Donde más nos duele

Siempre me ha molestado la impertinencia que confunde la sobriedad de los catalanes con una falta de sentido del humor, con una ausencia de cordialidad o con un lastre de arrogancia. Por el contrario, he apreciado esa forma de tomarse en serio a uno mismo que se basa en la prudencia para huir de la exageración, y que nunca confunde la ponderación con la indiferencia ni la exaltación con la autenticidad. Me temo que las cosas han cambiado, y que la más grave responsabilidad que habrán de asumir los dirigentes nacionalistas catalanes será, paradójicamente, haber traicionado la consistencia envidiable de un carácter. Porque, frente a determinadas maneras de comprender la sociedad, cuyo violento patetismo ha dejado huellas indelebles en nuestra historia, las virtudes cívicas de los catalanes siempre habían huido de la combustión sentimental en que se ha convertido la atmósfera de las elecciones del 25 de noviembre.

Al catalán le distinguía una mezcla de serenidad y fina ironía indispensables para mantener una distancia de seguridad ante los problemas, que nos permite resolverlos en lugar de reducirnos a la condición de meros portavoces. Se trataba de una ejemplar manera de vivir, de una relación austera con la realidad a la que disgustaban las frases ampulosas y el estrépito de las consignas. No era un asunto de buenos modales, sino una simple cuestión de civismo. No era una opción estética, sino una convicción moral. Se trataba de un saber estar que, en el fondo, siempre es un resultado de saber quién se es. Se trataba, sobre todo, de comprender que nunca se está tan cerca del ridículo como cuando las palabras y los gestos disfrazan su inconsistencia con los hábitos de la solemnidad. No son estos tiempos de crisis los mejores para la lírica. Pero no hay tiempo alguno que se merezca esta épica de andar por casa, este heroísmo de mesa camilla, esta exhibición muscular de forzudos de feria patriótica, este recuento de vísceras que presagian una utopía diseñada en los circuitos institucionales del mismo Estado que se pretende repudiar.

Los nacionalistas catalanes protestan airadamente cuando muchos consideramos, dentro y fuera de Cataluña, que se está produciendo una grave y tal vez irreparable pérdida de la calidad democrática construida con tanto esfuerzo en los últimos treinta años. Lamento que no se vea en lo que está ocurriendo algo mucho más peligroso que el debate legítimo entre opciones políticas, entre modelos de Estado, entre proyectos de sociedad. Lamento que la sensibilidad de los observadores se haya degradado hasta el punto de no ver que lo más dañino para el futuro no se encuentra en los temas de los que se habla, sino en el tono que se utiliza. Si el guión nos preocupa, el escenario nos alarma. Poco debería extrañarnos, al fin y al cabo, porque el nacionalismo siempre ha sabido que su hábitat natural es el de la apariencia, aunque pretenda presentarse como defensor de lo sustancial. Siempre ha entendido que su discurso comunitario funciona como llamada a la unanimidad, aunque intente comportarse como celador del pluralismo. Siempre ha demostrado que se encuentra cómodo en el monólogo de las afirmaciones tajantes, aunque pretenda basarse en el derecho al debate y en la atención a los matices.

¿Cómo no va a preocuparnos lo que está sucediendo en Cataluña, cuando no asistimos a un conflicto político, sino a la sustitución de la política por la simple manifestación de una identidad indiscutible? En uno de los ejercicios de demagogia más abyectos que puedo recordar en nuestra democracia, la consigna del «derecho a decidir» se expresa en un contexto en el que ya se ha decidido lo fundamental. A los ciudadanos de Cataluña no se les ha ofrecido un campo de opciones entre las que pueden elegir, sino que se les fuerza a la insoportable tensión de un dilema que sólo puede satisfacer a quienes, a falta de cultura democrática, han sacado por fin sus sobradas y sobrantes inclinaciones plebiscitarias. Por ello, la convocatoria de las elecciones se ha planteado ya como un plebiscito. Porque, en su escenificación por tierra, mar y aire de los medios de comunicación catalanes y de los propios centros del poder institucional, en el temario a superar por quienes aspiran a obtener una plaza de ciudadanos, la cuestión fundamental y única es la de la independencia de Cataluña.

Ninguno de los sucios juegos de manos del nacionalismo va a cogernos desprevenidos. Ni siquiera que sus magos profesionales hayan convertido el rancho cuartelero de una penitenciaría patriótica en el falsario banquete del festín de una democracia. Los catalanes no van a elegir, porque la más importante de las decisiones ha sido ya tomada. Antes de que se convoque cualquier consulta sobre la independencia, los ciudadanos de Cataluña han sido llevados a un proceso que nada tiene que ver con las nueve ocasiones en las que han elegido a sus representantes en el Parlamento autonómico. No es extraño que los promotores de esta circunstancia la hayan presentado como un momento excepcional, porque de eso se trata: de haber decretado un estado de excepción que, en su mismo planteamiento, ha liquidado, tal vez de forma irreparable, el concepto nuclear de soberanía sobre el que se levantaron la democracia española y las instituciones autonómicas de Cataluña.

Que nadie se extrañe del aparato publicitario con el que se asume esta fractura cívica de tan extrema gravedad. Que Artur Mas aparezca en un cartel electoral con los brazos extendidos, como Moisés ante el mar Rojo, bajo el lema contundente de «la voluntad de un pueblo» es una prueba del ambiente en el que hace tiempo se vive el final de la política en Cataluña. Mas no aparece como un dirigente, sino como un redentor. No trata de imprimir fuerza a su liderazgo, sino de ensancharlo con los dispositivos religiosos del mesianismo. No aparece como el representante de un partido que habla en nombre de una parte de los ciudadanos, sino como la encarnación de un pueblo entero, como la personificación caudillista de una voluntad general. Que no se equivoque él y que no se equivoquen quienes no se han sentido demasiado cómodos ni con el gesto ni con el lema. Son perfectamente coherentes con lo que lleva haciéndose desde hace meses. La discreta estatura política de Mas, la más que delgada línea roja de sus aptitudes como ideólogo, han hallado la coyuntura propicia de unas circunstancias extremas. Los líderes a los que admiramos fueron aquellos que edificaron la normalidad sobre las ruinas de la exasperación, cuando Europa trataba de recuperar su rumbo en el corazón del siglo XX. Aquellas figuras ejemplares no aumentaron su talla levantándose sobre la voluntad del pueblo, sino representándolo con la modestia y el sentido de la proporción que siempre observamos en quien es portador de la grandeza. Quien en las dificultades de la patria no ve un desafío que le pone a prueba, sino una oportunidad que la desintegra en beneficio propio, poco tiene que ver con los hombres y mujeres a los que veneramos, constructores reales de aquella libertad que, gracias a ellos, recuperamos. Un político mediocre no pertenece a ese rango por muchos ejercicios de vanidad que desarrolle o por muchos actos de servidumbre intelectual que oficien los funcionarios de su causa. En el mejor de los casos, será sólo el ejemplar elocuente de una época de crisis de la democracia y de flaqueza de la libertad.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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