Donde no habite el olvido

De nuevo, los enemigos de la libertad han alcanzado lo que ha sido una permanente superioridad estratégica en su trayecto histórico. En lugar de reforzar la unidad de los demócratas, han conseguido enfrentarlos. En lugar de incrementar la solidez y las convicciones de quienes defienden una sociedad abierta, incluso para cerrar sin contemplaciones el paso a sus enemigos, han causado daños difícilmente reparables en los fundamentos sobre los que se constituye la democracia. Para decirlo de un modo más contundente y triste: han conseguido que tengamos que acostumbrarnos a considerarlos una parte del paisaje político y, sobre todo, a que elementos esenciales de las relaciones entre partidos y ciudadanos se basen en la toma de posición ante sus actos.

Todo el mundo ha reconocido que ETA ha sido derrotada policialmente, y que esa debilidad es la que la ha llevado a buscar unas vías que evitaran su aislamiento, declarando su decisión de no volver a matar. Pero ¿a quién ha beneficiado el crimen? ¿A quién beneficia que los criminales nos perdonen la vida a todos los futuros cadáveres, mientras a cambio se les concede la palabra con la que reconoceremos a partir de ahora «el conflicto vasco», distinguiendo cuidadosamente entre cuatro locos con pistola y los «sensibles» nacionalistas que no tuvieron prisa alguna en condenar sus asesinatos?

Aquellos que ni siquiera se conmovieron cuando los terroristas despedazaban a cientos de familias son los mismos que ahora hablan de la paz, la concordia, el restablecimiento de la normalidad en el País Vasco, como si esta no hubiera sido rota por una de las partes, la que quiso resolver ese presunto conflicto matando en muchos lugares de España. Mataban en nombre de algo… ¡Pues claro! Siempre se mata en nombre de una causa: en nombre de la patria en las trincheras fangosas de la Gran Guerra, en nombre de la tradición y de la unidad nacional cuando se liquidaba a republicanos, sindicalistas o maestros laicos. ¿Ha habido muertes en la historia que no se deban a una idea? Ni siquiera Calígula o Diocleciano mataron por diversión, aunque les divirtiera hacerlo.

Matar en nombre de algo parece limpiar un acto, cuando solo sirve para ensuciar una idea. Parece ennoblecer una conducta, cuando solo rebaja unos principios, contamina a una sociedad y le hace perder el juicio. Después de todo lo ocurrido, después de Auschwitz o del Gulag, de la guillotina o de los cuerpos quemados en la hoguera, seguimos cayendo en la patología de recompensar a los criminales con una razón que los humanice. La idea por la que se mata no debería ser un eximente, sino el agravante de una conducta política extremosa, el último escalón de las actitudes de amedrentamiento, o del desprecio a las ideas ajenas. Al menos, los asesinos comunes escapan a estos pretextos y nos dejan a solas con el horror desnudo de sus actos. Los terroristas, por el contrario, nos ponen a prueba y ganan demasiadas veces, obligándonos a considerar sus ideas, como si ellas fueran lo que verdaderamente está en juego, mientras la vida cancelada, asesinada, adquiere la turbia condición de un medio, un instrumento, una estación que cede el paso al caminar pomposo de la Causa.

Alguien se atrevería a pensar que las cosas no podrían empeorar el escenario político y moral en que este país ha sido zarandeado durante décadas, olvidando que no es imaginación para el esperpento lo que le ha faltado a España precisamente. Comunicada por los terroristas su decisión de perdonarnos la vida, a quien se ha atrevido a poner objeciones a esas formas que son el contenido se le ha tachado de aguafiestas, de torpedo lanzado a la línea de flotación de la fiesta de recreo tras el armisticio. Lamento encontrarme entre quienes tienen, por lo menos, algunas dudas sobre la benevolencia de lo que casi todos han aplaudido.

Las gentes de buena fe desean, claro está, el derecho a la vida y la libertad o lo que un lenguaje manipulado llama la paz, el diálogo o la entrañable reconciliación. Están exhaustas por la locura que se ha vivido, hartas de consumir su ración de dolor, su negra leche del alba cuando llegaba la noticia de un nuevo atentado. «Hay que acabar con esto como sea», se dicen. Pero el «como sea» nunca debería incluir lo que acabará en una reconversión del terrorismo de una banda en la lucha de un pueblo oprimido. Y, mucho menos, debería establecer la atroz equivalencia política entre los amigos de las víctimas y los compañeros de los verdugos. Como si lo que tuviéramos ante nosotros fuera un escenario institucional con meras divergencias políticas entre la «izquierda abertzale» y los demócratas, en lugar de un pasado en común, en el que unos justificaban el crimen y otros asistían a los funerales.

Lo terrible de todo esto es que esa paz, motivo de alegría, venga acompañada de todos los factores que señalan hasta qué punto los matones de nuestras calles, los enemigos de la democracia, han podido pudrir los recursos de calificación moral y política de esta. Quizá lo que se ha conseguido es que la moral, en el sentido más íntimo y elemental de su formulación, haya pasado a ser una cómoda circunstancia de observatorio desde el que trata de comprenderse las razones de todos, como si ese rasgo de tolerancia estableciera un principio de superioridad. Lo único que consigue es hacer dejación de un deber, que no es solo el de la condena de unos actos, sino el de la denuncia de sus promotores ideológicos, y la ruptura con todo esfuerzo de comprender ya ideologías que, por un desvío de perversión, conducen al asesinato. Demasiado deberíamos haber aprendido de todo esto en el pasado siglo, cuando millones de seres humanos fueron víctimas de los excesos de la bondad redentora y del entusiasmo desenfrenado de la centuria, al servicio de los grandes relatos emancipatorios de los derechos de los pueblos o la lucha de clases.

Todo lo que ocurre y ha ocurrido en el País Vasco posee las claves para entender la fragilidad de una democracia en la que las palabras pierden su sentido y que ha tenido que convivir con algo que en Europa es una extravagancia: el nacionalismo. Es decir, la pretensión de que una fuerza política representa a la totalidad de los habitantes de un país, como si fuera la directa emanación de una voluntad que surge de sus entrañas. Hemos vinculado la democracia española a la existencia de ese absurdo sublime en dos territorios fundamentales de nuestra nación. Pero las cartas están marcadas no por los nacionalistas, sino por quien ha aceptado, desde otras actitudes, que ese juego era legítimo, como si en algún lugar de Europa alguien pudiera acceder al foro público considerándose representante en exclusiva del país, directa emanación de su Ser auténtico, sin provocar la hilaridad general que no han dejado de causar afirmaciones de este nivel en países muy cercanos.

En España se ha llegado tarde a todo, hasta al fascismo, y cuando la Europa del desarrollo llevaba años considerando un anacronismo el derecho de autodeterminación aquí se mataba por este y suscitaba entre los nacionalistas una irrefrenable fascinación. Es la conciencia atormentada del tránsito de España por el siglo XX la que ha jugado una mala pasada. Y a ella se debe la construcción, bajo la vigilancia del terror, de una democracia inmadura, huérfana de ciudadanía, en cuyo código genético se incluyeron las obsesiones identitarias, los ilusorios derechos y agravios del pasado y los sentimientos telúricos de la sangre y los muertos.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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