¿Dónde nos llevan los zapatos?

El domingo pasé por mi Agrupación local en Portugalete para votar en las primarias del PSOE. A primera hora ya había votado Patxi López, uno de los tres candidatos. Tuve la ocasión de ver a viejos afiliados, con los que estuve hablando un buen rato de la situación del partido, y recordé mil vicisitudes que han labrado mi biografía, entre ellas el asesinato en 1987 de Félix Peña y Maite Torrano, afiliada muy reconocida y querida en el partido. Unas bombas incendiarias que los alevines de ETA habían arrojado en el bar de la casa del pueblo acabaron con la vida de los dos socialistas.

Justo hace unas semanas leía en una entrevista que hicieron al hijo de Maite -con ocasión del 30 aniversario del asesinato de su madre- que dedica su tiempo de ocio a dar información y hacer pedagogía en los colegios vizcaínos sobre lo que ha supuesto el terrorismo etarra para su familia y para la sociedad vasca. La entrevista mostraba a una persona serena, inteligente, capaz de recordar a su madre y a todas las víctimas de ETA, pero también de mirar el futuro de la sociedad vasca con optimismo; la memoria no le había paralizado y me emocionó que Iván, militante socialista, y ahora ya padre, se mostrara como un símbolo de esperanza para los vascos.

En todo esto pensé hace ya unas semanas y me emocioné al leer su entrevista que me recordaba esa parte triste de mi biografía. Sin embargo, este domingo el ambiente entre los socialistas de mi agrupación era tenso, los rostros mostraban preocupación y los carteles de los líderes socialistas, algunos amarillentos por el paso del tiempo, ayudaban a dar al entorno un aire finisecular. Conversando con los afiliados de Portugalete -agrupación en la que estamos afiliados Patxi, Redondo Urbieta y yo mismo- volví a pensar que el Partido Socialista de Suresnes no entró en el estado en el que se encuentra hoy, ni siguiera cuando perdió dos elecciones consecutivas con Sánchez de candidato. El PSOE entró en la crisis actual en el Congreso de Sevilla de 2012, al no darse cuenta la comunidad socialista de que los tiempos habían cambiado radicalmente no sólo para el partido, sino para todo el socialismo democrático. Desde entonces, el PSOE no ha hecho más que perder y permitir la aparición de nuevas expresiones políticas a su izquierda y por el centro sociológico (el traspaso de votos del PSC a Ciudadanos es una evidencia que solemos evitar convenientemente;y, en menor grado, en Madrid también ha habido trasvase a la izquierda de Podemos y al partido de Rivera).

La velocidad con la que ha cambiado la política francesa no debería impedir que veamos las similitudes profundas en la evolución de la izquierda en los dos países vecinos. En Francia habrá en el futuro una expresión reformista en el espacio que ha dejado el PSF, pero el partido creado por y para Mitterrand está muerto, aunque haya ostentado hasta la semana pasada la Presidencia de la República. Si ese espacio político vacío lo termina ocupando Macron en las próximas legislativas, la dulce venganza de Michel Rocard sobre Mitterrand se habrá cumplido, dejando en la Presidencia y en el espacio político del reformismo progresista a un heredero espiritual e intelectual de su discurso político. René Char, muy admirado según he leído por Macron, dice: “Nuestra herencia no proviene de ningún testamento”. El nuevo jefe de Estado, efectivamente, no reivindica bandera alguna, ni el testamento de nadie, pero todo lo político en él recuerda el discurso rocardista.

En España todo puede parecer aparentemente diferente, pero todo puede terminar siendo igual. Estas primarias en ocasiones han dado la impresión de ser más una pugna por el poder en un falansterio -en las sociedades abiertas la integración del que pierde es fácil y desde luego su posibilidades de sobrevivir políticamente no disminuyen; en las sociedades cerradas la derrota supone la desaparición- que un debate sobre el futuro del socialismo democrático en España y en Europa. En esta ocasión ha salido vencedor Pedro Sánchez. He criticado la peripecia política del nuevo secretario general, sin olvidar nunca que no es ni el único responsable de las derrotas del PSOE ni el único responsable del estado del partido. Nadie opuso a sus derrotas una posición política -no sé cuantos artículos he publicado en este periódico apelando a la necesidad de un debate político abierto sobre las causas de las derrotas electorales y de cómo enfrentar el complicado panorama político-. Tampoco ningún dirigente socialista se enfrentó cuando Sánchez buscó refugio en los afiliados, convirtiendo entre todos -él por necesidad, los otros por cobardía- al PSOE en una organización narcisista que puede morir mirándose en un espejo que ha dejado hace tiempo de representar la realidad social. Todo el debate sobre los resultados electorales terminó en una guerra palaciega en la que los discursos impostados se convirtieron en verdaderas barreras para saber lo que querían decir en realidad los dirigentes socialistas. No fue el miedo a represalias ni a consecuencias negativas lo que impidió a los dirigentes socialistas enfrentarse claramente en un debate a Sánchez, fue el temor a retratarse ante su militancia y ante sus votantes.

Un antiguo dicho inglés dice: “To wait for dead men’s shoes“. Así, a la espera de los zapatos de los difuntos (los fundadores del PSOE renovado), los candidatos han trasmitido a la sociedad española -más amplia que el noble reducto de la feligresía- la sensación de que no saben hacia dónde se dirigen, qué objetivos persiguen o qué papel van a jugar en este presente que se desgarra entre los tirones del pasado y el avasallador avance de un futuro más desconocido que nunca. Nada he oído en estas elecciones domésticas sobre el futuro de la UE y, sin embargo, el futuro de la socialdemocracia está ligado en gran medida al éxito de la Unión; tampoco ha habido un debate sobre España más allá de un tartamudeo, evitando así reconocer que existe una relación clara entre la confusión sobre lo que significa la nación española y la decadencia electoral del PSOE.

Pedro Sánchez, con su rotunda victoria, tendrá que dibujar los nuevos consensos que sustituyan a los que fueron base del Estado de Bienestar durante todo el siglo XX (algo que no han hecho los aspirantes durante las elecciones primarias). Y, en esa dirección, ante una sociedad menos vertebrada que nunca a través de intereses concretos e incapaces de homogeneizar a grandes sectores sociales, se necesita una redefinición de la relación de la ciudadanía con el poder público, así como de las empresas, una vez que en el futuro próximo un porcentaje grande de los actuales puestos de trabajo serán desarrollados por una robótica que se extenderá por todos los ámbitos industriales y económicos, cambiando las relaciones laborales, las bases de fiscalidad actual y el respaldo económico a las futuras pensiones. Todos estos cambios tendrán que realizarse prestando atención a aspectos y políticas a las que tradicionalmente los socialistas no hemos dado mucha importancia. Una sociedad con miedo a un futuro que se dibuja amenazador para amplios sectores de la sociedad necesita seguridad; una seguridad que se opone a experimentos políticos y una seguridad más práctica, más cotidiana, que tiene que ver desde luego con el orden público, pero también con la garantía de que lo conseguido con esfuerzo individual no desaparecerá en la incertidumbre de una realidad que todavía no ha alumbrado.

Y en medio de estas novedades revolucionarias, a Pedro Sánchez le corresponderá adaptar la organización y el ideario del PSOE. Al recién y a la vez anterior secretario general de los socialistas se le presenta esta opción y sería, si consiguiera una alternativa alrededor de estas cuestiones, el protagonista de un nuevo periodo político en el que el PSOE volvería a ser útil para España, como lo ha sido, sin entrar en detalles, durante estos últimos 40 años. Por el contrario, si se conforma con un izquierdismo decimonónico y de perfiles groseros, en la senda que están marcando Pablo Iglesias en España, Mélenchon en Francia o Corbyn en el Reino Unido, el fracaso estará asegurado.

En este segundo supuesto, los socialistas liderados por Sánchez no conseguirán ocupar el espacio reformista y progresista, lo harán otras formaciones de nuevo cuño como parece que sucederá en Francia, o se lo repartirán las existentes. Ya no basta con recurrir al pasado, ni a las victorias, ni a los discursos pretéritos. Las rutinas, las costumbres, que tanto ayudan a que permanezcan instituciones del pasado y sin sentido en tiempos nuevos, no son ya suficientes para sobrevivir; ya dijo Quevedo que “hay muchas cosas que pareciendo que existen y tienen ser, ya no son nada sino un vocablo y una figura”.

Adenda: se plantea un problema que no podemos encarar en el final de este artículo. Según el camino que recorra Sánchez, el sistema del 78 entrará en un periodo de reformas muy profundas o en un periodo de inestabilidad política y de enfrentamiento que augura serios problemas para todas las consecuencias políticas de la Transición. No puedo terminar esta adenda sin decir que de esos negros presagios no sólo es responsable el PSOE de Pedro Sánchez, sino que el Partido Popular de Rajoy, sin quitar legitimidad a sus victorias electorales, contribuye a fortalecer esta impresión. El PP se está convirtiendo en un pesada carga para el sistema, rodeado por casos de corrupción, por su incapacidad parlamentaria para hacer las reformas que necesita el país y por una indolencia política que se aviene mal con la situación que vivimos.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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