¿Dónde están las armas?

Por Robin Cook, ministro de Exteriores británico entre 1997 y 2001 (EL PAIS, 06/06/03):

“Descarado” es la palabra que se aplica a las personas que irradian una gran convicción con respecto a sí mismos sin ninguna razón aparente que la justifique. Entre los “descarados” se encuentra el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, en lo más alto del escalafón. Antes de la guerra, nos dijo que Sadam tenía un “importante arsenal de armas químicas y biológicas y un programa en actividad para desarrollar armas atómicas”. Tras la guerra, justificó el fracaso a la hora de encontrar algún arsenal o instalación nuclear, citando la posibilidad de que el régimen de Sadam “hubiera decidido destruirlos antes del conflicto”. Uno no puede más que admirar su desvergüenza.

Pero no su lógica. La explicación menos verosímil es que Sadam destruyera sus medios de defensa la víspera de la invasión. La explicación más verosímil es que carecía de grandes arsenales de armas de destrucción masiva.Hemos de recuperar el significado de las palabras para no convertirnos en otras víctimas de la guerra de Irak. En el lenguaje normal, un arma de destrucción masiva es un artefacto capaz de ser enviado a una larga distancia y de exterminar un objetivo estratégico como puede ser la capital de un país. Sadam no tenía un sistema de misiles de largo alcance ni una cabeza nuclear capaz de provocar una destrucción masiva. Las reservas de los laboratorios en toxinas biológicas o los proyectiles químicos a utilizar en el campo de batalla no equivalen a armas de destrucción masiva. Pero todavía no hemos encontrado ninguno de ellos.

Cuando el Gabinete del primer ministro Tony Blair discutió el informe sobre las armas de destrucción masiva de Sadam, sostuve que el documento me parecía curiosamente “poco original”. Expuse lo que conocíamos sobre el arsenal químico y biológico de Sadam durante la anterior guerra del Golfo. Confirmaba nuestra incapacidad para descubrir lo que había ocurrido con aquellas armas. A continuación, se llegó a la conclusión de que dichas armas debían seguir en posesión de Sadam. No disponíamos de informaciones sobre un programa actual de armas que representase una amenaza nueva y contundente contra nuestros intereses.

Tampoco en ninguna parte del informe se admitía el hecho científico básico de que los agentes biológicos y químicos tienen vida limitada. No obstante, es un principio que cualquier farmacéutico comprende. Miren su botiquín y comprueben que hay fecha de caducidad en casi todos los productos.

Los agentes nerviosos de buena calidad duran unos cinco años y el carbunco en una solución líquida unos tres. Las reservas de Sadam no eran de buena calidad. El Pentágono llegó a la conclusión de que las municiones químicas iraquíes eran de tan mala calidad que se producían siguiendo una política de “fabricar y usar” y sólo eran utilizables durante unas pocas semanas. Aunque Sadam no hubiese destruido ninguno de sus arsenales desde 1991, hubiesen quedado inservibles desde hacía tiempo.

Es inconcebible que nadie en el Pentágono dijera a Rumsfeld estas verdades tan evidentes o, al menos, tratara de hacerlo. Entonces, ¿por qué concibió un caso de guerra sobre una falsa afirmación acerca de la capacidad de Sadam?

Y acercándose desde la derecha (la extrema derecha), ha entrado en escena el vicesecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, un hombre de ideas tan ferozmente reaccionarias que al menos tiene la ventaja dentro de su Departamento de hacer que Rumsfeld parezca razonable. Ahora acaba de revelar: “Por razones burocráticas nos fijamos en las armas de destrucción masiva, ya que era la única cuestión acerca de la cual todos podían estar de acuerdo”. Wolfowitz es célebre por ser un campeón del cambio de chaqueta. Figuraba entre el tropel de halcones republicanos que deseaba una guerra en Irak mucho antes del 11 de septiembre. Una vez descifrados, lo que sus comentarios significan es que el Pentágono respaldó la justificación de las armas de destrucción masiva como el precio a pagar para que el secretario de Estado, Colin Powell, y el Gobierno británico apoyaran la guerra. Pero el Pentágono probablemente no se creyó entonces estas alegaciones y seguramente hoy no pueda demostrarlas. Paul Wolfowitz también descubrió el pastel sobre el “enorme coste” de la invasión de Irak para el Pentágono: sirve de alternativa a Arabia Saudí como base para la influencia de EE UU en la región.

Como Rumsfeld tal vez quiso expresarlo, nos han engañado. Gran Bretaña fue engatusada para participar en una guerra dirigida a desarmar una amenaza fantasma en la que ni siquiera nuestro principal aliado creía. La verdad es que EE UU decidió atacar Irak, no porque supusiera una amenaza, sino porque sabía que era débil y esperaba que su Ejército se desmoronara. Es una verdad que deja al Gobierno británico en una situación incómoda. Esta semana, Blair suplicaba a todo el mundo que se mostrara paciente y esperara a que se encontrasen las armas. Esta súplica plantea un problema histórico. La guerra sólo tuvo lugar porque las potencias de la coalición perdieron la paciencia con el inspector jefe de desarme de la ONU, Hans Blix, y rechazaron su petición de disponer de más meses para completar las labores de desarme.

La súplica del primer ministro para disponer de más tiempo también plantea un problema creciente a nivel de la política trasatlántica. La Administración estadounidense quería lograr el cambio de régimen y, ahora que lo ha conseguido, no ve por qué ha de mantener la pretensión de que la guerra se hizo para lograr el desarme. Cuanto más tiempo pase, mayor será la brecha entre la amable franqueza de EE UU, según la cual nunca ha existido una amenaza armamentística y la desesperada confusión por parte británica de que tal vez se pueda encontrar alguna.

Siempre supone un problema mayor negar la realidad que admitir la verdad. Ha llegado la hora de que el Gobierno británico reconozca que no hicimos la guerra porque Sadam Husein fuera una amenaza para nuestros intereses nacionales. Hicimos la guerra por razones de política exterior de EE UU y de política interior de los republicanos.

La ventaja de decir las cosas con claridad es que nos hubiera ayudado a evitar que nos engañasen por segunda vez. Lo que nos lleva a la última manifestación belicosa de Rumsfeld contra Irán. Es coherente con el carácter unidimensional de la visión del mundo de Rumsfeld que habla de Irán como si fuera una única entidad estable. En realidad, Irán está fuertemente dividido en una lucha de poder.

Por un lado, está el presidente Jatamí y la mayoría del Parlamento, reformistas, reflejo de la realidad política por la cual la mayoría de los iraníes vota sistemáticamente para incorporarse al mundo moderno. Por otro lado, están las fuerzas conservadoras de los antiguos revolucionarios islámicos dirigidos por el ayatolá Alí Jamenei, que conserva el control del aparato de seguridad.

Cuando los laboristas tomaron el poder, inicié una política de compromiso constructivo con el Gobierno reformista, que fue hábilmente continuada por el ministro de Asuntos Exteriores, Jack Straw. Trajo sus frutos con la renuncia a la fatwa contra Salman Rushdie y fue provechosa al aportar credibilidad a personas que podían establecer una relación positiva con el mundo exterior.

La obcecada hostilidad contra Irán por parte de la Administración que dirige el presidente George W. Bush ha debilitado a los reformistas y ha servido de espaldarazo para los ayatolás. La política británica en relación a Irán tiene sentido al asegurar el avance de los reformistas, lo que concuerda con nuestros intereses y los de los iraníes. Esta vez, tenemos que dejar claro a la Casa Blanca que no vamos a subordinar los intereses británicos a la política de confrontación de EE UU. Irán no puede ser el próximo Irak.

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