Dorian Gray, en La Moncloa

Al cabo de este primer año de Gobierno de cohabitación socialcomunista, si Sánchez se hizo el cálculo –lo que está por ver, visto lo visto– de que sería pasajero el insomnio que se autodiagnosticó si metía en su Consejo de Ministros a ese extraño compañero de cama apellidado Iglesias Turrión, aviado iba tanto él como unos españoles que, involuntarios partícipes de la pesadilla en su mayoría, se ven arrastrados a un proceso de demolición constitucional y de desintegración de España de la que se ufanan tanto su copresidente y líder de Podemos como sus aliados secesionistas de ERC y bilduetarras de Bildu, mancomunados en ese afán. Contra las teorías de los biempensantes, una vez que ha logrado aprobar con sus votos los Presupuestos del Estado que le permitirán completar la legislatura, tras vivir de prestado con las cuentas del defenestrado Rajoy, Sáncheztein no romperá con sus aliados de la investidura Frankenstein de los que es voluntario rehén y que le marcan sus designios hasta unos extremos que comprometen la dignidad exigible en quien desempeña su alta encomienda.

Dorian Gray, en La MoncloaPor eso, yerra de medio a medio la oposición –en plural, PP y Cs– al cavilar que la estrategia a seguir es aguardar el desgaste gubernamental como en la España de Zapatero o en la Grecia de Tsipras. Puede sobrevenirles lo que Henrique Capriles, al que Maduro le birló la victoria presidencial en 2013 y hoy es su marioneta. Mucho más cuando se usan las instituciones para imposibilitar la alternancia mediante un cambio de las reglas del juego que reduzca a esas fuerzas a la impotencia y que esa normalidad sea tan imposible de retornar a ella como ratifica la farsa electoral de esta semana del narcorégimen de Maduro. Todo ello con el plácet español tras financiar a Podemos y corromper a gerifaltes del PSOE desde aquella bien comisionada venta de 2005, con Zapatero de presidente y Bono de ministro de Defensa, de cuatro buques de vigilancia y otros tanto patrulleros oceánicos a Chávez, seguida de las abultadas coimas al ex embajador Morodo y de las valijas de la vicepresidenta Delcy Rodríguez en su viaje a España contraviniendo la legalidad europea y obligando a mentir al ministro Ábalos de la manera fehaciente que ha sentenciado el Tribunal Supremo, sin que aquí dimita nadie.

Así ha sido pese al gesto de dignidad del pueblo venezolano, absteniéndose masivamente de participar en la pantomima pese a la amenaza de que «el que no vota, no come» (Diosdado Cabello dixit) y proclamando que, en su hambre, mandan ellos. Con Zapatero como representante de la satrapía, se prefigura el porvenir que aguarda a una España que, asilo de exiliados venezolanos, ya debiera haber escarmentado en cabeza ajena del eso aquí no puede suceder. En la Inglaterra de su época, Shakespeare reparó en los trágicos costes del sometimiento –la corrupción moral, el despilfarro masivo del tesoro, la pérdida de vida– y en las medidas desesperadas, dolorosas y heroicas precisas para devolver a la cordura a una nación averiada de ese modo. A este respecto, le llamaba la atención que los que más se engañaran no fueran la gente del común, sino los poderosos y privilegiados.

Como la ocasión la pintan calva, los asociados de Sáncheztein no malogran la oportunidad que les brinda quien ha fiado su suerte a quienes socavan las instituciones desde la situación de privilegio que les concede, no por sus votos, sino por su libre decisión de quien juzga maquiavélico que la polarización que avivan, más la réplica de la oposición, favorece un movimiento de acción, reacción que le perpetúa al margen de fracasos, incompetencias y negligencias. No parece importarle que, como en la tragedia de Enrique VI, «la discordia civil es una víbora que muerde las entrañas de la sociedad».

Valiéndose de leyes habilitantes que aprueban a cascoporro por procedimientos que vulneran los principios de publicidad y transparencia, la infranqueable línea Maginot que protege teóricamente a la Constitución de los asaltos de oportunistas y logreros está revirtiendo –como la histórica fortificación de ese nombre en la que los franceses cifraron en vano sus expectativas de frenar el expansionismo alemán– una barra de mantequilla.

Frente a esta operación de acoso y derribo al régimen constitucional, del Rey abajo todos, Sánchez deja hacer, lo que es una forma indudable de hacer, al tiempo que trata de dar un aire de normalidad a la excepcionalidad. Para ello, niega verdades desnudas como puños, al tiempo que adopta, cuando no las hace suyas, las políticas de sus socios. De hecho, por aquello de que dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición, se opera una metamorfosis en el antaño PSOE –hoy Partido Sanchista– por el que, alzándose como dique de contención de neocomunistas y nacionalistas, no sólo asume sus postulados, sino que los promueve y expande con ocurrencias como la que el valenciano Ximo Puig pasaportaba al presidente independentista catalán Pere Aragonés de crear entre ambas comunidades –a lo que rauda se agregó la socialista balear Armengol– «una Commonwealth».

Sin saber de lo que habla, pues la Commonwealth of Nations agrupa a los antiguos dominios coloniales de la Corona británica, en línea con la Comunidad Iberoamericana de Naciones de España con sus antiguas territorios de allende los mares, Puig sí sabe dónde apunta, esto es, a desbaratar una España a la que se la quiere diluir en una suerte de Confederación Cantonal –causa del naufragio de la I República– al abrazar, dando un rodeo, el proyecto pancatalanista de Països Catalans de aglutinar los territorios donde se habla la variantes del catalán y se excluye el idioma oficial de España, en línea con el separatista valenciano Joan Fuster.

Si así procede el sanchismo con los soberanistas, otro tanto con la ofensiva de Podemos para echar abajo la Monarquía parlamentaria arrollando tras ella toda la estructura democrática y el sistema de libertades. Si un teórico constitucionalista y dirigente de un partido clave en la aprobación de la Carta Magna refrendada masivamente por los españoles como Puig reduce ese hito a meras páginas del BOE que no hay que tener miedo a abolir, qué cabe esperar de neocomunistas e independentistas con esa carta blanca dispensada por quienes se vanaglorian cada 6 de diciembre de ser sus guardianes, como refería el jueves en estas páginas David Jiménez Torres.

En política, lo que parece es, por lo que no cabe tomar gato por liebre, salvo, como indica Shakespeare en El rey Lear, «uno de ponga anteojos para aparentar ver lo que no se ve». Es lo que acostumbra Sánchez, por lo demás, en sus alocuciones chavistas del tipo Aló Presidente o en sus autoentrevistas en compañía de solícitos presentadores que se asimilan a esos extras de plató que aplauden a las órdenes del regidor.

Si la ex presidenta andaluza Susana Díaz se burlaba de Sánchez, cuando trató de usarlo de testaferro para que le calentara el sitio de secretario general del PSOE hasta que le viniera bien aterrizar en Ferraz, con aquello de «no vale, pero nos vale», ahora sus socios, sin bizantinismos, entienden que les sirve para derruir el régimen de 1978 y erigir sus republikETAs. Empero, asistiendo al devenir de este año y lo que anticipa lo que está en ciernes, se columbra un reparto de papeles por el que Sánchez, escudado en un segundo plano, deja que sean sus socios quienes le hagan el trabajo sucio y le dejen el camino expedito para, una vez demolido el vigente orden, presidir otro de corte republicano en una zarabanda que se revela explosiva.

Como en El retrato de Dorian Gray, cuando el protagonista ve reflejada su juventud en el cuadro recién pintado lamentándose de que acabara convertido en «un viejo, horrible, espantoso», mientras el cuadro siempre será joven, y resuelve entregar su alma al diablo si el cuadro envejece por él, cumpliéndose su apetencia, Sánchez debió hacerse la idea de que, pactando con Iglesias, sería éste quien encaneciese. Sin embargo, al igual que el protagonista de la obra de Oscar Wilde, pronto se apercibe de que la lámina será espejo de sus acciones, otro tanto acaece con Sánchez y su reflejo Iglesias. De esta guisa, cuando Dorian rechaza a la joven a la que ilusionó con su amor precipitando su suicidio, éste percibe un toque de crueldad en su retrato como si él mismo se hubiese mirado en un cristal tras perpetrar un abominable crimen. El retrato –como puede serlo Iglesias para Sánchez– será el resol de su atormentada alma. Todo exceso conlleva su propio castigo, significó Wilde a modo de moraleja.

No se sabe si Sánchez ya aprecia los síntomas de degradación de Dorian Gray, lo que explicaría su sesión de maquillaje en Telecinco, pero aparentaba ser también «un rostro sin alma», mientras Iglesias revive y se refuerza a su costa. En su comparecencia en Telecinco –ya no necesita telefonear a sus programas del corazón para colarse de rondón–, reivindicó su atormentado yo con la complicidad de su interlocutor que remachaba verbal y gestualmente cada respuesta a las preguntas que el propio entrevistado se formulaba a sí mismo. Tras ser orillado en su papel, Pedro Piqueras no tuvo recato de guardar, al menos, las apariencias del entrevistador por excelencia de la TVE franquista que fue Victoriano Fernández Asís. Con latiguillos del jaez de «señor ministro, dicen ... yo no lo creo ...», éste salvaba la cara a la gallega dejando que fuera el mandamás de turno quien corriera el riesgo de meterse en algún sembrado ajeno.

Si Wilde afirmaba que la mejor manera de librarse de las tentaciones –y sabía de lo que hablaba– era caer en ellas, Sánchez lo ha hecho de hoz y coz reportándole un apreciable envejecimiento y un visible aire de disgusto con el mundo al ver cómo, habiendo entrado en La Moncloa como presidente, va camino de aparentar ser el monaguillo de Iglesias en España y fuera. A diferencia del dandi de Wilde, enamorado como Narciso de sí mismo, que destroza el cuadro que debía envejecer por él, olvidando que hacerlo –como en el mito de Fausto– era destruirse a sí mismo, Sánchez quizá pretenda desfogar su ira contra el autor de la obra de arte.

Sáncheztein no puede desembarazarse de Iglesias, aunque lo pretendiera, sin destruirse a sí mismo tras el pacto del diablo que suscribió hace un año para ser presidente apostatando de lo que prometió en campaña y perjurando de la Constitución de esta España que suma a su grave situación sanitaria y económica una crisis institucional. Ello mueve a la desconfianza de las instituciones europeas y abre un nuevo frente con el vecino del sur tras abrochar el reino alauita un acuerdo con EEUU que consolida el paso que dio hace 45 años con la marcha verde emprendida para adueñarse del Sahara español aprovechando la agonía de Franco como lo hace hogaño con la eutanasia que aplica al régimen coronado del 78 un PSOE sin sentido del Estado y que posterga el interés público en provecho y placer propios. Tales extravíos abundan en lo escrito por Wilde de que la experiencia, en vez de enseñar que caminos seguir y que abismos evitar, es «el nombre que dan los hombres a sus errores». En consecuencia, «el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetimos –concluye– muchas veces, y con alegría».

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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