Donde la mantequilla no es delito

Hay lugares en el mundo donde las básculas no existen. Solo las hay en las casas de las élites minoritarias que copian el estilo de vida occidental, pero en los hogares del resto de la población difícilmente encontraremos alguna. No solamente no hay básculas en estas tierras lejanas, sino que la simple idea de pesar a una persona es casi ridícula: se pesan los cereales para calcular la cosecha, se pesa el ganado para venderlo, pero no se pesa a la gente porque esta aún disfruta del privilegio de estar en la cúspide de la cadena alimentaria y no está obligada a someterse a ningún tipo de proceso ponderativo.

Aunque cueste creerlo, hay países en los que las mujeres comen lo que quieren y cuando quieren. No saben nada de grasas ni azúcares ni proteínas, mucho menos de calorías o pirámides nutricionales. Comen como les han enseñado sus madres y sus abuelas, cocinan siguiendo su propia tradición gastronómica y en ningún momento se les ha pasado por la cabeza modificar sus costumbres dietéticas para conseguir cierta forma corporal. Entre estas mujeres las hay que tienen buen apetito, el normal para una persona adulta viva que se ocupa de los quehaceres cotidianos y disfruta con el placer de la comida.

Las personas de este tipo, en catalán decimos que son “de vida”, expresión que va más allá del ámbito expresamente alimenticio. Ser “de vida” es tener apetencia generalizada por los placeres que abrazan y perpetúan la existencia, no en vano los gozos cotidianos tienen una función biológica indiscutible. Las personas sanas, en general, suelen ser “de vida”. En estos sitios lejanos donde no existen las básculas también hay mujeres secas, de mal comer y carácter nervioso. Pero estas no son ni admiradas ni puestas como modelo a seguir; todo lo contrario, son vistas como afectadas por alguna patología que tendrían que curarse.

En esta geografía remota sin operaciones biquini, sin dietistas ni productos de adelgazamiento anunciados las 24 horas en las televisiones y por las calles, ya lo he dicho, las mujeres comen lo que quieren. Desde donde estamos, desde aquí y ahora, ¿podemos imaginar un mundo donde la dictadura de la anorexia no solo no sea la pauta generalizada sino que sea considerada lo que es, un estado enfermizo? Existe, se lo aseguro, he estado allí: las mujeres cogen trozos enormes de pan y los untan bien untados con mantequilla, a veces mantequilla y miel, o los mojan en estofados especiados hasta que se acaba. Si les dicen que moderen la ingesta, no tardan en responder que no tienen problemas de salud, que solo aquellas que sufren alguna enfermedad cuya curación precisa un determinado régimen alimentario tienen que someterse a tales restricciones. Y tal cosa, por supuesto, es vista como una gran desgracia.

Las mujeres de este tipo no es que no se comparen entre ellas en belleza, y no es que no tengan ideales estéticos establecidos, pero la idea de modificar el cuerpo a través de pautas estrictas es, simplemente, ridícula para ellas. Las más jóvenes entre ellas, hijas y nietas, algunas viviendo fuera, han empezado a seguir regímenes que se parecen mucho al ayuno absoluto o deciden eliminar productos que para las madres y las abuelas son lujos de primera. Las miran, las mujeres mayores, y se ríen de la moda que consiste en reprimirse los gozos más básicos, ahora que la abundancia ha llegado finalmente y no tienen que sufrir, como habían sufrido ellas, la escasez de la sequía.

Las habitantes de estos países lejanos no podrían entender nunca el comportamiento de las mujeres occidentales. Si las vieran cada mañana, asustadas ante el aparato que reposa pacíficamente sobre el suelo del baño, cómo se desvisten, cómo contienen la respiración y meten barriga antes de colocar un pie, el siguiente y observar los números que bailan hasta quedarse quietos. Algunas cierran los ojos, abren uno para mirar de reojo la cifra, aterradas.

No entenderían, las señoras lejanas, que en ese número que marca el poderoso aparato está el valor de la mujer que se ha subido encima de él, que la cifra es la demostración empírica de un examen implacable que analiza todas y cada una de sus cualidades. Según lo que diga el trasto, la mujer será buena, disciplinada, como tiene que ser, capaz de compaginar trabajo, familia y pareja y a la vez cumplir con los preceptos dietéticos correspondientes. Será perfecta si el número entre sus pies es el que debe ser. Será digna de ser querida, y por fin cumplirá los requisitos para la felicidad.

Si, por el contrario, los dígitos son más altos de lo que corresponde, aunque sea unos decimales, se hundirá en un pozo profundo donde se insultará a sí misma, se infligirá duros castigos por el mal comportamiento y se negará cualquier cosa que la pueda hacer sentir bien, aunque sea el afecto o el consuelo de quienes la quieren. Se dirá que ese amor es inmerecido.

Najat El Hachmi, escritora.

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