¿Dónde está la frontera?

El año que viene, con enormes fastos, un sinfín de publicaciones, homenajes a caídos de todos los bandos y reflexiones por doquier, será celebrado el aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, cuyo funesto espoletazo de salida tuvo lugar el 28 de julio de 1914, para finalizar el 11 de noviembre de 1918. Nada sería igual desde entonces. Nadie saldría indemne de la denominada en francés Grand Guerre: ni los millones de muertos muchas veces enterrados en tumbas anónimas, ni los atrozmente heridos y mutilados que pasearían por calles y plazas de un moribundo continente el recuerdo devastador, e inquietantemente vivo aún, de la tragedia, ni los miles de familiares y huérfanos entregados a la beneficencia. Como se sabe, las fronteras serían redibujadas, cuatro grandes imperios desaparecerían del mapa de un plumazo y estados, economías, sociedades europeas o no, saldrían transformadas, en ocasiones radicalmente. «El combate final, el último asalto parecía haber llegado. El destino de pueblos enteros había sido arrojado a la balanza. Se trataba del porvenir del mundo», diría el escritor y militar alemán, participante en las dos guerras mundiales, Ernst Jünger, en su gran clásico de aquella apocalíptica contienda Tempestades de acero (1920). El campo político abonaría lo desconocido, con la emergencia furiosa del comunismo y de los fascismos, cuya irresistible fuerza de atracción sobre las sociedades europeas era uno de los más amargos frutos de la Guerra del 14. Las formas de la guerra en sí habían sido enteramente modificadas a causa de la extrema brutalidad del combate y de la salvaje consolidación de unas «culturas de guerra» nacionales. La guerra arruinó las finanzas públicas y las monedas de los países europeos, convirtiéndose los Estados Unidos en el gran donante de fondos mundiales. Vencedores y vencidos sufrirían las mismas consecuencias humanas tras cuatro años de conflicto. Pero la intransigencia de los primeros, unida a la amargura de los segundos, desembocó fatalmente en un desastre político y cultural del que la Segunda Guerra Mundial sería la consecuencia más directa. Los años que van de 1914 a 1918, sacudiendo al mundo entero tras de sí, orientaron fatalmente el destino trágico del siglo XX.

¿Han quedado lecturas después de todo aquello, lecciones permanentes para todos los ciudadanos europeos? Con la salvaje crisis que están atravesando, en mayor o menor medida, todos los países del continente desde hace unos años, parecieron desatarse, uno a uno, los peores fantasmas que parecían haber sido definitivamente enterrados, en tumbas anónimas o no. Un proceso abierto aún que ha facilitado en ocasiones la reaparición de viejos demonios en lo que fue el más esperanzador y sensato proyecto creado tras la Segunda Guerra Mundial, aparte de la Organización de Naciones Unidas: la Unión Europea. Movimientos ultranacionalistas y de feroz rechazo por lo europeo, ambiguos populismos y obsesivas y buscadas intoxicaciones ambientales surgen aquí y allá, aún con consecuencias no previsibles: ahí estarían, sin ir más lejos, unos furibundos nacionalismos deseosos de establecer fronteras y aranceles suicidas a cualquier precio, un crecimiento alarmante de violentos grupos xenófobos en numerosos países, un orgulloso situarse «más allá de la ley» y de toda advertencia llegada de las más altas instancias, una reiterada agresividad en las consignas y en el lenguaje político, un antisemitismo nunca totalmente enterrado que se renueva con total desfachatez en cualquier momento y ocasión… La lista de fantasmas con el regusto amargo a un siniestro déjàvu sería inquietantemente interminable.

La obsesión por crear fronteras, como ha dicho muchas veces, en distintas partes de su obra, el gran escritor de nuestros días Claudio Magris, nacido en Trieste, una de los más míticos cruces de caminos europeos, es siempre sinuosa, ambigua: «En ocasiones –dirá en su libro Utopía y desencanto– la frontera es un puente para encontrar al otro, y en otras una barrera para rechazarlo; una obsesión de poner a alguien o algo al otro lado». Como seguirá diciendo, para representar la identidad más profunda, muchas veces «hay que inventarla, decir que se es otro». Es decir, fabularla, refutar, rebajar celosamente las otras identidades que se creen nefastas e impuras y a las cuales se obsequia con todos los adjetivos peores imaginables. Adjetivos que, muchas veces, encarnan, ni más ni menos, los adjetivos surgidos de la política del odio, de una confrontación obligada e «inevitable». Ese famoso desprecio y rechazo furioso por «el otro» que, como decía el historiador y filósofo francés Michel Serres en su obra La guerra mundial, siempre antecedía y preparaba mental y moralmente cualquier conflicto: «La guerra siempre ha tenido ya lugar». Para los que la propugnan es «fatal, transhistórica, está siempre presente (…) Nuestra historia entera empieza siempre marcha atrás». En efecto, en cualquier conflicto europeo todo ya había antecedido y había sido preparado pacientemente desde medios de comunicación proclives a una u otra causa, ideólogos mesiánicos y doctrinarios, escuelas, mítines o macroexhibiciones populares organizadas con cualquier excusa, por nimia que fuera.

Todo lo que lleve a identificar «el otro lado de la frontera» con lo negativo es útil. Todo ha facilitado y manipulado el terreno antes de esos conflictos europeos que hoy, muchos, se empeñan en olvidar con demasiada facilidad. Un terreno adecuado en el que los estrategas siembran y enarbolan sombrías ideas en torno a su «inevitabilidad». Y nunca mejor traído este verbo: enarbolar. Porque otra de las obsesiones en esta guerra permanente de la que hablaba el francés Michel Serres es el terco empleo de símbolos, la necesidad de imágenes y profusión de banderas con las que identificarse, ya sea en peligrosos movimientos como el partido Jobbik de Hungría, en el ultraderechista FRP noruego, que acaba de entrar en el Gobierno tras las últimas elecciones, en la formación neonazi Amanecer Dorado o en las recientes manifestaciones catalanas, sin ir más lejos. Imágenes inquietantes, de muy mal recuerdo en nuestro continente europeo, sobre todo en los años 30 del pasado siglo, como muy bien ha recordado recientemente el germanista y comparatista Jordi Llovet en un artículo ( Estéticaipoder), recordando que «sólo los totalitarismos se pueden permitir el uso y abuso de elementos estéticos para afirmarse». Un peligroso olvido de la Historia, de echar por la borda los valores en los que se basó la encomiable construcción de una comunidad europea que de una vez por todas acabaría con los más temibles demonios de guerras y egoístas ultranacionalismos, que igualmente resumiría el escritor Claudio Magris en su magnífica obra La historia no haterminado: «Instrumentalizado y vilipendiado, involuntariamente ridiculizado (…) el justo sentido de la patria está amenazado por su abyecta caricatura nacionalista y por la regresión particularista a presuntas raíces étnicas, por el micronacionalismo de campanario incapaz de ver el pueblo de al lado y el mundo». Abundando en este mismo texto en lo que él llama «idolátrico fetichismo de la identidad», del que tanto han sabido y experimentado de forma arrasadora los Balcanes, Magris, uno de los más reconocidos y brillantes pensadores de «lo europeo» de nuestros días, traería a la memoria la esencia peor de la palabra «nación»: «El nacionalismo es una compulsiva camisa de fuerza, neurótica, agresiva y autolesiva. El fascismo fue de forma análoga sofocante y rencoroso (…) Cuando nos interrogamos sobre nuestros orígenes, la identidad se resquebraja en una pluralidad de elementos heterogéneos». Nadie mejor para saberlo que alguien como él, un lúcido observador e «hijo» de la frontera, de esas maravillosas y creativas, no excluyentes, fronteras europeas que incluyen y superan lo peor de un pasado que nunca hay que olvidar.

Mercedes Monmany, escritora.

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