¿Dónde se encuentra el progreso?

A buena parte de la izquierda le entusiasma el progreso y presume de progresista, pero no desea reconocer cómo se fragua. Para ellos la justicia social es la forma de medirlo, pero el progreso es mucho más que justicia social, es capitalismo responsable. Además, la justicia social puede ser injusta cuando es fruto de una ley no votada o atribuye a unos, sesgadamente, responsabilidades de otros.

La izquierda defiende su falso progresismo abusando de la ventana de Overton para enmascarar la realidad. Sustituye conceptos no queridos por otros más cómodos de vender a los votantes. Siguiendo esa técnica, se olvida de hablar del éxito de las mujeres ejecutivas para, en su lugar, escandalizarse por el elevado coste de la higiene femenina. O silencia la contribución de los homosexuales al mundo de los negocios para, en su caso, focalizarse en la astracanada populista del orgullo gay. Gracias a estos trucos, el avance no deseado, pero real, se convierte en un concepto opaco complicado de encontrar.

Hablar de progreso da buen tono. Zapatero hizo sus pinitos con los vocablos del I+D+i, anunciándolo como una de las prioridades de su gobierno. Semanas después se requirió a una empresa de alta tecnología para que unos investigadores de prestigio explicaran al grupo socialista del Congreso «de qué iba eso». Pues bien, lo que escucharon sus señorías sobre inversión, esfuerzo, riesgo o patentes, no eran sus valores. Claro que algunos prefieren como sucedáneo de progreso el «progreso cubano», hiperbolizando la calidad sanitaria de ese país, o la de sus universidades, cuando no es así: sus médicos terminan conduciendo taxis o semiesclavizados en países de misión y sus hospitales, desabastecidos de medicinas; sin hablar de las libertades civiles, que dejarían a Santiago Abascal, comparado con Raúl Castro, en posición de revolucionario.

La razón por la que el desarrollo precisa cada vez más del capitalismo es porque su máxima novedad, la inteligencia artificial, se abre paso con máquinas que imitan las funciones cognitivas de las personas, en base a datos externos masivos. Responden así a consultas cada vez más exigentes, como sobre detalladas querencias de las personas cuando circulan por los aeropuertos o los grandes almacenes, o la búsqueda de la concordancia en los distintos diagnósticos clínicos de anatomopatólogos u oncólogos. En otras palabras, el big data, o la avalancha de datos, se enfrenta a un algoritmo que los resume y convierte en una aplicación que se vende a un mercado cada vez más global con márgenes brutos crecientes. Este fenómeno multisectorial destruye infinidad de empleos del ayer, dejando a millones de personas obsoletas ante la atenta mirada de los sindicatos. Afortunadamente, las grandes inversiones en innovación y adiestramiento restablecen la justicia social de crear nuevos empleos en trabajos que todavía no existen, y mejores condiciones laborales y salarios que los presentes, lo que supone y supondrá un progreso generalizado.

Detrás de estos esfuerzos aparecen países con ideas bien arraigadas. Las multinacionales francesas, quizá sin saberlo, obedecen al pensamiento de Richelieu de engrandecimiento de Francia. Los americanos sitúan el sueño americano en Silicon Valley, apoyado por la primera industria del país: la universidad. Los coreanos tienen la política de que lo que exporten gracias a la innovación siempre ha de ser superior a lo que importen por el mismo concepto. Los chinos amenazan con la estrategia monopolista de instalación del 5G en las telecomunicaciones. Los israelíes han inventado el concepto de Start-Up Nation para convencer a los capitales del mundo de que si van a Israel e invierten en alguna de sus seis mil sociedades emergentes anuales (España alumbra la mitad), tendrán mayor recorrido que si lo hacen en el NASDAQ o en otra bolsa tecnológica. Para ello, contaban recientemente en el Centro de Innovación Shimon Peres, en las afueras de Tel Aviv -un espacio espectacular para vender progreso- que innovar es encontrar buenas ideas que se puedan explicar en el ascensor. ¿Podemos competir nosotros con una filosofía propia? Pienso que sí, pero ¿qué fue de nuestra mentalidad ganadora de la Marca España?

Kenneth Clark escribió en su obra Civilización: «Si uno se pregunta qué ha hecho España por colaborar al progreso de la humanidad, la respuesta es poco clara». Pero le hubiera bastado leer a Hamilton para salir de dudas: «El descubrimiento de América fue la causa principal de la formación de capital europeo». Claro que no hay que remontarse a esa época ni exhibir Las Meninas o el Guernica para conocer si contribuimos al progreso: llevamos 27 años de récord mundial de trasplantes de órganos y colideramos el de la esperanza de vida. Pero aquí en España la izquierda soterra nuestros avances en los campos más diversos porque, a la postre, justifican el capitalismo. Esko Aho, ex primer ministro de Finlandia y ejecutivo de Nokia dice que «innovar es lo contrario de copiar». ¡Menuda frase! ¿A qué les recuerda?

Pero más allá de lo visible del progreso: innovación, educación y justicia social…, su motor, ¿dónde se esconde? Un filósofo griego desvelaba que el hombre es la ratio de todo y, efectivamente, en el hombre hay que buscar la medida del crecimiento. La innovación y la educación son las supremas armas capitalistas y los mejores múltiplos de inversión para crear prosperidad conjunta, pero las impulsan personas que tienen conciencia de capital propio. Crear conciencia en el individuo de capital propio es el mayor logro que se puede esperar de la educación. El sumatorio de individuos que lo interioricen es el que hace evolucionar a una sociedad y, como efecto secundario, resolver sus problemas.

Como saben, las hasta ahora, dos alcaldesas más importantes de nuestro país se propusieron reducir los desahucios a base de buenismo, algo en lo que han fracasado, disparando el número de ocupas y sus graves problemas asociados. Claro que, de haberse apoyado en el capital de las personas y sus proyectos, en lugar de reprimirlos, más gente podría pagar sus alquileres. El cartel del welcome refugees del ayuntamiento de Madrid siempre sonó un poco al de «tonto el que lo lea». Y ha tenido que ser la Iglesia, en muchos casos, la que al final, discretamente, se ocupe de esos refugiados; pero una cosa es el auxilio, comida y techo -si me apuran lo sencillo- y otra, el progreso. Para lo segundo, Cáritas recurre a la parábola de los talentos: Dios confía talentos a los hombres con la obligación de que los desarrollen. Se convence y orienta así a las personas de que, absolutamente todos, tenemos un motor personal que hay que explotar y que nos llevará mas lejos que las doctrinas viejas del progresismo, que en vez de atribuir al individuo conciencia de capital le crean conciencia de resentido, menesteroso y por supuesto desagradecido.

José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado.

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