Dos años en el barro

Hubo elecciones. Los unos dicen que ganaron; los otros dicen que ganaron. Los unos dicen que perdieron los otros; los otros, que los unos. La matemática electoral no es la rama más exacta de esa ciencia exacta pero, en general, permite definir quién gana y quién pierde unos comicios. En la Argentina actual no alcanza: es metáfora fuerte de un país dividido, dos mundos que no se hablan; se gritan, a lo sumo.

El Gobierno dice que, con el 33 por ciento, sigue siendo el partido más votado. Y es verdad, solo que había tenido el 54 por ciento hace dos años: perdió más de cuatro millones de votos. Las oposiciones dicen que dos tercios de los ciudadanos votaron contra el oficialismo. Y es verdad, solo que se repartieron entre cinco o seis opciones —incluidas varias peronistas—. Así que el resultado se discute, y nadie dice que perdió, y nadie cree del todo que ganó. La Argentina real, mientras tanto, sigue dando vueltas, tiovivo desbocado.

El pasado 30 de octubre se cumplieron 30 años de un día en que parecía que empezaba un país nuevo. Aquel domingo votábamos tras siete años de brutal dictadura; aquella noche, la sorpresa ocupaba las calles: el peronismo perdía por primera vez en unas elecciones libres. Parecía que, muerto su líder, empezaba a acabarse. Era otro espejismo: este domingo, 30 años después, los varios “peronismos” en disputa sacaron el 60 por ciento de los votos.

Este domingo, en la Argentina, terminó una campaña electoral que duró tres meses largos y empezó otra, que va a durar dos años. Empezó la era del vacío.

Un vacío muy claro de poder. Estos días el Gobierno está acéfalo: la presidenta reposa y nadie sabe quién conduce. El vicepresidente Boudou es tan impopular que su partido lo esconde y ningunea: hace unos días le preguntaron al ministro del Interior qué haría si Boudou le diera una orden y contestó: “Bueno, lo más probable es que eso no ocurra…”.

Mientras, la presidenta lleva semanas encerrada en su enfermedad y nadie sabe qué hace, qué dice, qué piensa. Sus próximos dicen que la mantienen perfectamente desinformada por prescripción médica; para una mujer acostumbrada a la actividad sin pausa, tantas horas de no tener en qué pensar deben dar mucho que pensar.

En unas semanas tendría que volver a su trabajo; nadie sabe en qué condiciones y, en cambio, todos saben que —tras estas elecciones— ya no tiene ninguna chance de reelegirse en las presidenciales de 2015. Tampoco tiene un heredero fiable —porque su herencia ahora es una carga y porque la tradición peronista dice que ningún heredero es fiable: que todos deben, una vez llegados al poder, traicionar al que se lo ha entregado para no dejar vivo a un enemigo peligroso—. Así que, vacía de cualquier continuidad, Cristina Fernández tiene que seguir dos años más tras el fracaso de su plan.

Tiene a su favor el Parlamento: son las pequeñas delicias de la delegación democrática, que hace que un partido mayoritariamente rechazado por los electores tenga la representación mayoritaria de esos electores. Alguien podría suponer que querrá aprovecharlo para cumplir sus metas más deseadas, si se pudiera saber cuáles son esas metas. Su política reciente ha sido más que errática, vacía por acción y reacción: pagar bonos de deuda después de decir que nunca los pagaría, firmar contratos con la norteamericana Chevron después de echar a Repsol so pretexto de nacionalismo petrolero, nombrar a un general represor al frente del Ejército para conseguir que ese Ejército se vuelva más “nacional y popular”, abrazar al Papa que atacaba como cardenal, y tantas otras. Alguien podría suponer entonces que su única meta es mantener el poder como sea y que, impedida de conseguirlo, ya no le quedan otras y quiere abandonar. Alguien podría suponer, en cambio, que su natural luchador lo llevará a pelear hasta las últimas, aún sin futuro, imaginando futuros más mediatos, retornos, operaciones medio mágicas. Alguien podría suponer que la ayudará a imaginarlos su triunfo más reciente: acaba de ganar la lucha leguleya contra su antiguo aliado, el Grupo Clarín, que sus tropas habían convertido en una suerte de guerra santa inverosímil, la tía de todas las batallas. Alguien podría suponer tantas otras opciones: no es bueno tener que suponer a un presidente.

Por ahora, su ventaja es que se enfrenta a poco. El rechazo de su retórica de falsa izquierda populista abrió las puertas para la restauración de un discurso de orden y mercado. El hartazgo de su idea de la política como pelea permanente puede convertirse en hartazgo de la política a secas. Si la elección presidencial fuera mañana, se decidiría entre tres señores con aspecto de jóvenes dinámicos sonrientes eficientes inocentes de cualquier idea, que parecen dibujados por el mismo creativo publicitario: el alcalde de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri; el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli; el alcalde del Tigre y gran esperanza blanca del mes, Sergio Massa.

Scioli y Massa son peronistas; Macri dice que es o que no es según los días. Scioli es parte del aparato kirchnerista, Massa lo fue, Macri no. Los tres son variaciones sobre el tema del cuarentón o cincuentón juvenilista buen mozo bien humorado que no va a aburrir al público hablándole de programas o de ideologías sino que lo tranquilizará repitiendo una y mil veces que lo entiende, que sabe que lo que “lagente” quiere es vivir en paz, que no haya inflación, que no haya corrupción, que no haya delincuentes, que los dejen tranquilos. Un discurso por reacción, muy cerca del vacío: la canción habitual de la derecha latinoamericana en estos días.

Pero faltan dos años para esas elecciones. Mientras tanto, en la era del vacío, lo que amenaza es un modelo económico que hace agua por demasiados lados. Largos errores del Gobierno: los subsidios a los servicios públicos, que empezaron con unos 4.000 millones de pesos en 2003, van a llegar este año a los 140.000 millones; los reciben corporaciones de energía, transportes, comunicaciones que, pese a esas dádivas, funcionan cada vez peor: las redes de gas y agua y electricidad no dan abasto, los trenes chocan, los caminos colapsan. Por otro lado las importaciones de petróleo y gas —en un país que hace 15 años se autoabastecía— andan por los 7.000 millones de dólares anuales. Y el sector industrial tiene un déficit de 20.000 millones.

Así que las exportaciones de granos y otras materias primas cubren cada vez menos y el Gobierno, para paliar el déficit, imprime pesos y el ciclo inflacionario se dispara y todos los fantasmas argentinos se disparan. Y las realidades: los sueldos otra vez no alcanzan, la cantidad de pobres y desocupados y desnutridos crece, la criminalidad aumenta, la falta de futuro. El ciclo corre hacia un final más o menos brutal, tan argentino.

Cristina Fernández hará todo lo posible para que no le suceda: no a ella. Imagino estos dos años que faltan para las presidenciales de 2015 como una lucha en el barro en que el kirchnerismo intentará por todos los medios postergar ese final hasta después de entregar el poder y los que aspiran a recibirlo querrán, inconfesable, que el estallido se produzca antes, para no tener que hacerse cargo. No es un panorama alentador y en el medio, bajo el fuego cruzado, hay 40 millones de personas y más años perdidos de antemano, vacíos de proyectos.

Pero por suerte hablamos de Argentina, un país donde todo puede pasar; un país donde, si algo se puede prever, es que nunca puede preverse nada.

Martín Caparrós es escritor y periodista argentino. Su última novela es Comí (Anagrama). Es autor del blog Pamplinas en elpais.com.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *