¿Dónde están los intelectuales?

¿ DÓNDE están los intelectuales? La cuestión es nueva, novísima, tanto, que a nadie se le habría ocurrido formularla hace cuatro o cinco años. Se daba al intelectual por difunto, y aquí paz, y después gloria. Pero ha venido luego la crisis económica, y con ella, la institucional, y las dos, al superponerse, han generado una especie de malestar, un desasosiego. Se pide que alguien lea las entrañas del ave y explique hacia dónde debe tirar la sociedad. Descartados los curas de almas, que están más en las cosas de allá que en las de acá, se piensa en los intelectuales. Pero señor, no aparecen. «¿Dónde demonios se han metido?», se pregunta la gente. «¿Por qué no se ponen a trabajar… de inmediato?».

La respuesta es sencillísima: los intelectuales no se ponen a trabajar porque no tienen trabajo. Y no tienen trabajo por lo mismo que no lo tienen los telegrafistas: porque ha desaparecido la función a que el trabajo iba adherido. Lo último no significa que la función no termine, quizá, por hacerse otra vez necesaria, ni, mucho menos, que la sociedad se haya educado enormemente y nadie esté en la precisión de saber más de lo que sabe. De hecho, en punto a política o moral, esto es, en aquello a que específicamente se dedicaba la clase intelectual, seguimos, como se decía antes, intonsos o rapados a navaja. No, el problema está en otro sitio. Recordemos, para calentar motores, cómo surgió la palabra «intelectual».

Conviene situarse en las postrimerías del XIX, cuando arreciaba en Francia el affaire Dreyfus. León Blum pidió a Maurice Barrès que agregase su firma a un manifiesto en apoyo del pobre capitán judío, inicuamente acusado de alta traición. Pero Barrès, en lugar de firmar, se revolvió contra los firmantes, a los que despectivamente motejó de «intelectuales». Como es notorio, Francia estaba dividida en dos banderías: dreyfusards y antidreyfusards. Cabe enumerar, entre los primeros, a Proust, Poincaré o Anatole France. Y entre los segundos, sí, entre los segundos, a Paul Valéry, Julio Verne y un montón de impresionistas: Cézanne, Degas, Rodin, Renoir… El caso es que andaban enzarzados los unos con los otros. Y no solo andaban enzarzados los hombres, sino las ideas. De un lado, legitimistas, nacionalistas y católicos encontraron en Dreyfus una ocasión para prolongar su viejo pleito con la Revolución. Del otro, se alinearon los progresistas, quienes también estaban pensando en la Revolución, aunque con los signos cambiados. Fue el momento estelar de Zola. Pronunció su célebre «J´accuse» y salió de estampida a Inglaterra para que no lo metieran en la cárcel.

Los intelectuales, en una palabra, no tuvieron que inventar nada para erigirse en líderes morales. Bastaba con dar aire y brío, e infundir elocuencia, en sentimientos y principios enfrentados y ya activos en el cuerpo social. Por cierto, que se puede ser intelectual… y de derechas. Lo fueron entonces Barrès o Maurras. Lo serían después en nuestro país los agrupados en torno a Acción Española. El color ideológico no prejuzga si alguien es intelectual o no. En un clima de controversia pública, una persona autorizada, o que cree serlo, se sube al púlpito y amonesta y perora. Si invoca a Dios y el castigo eterno, es un clérigo; si pide el poder, un demagogo; si despliega su discurso en términos congruentes con los lugares comunes de la cultura moderna, es un intelectual.

Recupero el hilo. La razón de que haya desaparecido la función en cuyo ejercicio se confirma y justifica el intelectual como tal intelectual es que todos hemos terminado por pensar aproximadamente lo mismo. La superación de la lucha de clases a través de la redistribución a gran escala, y la desactivación de las pasiones religiosas, han provocado una convergencia hacia el centro. Los partidos con opción al poder se diferencian en matices, que la contingencia política o la responsabilidad aneja al gobierno atenúan o confunden. Las únicas disidencias considerables vienen de la Iglesia católica y de la extrema izquierda. La última, ¡ay!, se encuentra desanclada de la realidad, y repite fórmulas que aburren al más pintado. Y la Iglesia ha superado el Syllabus, pero no acaba de conectar con la sociedad democrática o democrático/liberal. Cosa, la última, que debería comprender cualquiera, por razones profundas que no viene a cuento discutir aquí.

¿ Fin de la historia? ¿Fin de los intelectuales? Esta conclusión es prematura. Para percibir las verdades profundas, hay que ir más allá de la sociología, la economía o la ciencia política. Conviene adentrarse en el lenguaje, o, si s e prefiere, en el centro numinoso, oscuro, del pensamiento. Hará cosa de dos semanas, escuché por azar un programa de radio dedicado a lo que se conoce como «marca España». Unos hablaban de cómo «vender» España; otros, de los jirones de «imagen» que uno podía dejarse según vendiera España de una manera o de otra. Se trataba de un programa cualquiera, conducido por gente razonable. Pero la retórica al uso se ha degradado hasta extremos que producen espanto, y da la sensación de que no se puede decir nada sin acogerse a un lenguaje que es medio de casa de lenocinio, medio de merchandising, medio de lo uno y lo otro a un tiempo. Esto revela un agotamiento deplorable de nuestros recursos morales, o, dicho de forma más aséptica, un desacuerdo agudo entre las actitudes y el orden sociopolítico en que nos hallamos instalados. Imaginen un país donde el ciudadano normalito, sumando impuestos, transfiere más del 50% de sus ingresos al Estado, el cual los redirige en beneficio —¡ejem!— de la causa social. Tendríamos derecho a pensar que en ese país los ciudadanos están consumidos por la caridad, o, como prefiere decir la izquierda, la solidaridad. Pues no. Al parecer, se compran y se venden unos a otros, igual que se compra y vende la carne en un mercado de abastos o se compra y vende el mobiliario de una casa desahuciada en una subasta pública. Esto carece de sentido. Esto es poéticamente monstruoso. Esto no va a seguir así indefinidamente, ni en España ni en las naciones homologables. Pasará algo y retornará el intelectual. No le exijan demasiadas responsabilidades. El intelectual será el efecto, no la causa.

Álvaro Delgado-Gal, escritor.

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