Dos años de democracia

En estos días se cumplen los dos años del inicio de las revueltas que culminaron con el derrocamiento de Hosni Mubarak. Y del mismo modo que me he negado en todo este tiempo a denominar Primavera al estallido antigubernamental (superenésimo en la historia de Egipto y de los árabes), tampoco abundaremos haciendo bromas —por merecidas que sean— o comparaciones de gran originalidad mediante el recuerdo del otoño y/o el invierno. Muy socorrido todo cuando no se puede agregar mucho más. Tal vez, mutatismutandis, sí cuadre mejor recordar el viejo chiste suramericano: «¿Cuántas estaciones hay en La Paz (Bolivia)? Respuesta: Dos, el invierno y la de ferrocarril». Lo que transpuesto al lugar y momento que nos ocupa podría simplificarse en dos circunstancias políticas repetidas cíclicamente: regímenes y gobiernos despóticos «a la oriental» —según el concepto de Marx, que es mucho decir— y episodios de agitación recurrente entreverando con sus motines, degüellos y saqueos (a su vez reprimidos de manera salvaje) el lento discurrir de la sociedad y la imposición del poder.

Van más de dos siglos desde que Napoleón, al invadir Egipto, abriera el país al contacto serio con el exterior y desde entonces, mediante el envío de «misiones» a Europa para estudiar, el comercio, el establecimiento masivo de extranjeros (los odiados jawagat, ya todos muertos o escapados hace muchos años) y —¿por qué no decirlo?— la penetración colonial, culminada en el Protectorado inglés, el país y las gentes fueron evolucionando y modernizándose, en los límites posibles, por supuesto. Pero se avanzó y sugirió la eventualidad de un futuro mejor si se saneaba la economía y se controlaba la natalidad, ambos objetivos fracasados en toda la línea y con todos los gobiernos. En esta misma página hemos recordado a Hoda Shaarawi y el fuerte simbolismo liberador de su gesto al arrancarse (hace casi un siglo) el velo y, también, el dramático retroceso social, político y cultural que ha traído la parsimoniosa ocupación del poder por los Hermanos Musulmanes desde la muerte de Abd en-Naser en 1970. Últimamente, sólo se han hecho con el gobierno —bendecidos por Estados Unidos—, pero el poder verdadero lo fueron copando desde que en los años setenta Anwar es-Sadat, que, entre otras cosas, era un santurrón asesinado por otros peores que él, les concediese una permisividad (sin traducción legal) con la que se infiltraron en las capas medias y bajas de las ciudades. Una infiltración fácil porque contaban con la pésima atención asistencial del Estado egipcio, a la que ellos reemplazaron en buena parte (obviamente, con dinero saudí) y, sobre todo, por actuar a su favor dos factores psicológicos clave: un fanatismo religioso sin paliativos ni necesidad de adjetivación y la elemental excitación del rencor antioccidental a través del victimismo irredento. Establecer focos de beneficencia, regalar ropa a mujeres pobres (las horrendas sayas y pañoletas «islámicas» que han uniformado a todas las mujeres y acabado con los vestidos tradicionales y no digamos con los europeos) para terminar presionando —¡y de qué manera!— a las residuales que se resistan y extender su influencia política entre los sectores más resentidos (que no son necesariamente los más pobres), constituyó un largo proceso cuyo final inevitable aceleraron las revueltas de Túnez y unos cuantos tuiteros con los ojos y dedos hipnotizados y presos en pantallas y teclas y los pies bien lejos del suelo.

Los medios de comunicación de por acá se lo creyeron, ansiosos de referir épicas ajenas ante la inexistencia de las propias y el despego y odio que provocan entre nosotros cuando se mencionan. Y los políticos de este lado del mar fingieron creérselo, porque convenía adaptarse, convivir con las nuevas situaciones y no llegar tarde, para provecho del vecino, a los nuevos negocios con otros interlocutores. Así se apoyó una aberración como la guerra de Libia y se empuja otra igual en Siria: sustituir una tiranía personal y de clan por un régimen teocrático todavía más bestial en las formas que el derribado. Diríase que asistimos a la eterna pugna, desde el siglo VII, entre grupos tribales centrífugos y la uniformización islámica que supera particularismos y no digamos derechos individuales. A este arrasamiento de tan imperfectísima modernidad (regímenes militares, dictaduras de partido único, gobiernos liberales entre la corrupción y la broma) acá le se está denominando democracia. ¿Cómo sorprenderse de que un pitecántropo barbudo —Hisham el-Ashri— incite a violar a las mujeres que no lleven velo (o sea, pañoleta, recuerdo), incluidas las cristianas, basándose en la delicuescente norma islámica de «promover el bien y corregir el mal», obligación de todo musulmán. Y no es casualidad que el mismo personaje ponga como modelos a Arabia Saudí y su Policía religiosa, algo que Egipto está en vías de lograr, gran exitazo de la diplomacia americana.

Recibo angustiados correos de asociaciones culturales egipcias pidiendo ayuda, cuando menos moral, y clamando para que no nos traguemos el burdo artificio de la democratización mediante la nueva constitución; sobre el pucherazo generalizado, o acerca de la presión, que ya roza los límites de lo criminal, contra las personas que quieren tomarse una cerveza, comer en ramadán fuera de las horas permitidas o —en el caso de las mujeres— llevar el pelo como les pete. Minucias que en nuestros círculos oficiales no merecen ni un leve pestañeo, pero en las que subyace una violencia extrema, hasta que resultan afectados el uranio o la pervivencia de la francofonía. Ya lo he contado en alguna ocasión, pero no huelga repetirlo: en mi último viaje a Egipto —aun estaba Mubarak, aunque por poco tiempo— presencié en la plaza frontera al Barrio Copto una escena pavorosa. Metidos en un taxi soportábamos un atasco, mientras por la acera caminaba una chica de muy buen ver, pero digna y correctamente vestida, con una hermosa cabellera ondeando. Justo en ese instante, pasó entre ella y nosotros un carrito de burro, conducido por un seguro admirador de Mursi y el-Ashri, que le espetó un feroz «¡ya wisja!», lo cual, en árabe, significa primero «sucia» y, como sentido secundario, pero frecuente, lo que se puede imaginar, en grado sucio, sucio de verdad. Sólo me formulé dos preguntas: a lo largo del día: cuántas veces esta muchacha debe soportar agresiones parejas o peores; y cuántas egipcias en el día, el mes, el año, sufren situaciones iguales. Y todavía estaba Mubarak.

Sería bueno que en España alguien nos explicara —al menos en reuniones de acceso restringido y si lo sabe— que debemos seguir a Estados Unidos en la demencial entrega de Oriente Próximo al humanitario tándem Hermanos Musulmanes-Arabia Saudí en aras de cerrar el paso a Irán y sus proyectos nucleares. Amén de que nos caigan propinas nada desdeñables en forma de contratos comerciales y venta de servicios, lo cual es fácil de entender para que contribuyamos a la maniobra con el silencio, aunque no de grado. Pero no oímos nada de eso por parte de los funcionarios oficiales y de sus jefes políticos, cuando aventuran una palabra sobre el tema, sino la mera repetición de una consigna ofensiva para la inteligencia: los Hermanos Musulmanes se han vuelto demócratas, ahora son moderados y debemos atizar guerras infames para concluir el periplo de Málaga a Malagón. ¿Para llegar a esto se burlaron tanto de la cómica Alianza de Civilizaciones del prócer Rodríguez? Pero también hay contradicciones. Si en Egipto y Siria seguimos a los intereses norteamericanos jaleando a los islamistas, en Malí, Níger, Mauritania nos plegamos a los de Francia, enfrentándonos a los islamistas en sus diversas advocaciones africanas, pero islamistas al fin, con los mismos objetivos que los Hermanos de Egipto, aunque en los métodos les lleven la delantera: mutilaciones, lapidaciones, exterminio de comunidades religiosas ajenas, destrucción de cualquier vestigio cultural que la brutalidad de un jefecillo guerrillero reputa sospechoso… Extremistas y moderados, la penúltima exhibición de escapismo y cobardía de nuestros dirigentes occidentales (¿o hay algo todavía más inconfesable?). Ante el eterno retorno del cinismo que tan buenos resultados ha dado en España al terrorismo («Unos varean el nogal, otros atropan las nueces»), la respuesta aparece cada vez más arrugadita y encogida. Y, por cierto, de seguir por esta vía, no se impedirá la nuclearización de Irán.

Serfaín Fanjul, Real Academia de la Historia

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