¿Dónde están los islamistas?

En algún momento del decenio de 1980, cuando el régimen comunista de Polonia afrontaba graves desafíos de las masas desafectas, el portavoz oficial del régimen, Jerzy Urban, comentó a un periodista extranjero que había sólo dos opciones en Polonia: el comunismo o la dominación por la Iglesia católica. “O nosotros”, dijo, “o la Virgen Negra de Czestochowa”.

Advertencias similares han repetido una y otra vez los gobernantes opresores de Oriente Medio y, en particular, Hosni Mubarak de Egipto: o el Estado policial secular o los islamistas; o Mubarak o los Hermanos Musulmanes. Ese mensaje resultó bastante convincente para los gobiernos occidentales, en particular el de los Estados Unidos, para seguir prodigando dinero y armas a Mubarak y otros “aliados” árabes.

Para quienes propugnan la extensión de la democracia en el mundo, esa situación ha planteado un incómodo dilema. Según dicen muchos, el islam es una amenaza para la democracia. Se dice que Occidente está “en guerra con el islam”, por citar a la activista de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, pero, ¿significa eso que debemos renunciar a la democracia, si los islamistas tienen una oportunidad de ganar las elecciones?

Ésa fue la política francesa después de que el Frente Islámico de Salvación (FIS) venciera en la primera vuelta de las elecciones de Argelia en diciembre de 1991. Francia apoyó un golpe militar el año siguiente. También fue la política de los Estados Unidos después de que Hamás venciera en las elecciones palestinas en 2006. No se reconoció a Hamás. Los EE.UU. han apoyado a Estados-policía en Egipto, Arabia Saudí y el Asia central, porque se consideraba que la opción substitutiva era peor.

La consecuencia de esa difícil elección es otro dilema. Las represiones violentas raras veces dan como resultado la moderación. Cuanto mayor es la represión que los partidos religiosos afrontan en los Estados-policía seculares, más probable es que su política se vuelva más extrema. Sea cual fuere la motivación que impulse el extremismo de Osama ben Laden, éste no habría reclutado a tantos miembros dispuestos a cometer sus actos de asesinato en masa, si los regímenes de Egipto, Arabia Saudí o Argelia hubieran sido menos opresivos y corruptos.

La política religiosa, es decir, la política basada en un credo religioso, no es invariablemente violenta, ni siquiera en el mundo islámico, como tampoco son los musulmanes los únicos que se rebelan contra regímenes seculares en nombre de su fe. En la afirmación de Urban había algo de verdad: la Iglesia Católica desempeñó un papel importante en la rebelión contra el comunismo. Lo mismo es aplicable a los budistas en Birmania, que se opusieron a la junta militar. Las organizaciones religiosas pueden movilizar al pueblo contra unos gobernantes corruptos y opresores. Al fin y al cabo, la mayoría de las rebeliones son morales, además de políticas.

Es cierto que, una vez que las instituciones religiosas se hacen con el poder político, nunca son democráticas. No pueden serlo, porque la autoridad religiosa exige la obediencia a un poder divino, que, por definición, no se presta a la impugnación racional. Cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini y sus seguidores raptaron la revolución iraní en 1979, la democracia resultó imposible; el clérigo se había vuelto un dictador.

Pero eso no significa que los partidos políticos cuyos programas están basados en la fe religiosa no puedan ser democráticos. Los demócratas cristianos no representan peligro alguno para las democracias en Europa. Tampoco el Partido Justicia y Desarrollo de Turquía, fundado por reformistas islamistas, es ademocrático (la cuestión es si es liberal).

De hecho, uno de los rasgos más interesantes de los levantamientos de Túnez y de Egipto –y los que podrían resultar más transcendentales también– es el papel muy menor desempeñado por los islamistas. En Túnez, el partido islamista prohibido Ennahdha (Renacimiento) estuvo ausente. En Egipto, los Hermanos Musulmanes, que, pese a estar prohibidos, siguen siendo una fuerza importante por el apoyo público con que cuentan, han permanecido en gran medida en segundo plano.

En ninguno de los dos países hay una figura comparable a Jomeini. No ha habido retórica yijadista violenta. Lo que parece haber impulsado a tantas personas a salir a la calle es una sensación común de frustración económica, indignación ante la corrupción oficial y humillación por sentirse oprimidos.

Esos sentimientos pueden inspirar fe religiosa o incluso una violencia espantosa perpetrada en nombre de la fe. Semejante resultado sigue siendo posible, en particular si la rebelión fracasa y le sigue una mayor opresión, pero, aun en el mejor de los casos, si se celebraran elecciones libres, tal vez después de gobiernos provisionales encabezados por figuras paternales, como, por ejemplo, Mohammed El Baradei, los partidos islámicos podrían desempeñar igualmente un papel importante. Pese a estar prohibida, la de los Hermanos Musulmanes es una organización formidable.

Hay motivos válidos para sentir preocupación al respecto, menos porque los islamistas no sean democráticos que por sus tendencias no liberales. Algunas formas de gobierno autoritario pueden dejar cierto margen para las libertades económicas y de otra índole, por lo que podría ser más fácil vivir en ellos que con un populismo democrático no liberal, pero el autoritarismo liberal parece un resultado improbable de las rebeliones actuales, por lo que las consecuencias de que no se celebraran elecciones libres, de una represión violenta o de la toma del poder por otro régimen autoritario serían peor, seguro, que dar una oportunidad a la democracia.

Egipto no es el Irán ni Argelia, por lo que se debe procurar no trazar paralelismos, pero ya hemos visto lo que puede pasar cuando las aspiraciones democráticas quedan frustradas por miedo al radicalismo religioso.

El golpe militar en Argelia de 1992 aplastó a los islamistas, muchos de los cuales no eran –hay que reconocerlo– liberales ni estaban necesariamente comprometidos con la democracia, pero la feroz guerra civil que siguió –y aún no ha concluido del todo– causó la muerte violenta de hasta 200.000 personas.

Hasta ahora, las multitudes de El Cairo, Alejandría y Suez no han sido violentas ni han estado enardecidas por la fe religiosa. Las luchas graves no han estallado hasta que los partidarios de Mubarak han empezado a atacar a las multitudes. Resulta imposible aún predecir lo que ocurrirá.

Tal vez los Hermanos Musulmanes ganen unas elecciones generales, pero tal vez no. Se debe permitir a los egipcios elegir. Denegarles esa libertad empeoraría, casi con toda seguridad, la situación y posiblemente propiciaría el tipo de extremismo religioso que muchos temen y con razón.

Por Ian Buruma, profesor de Democracia y Derechos humanos en el Bard College. Su último libro es Taming the Gods: Religion and Democracy on Three Continents (“La doma de los dioses. Religión y democracia en tres continentes”). Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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