del Alternativa para Alemania. Está claro que el continente europeo padece el auge de los partidos de extrema derecha.

La crisis económica, el malestar por la inmigración y el rechazo a la UE se ha convertido en un caldo de cultivo para la irrupción electoral de este tipo de formaciones que, como decía el antropólogo francés Emmanuel Terray, se mueven en el espacio intermedio que separa a la derecha clásica del fascismo.

En Grecia, Amanecer Dorado ha alcanzado un notable protagonismo; en Holanda, el Partido de la Libertad, con el excéntrico Geert Wilders a la cabeza, ha estado disputando la Presidencia del país hasta el último momento; en Dinamarca, el Partido Popular Danés es la segunda fuerza tras las últimas elecciones; en Finlandia, los Demócratas Suecos consiguen una quinta parte del electorado; en Hungría, Jobbik se ha consolidado como la tercera fuerza del país; en Croacia, el Partido Croata de los Derechos Puros forma parte del gobierno de coalición… En fin, la extrema derecha se encuentra cada vez más presente en los parlamentos nacionales, aunque eso no significa que se haya vuelto más democrática, sino que ha decidido colonizar el sistema para cambiarlo tras acceder al poder.

El éxito de la extrema derecha reside en que ha sabido canalizar el enfado de muchos sectores en un momento en el que la izquierda parece incapaz de dar una respuesta al desamparo de las clases medias y populares, que son las que han sufrido en gran medida los efectos de la crisis.

España es la gran excepción en el resurgimiento de la extrema derecha. Ese tipo de partidos no han pasado aquí de ser residuales. Y eso que en nuestro país la crisis ha golpeado con gran virulencia: sigue presentando altos índices de desempleo y cuenta con un sistema de protección lejos de ser perfecto.

Las razones que habitualmente se argumentan para explicar la ausencia de una extrema derecha pujante en España son el legado histórico franquista, la aparente incapacidad de los líderes de extrema derecha para sumar adeptos y que muchos de los votantes prefieren decantarse por el Partido Popular.

Es cierto que el mecanismo por el que se resolvió la dictadura puede responder a la pregunta: la Transición vino a incorporar no pocos elementos del régimen anterior al sistema democrático, y esto pudo hacer que no se llegara a articular un movimiento de extrema derecha verdaderamente fuerte en el país.

También es cierto que España ha tenido pocos líderes con un perfil particularmente extremo o carismático. Y está la ausencia de un nacionalismo español potente, con una población que no suele ensalzar su identidad por el tabú que ello conlleva como consecuencia de la herencia franquista. Además, los partidos de extrema derecha ni se han modernizado -como sí ha ocurrido en el resto de Europa- ni han sido capaces de unirse; de hecho se caracterizan por estar claramente divididos, lo que hace que haya tres o cuatro tipos de Falange con unos mensajes muy caducos.

Respecto de la posible integración del votante de extrema derecha en el PP hay que tener en cuenta dos hechos importantes. En primer lugar, Alianza Popular, germen del actual PP, fue fundada por hombres fuertes del régimen. Y en segundo lugar, en su afán por crecer electoralmente, primero Alianza Popular y, después, el propio Partido Popular, iniciaron una estrategia que culminaría con la absorción de aquellos partidos que colindaban con la organización fundada por Manuel Fraga. El objetivo era claro: captar a todos los votantes entre el PSOE y la extrema derecha, cosa que sin lugar a dudas se ha conseguido.

A esto habría que unirle que, pese a la operación protagonizada por José María Aznar en los años 90 para lograr que el PP dejara de ser un partido conservador y pasara a ser un partido de centro derecha -lo que se conoció como el “viaje al centro”-, la formación no se deshizo de muchos de los miembros que estaban más escorados a la derecha. Pero es que tampoco ellos decidieron abandonar el partido, tal vez porque consideraron que era más provechoso mantenerse en una organización que podía alcanzar el poder antes que montar su propio partido. A la vista está el fracaso estrepitoso del experimento de VOX o el escaso recorrido de Foro Asturias.

Resulta curioso comprobar que, pese a formar parte de un partido con clara vocación de gobierno, la facción más conservadora del PP no ha logrado influir en la agenda y en las políticas de los Ejecutivos populares. Válganos de ejemplo la ley del aborto, los supuestos agravios a la familia tradicional, el mantenimiento de las leyes ideológicas del Gobierno Zapatero o el planteamiento, reciente, de acercar a los presos de ETA al País Vasco.

Sin embargo, y pese a ello, los votantes que se declaran de extrema derecha se muestran partidarios de votar al PP antes que a hacerlo a cualquier otra fuerza política, tal y como indican los datos del CIS. Principalmente porque si los votantes de extrema derecha comparten algo es el estar unidos en su hostilidad hacia la izquierda, y consideran que los únicos capaces de plantarle batalla es el PP.

Solo si los populares cambiaran su rechazo frontal al independentismo catalán o si el PSOE acabara rompiéndose podría verse alterada esta situación. Eso terminaría de convencer a los votantes más radicales de votar a la extrema derecha e incluso crear las bases para que surgiera un nuevo partido a la derecha del PP.

De esta manera, el partido de Rajoy dejaría de abarcar todo el espectro que se sitúa en la escala ideológica del 6 al 10 -siendo el 0 la extrema izquierda, el 5 el centro y el 10 la extrema derecha-. Y aunque el PP parece tener, como ha quedado patente, una base muy sólida, la irrupción de una nueva fuerza política de derechas le obligaría a abrir un nuevo frente, que junto con el que ya tiene con Ciudadanos, reduciría considerablemente su respaldo electoral futuro.

Gema Sánchez Medero es profesora de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid.

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