Dos apuntes musulmanes. Ankara (I)

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 22/07/06):

La gente acostumbra visitar Estambul, ese crisol apabullante de culturas, civilizaciones, épocas, incluso continentes; lugar de pasiones inconfesas y sueños de otra época. Aseguran que nadie puede resistirse al encanto de la vieja Bizancio y tampoco nadie puede evitar que pronunciando su nombre, Constantinopla, paladee la memoria de los últimos flecos de una historia que nos contaron en voz baja, como si allí se hubiera jugado el destino de unos antepasados de los que me reconozco poco propenso a asimilar entre los míos. Constantinopla, Bizancio, Estambul, me quedan tan lejos que me parecen motivos de novela; El ángel sombrío,de Mika Waltari, sin ir más lejos, aquel finlandés olvidado que reconstruyó con éxito y brillantez algunos lugares sagrados de las viejas culturas. Amí Estambul, Constantinopla, Bizancio, me asustan, porque me agobian. Son ciudades en las que uno se siente intimidado por el peso de la leyenda y las convenciones culturales.

Confieso que mi interés siempre se dirigió a Ankara, la insólita capital turca. Por varias razones. En primer lugar por algo tan sencillo, tan infantil si quieren, como su nombre, vinculado a los gatos de Angora y las lanas legendarias que convierten la imagen de una ciudad en una evocación de lo arcaico y lo común, juntos. Hay niños que tuvimos limitaciones para los grandes cuentos donde aparecían Estambul, Damasco o Bagdad; nos solazábamos con historias más sencillas y sufridoras de tipos bragados que disfrazados de cualquier cosa vulgar cruzaron el mundo hasta alcanzar esto, la meseta de Anatolia, ahí donde se concentra el poder del que fuera imperio turco.

Porque declamar Estambul no es decir Turquía sino expresar un lugar donde está todo, como si fuera un fastuoso parque temático de la historia, del arte, de la música, de la gastronomía. Pero pronunciar Ankara es limitarse a llamar turco lo que es turco.

Si algún español trata de acercarse al mundo turco lo tiene difícil; sin apenas darse cuenta, por el simple hecho de haber nacido donde ha nacido, llevas en los genes tal cantidad de tópicos, interpretaciones, símbolos, referencias, que es muy difícil separarse del estereotipo. Si hay palabra denostada en castellano es la expresión turco.El más clásico de los diccionarios españoles, el de Sebastián de Covarrubias, impreso en 1611 y auténtico vivero de la lengua que se habla y que con razón se denomina Tesoro de la lengua castellana,dice a propósito de turco:”esta nación es más conocida de lo que habíamos menester, por haber venido a señorear tan gran parte del orbe; gente baja y de malas costumbres, que vivían de robar y maltratar a los demás”. Ahí tenemos un modelo de literatura que aún perdura; ideología en dosis de Estado. Casi nada, pensando que se trata de un libro llamado a establecer la objetividad en la lengua y en la ciencia. Sería difícil imaginarse que alguno de los historiadores al uso exigiera a las autoridades públicas que dan el visto bueno a los libros de textos, que se revisara con rigor y audacia todas las concepciones malsanas de la historia. Las referencias en España al judío y sus derivados son realmente brutales; no digamos ya la de moro,a partir de la llamada Reconquista que tengo fijada en mi memoria de pésimo escolar. Pero a todas supera la de turco. En el Imperio Otomano estaba mal considerado llamar turco a alguien; era despectivo y sólo se aplicaba a los paisanos de la Anatolia rural. A dios gracias que los argentinos, auténticos prodigios en la adaptación linguistica, denominan turco,y con mucha gracia, a quien en puridad no tendría nada que ver.

Lo digo con humildad, a mí, Ankara, me parece un ciudad muy interesante. Tiene ese aire de oasis asilvestrado de muchas ciudades orientales, donde a uno le cuesta imaginar que exista plan urbanístico alguno. Nuestras ciudades, por más espantosas que sean, tienen un cierto orden. En Oriente, sea Asia Mayor o Menor, la mezcla es una imagen de marca; cada barrio parece un conglomerado histórico donde convive todo. Ankara tiene parques hermosos y cuidados, y avenidas suntuosas y ese tráfico asesino que caracteriza el modo de conducir en las aglomeraciones urbanas que saltaron al coche desde el mundo rural; quien no esté dispuesto a pelear con su vehículo por imponerse en la jungla del asfalto, mejor que lo deje en el garaje.

Ankara constituye un caso único; inventarse una capital para una sociedad donde lo único que había en abundancia era historia y derrotas. Nada que ver con Brasilia y otras invenciones urbanas de gente moderna. Ankara es el centro de un país que fue un inmenso imperio durante cinco siglos y que un buen día de 1923, en modesta recuperación de muchas derrotas y alguna victoria portentosa, un individuo de personalidad curiosa, llamado Mustafa Kemal, más conocido como Ataturk – literalmente, padre de los turcos-, decide nada menos que cambiarlo todo. Crear una capital, cambiar el abecedario, imponer un código civil sacado del modelo suizo y hacer que millones de turcos, empezando por él mismo, aprendieran algo parecido a una nueva lengua, al menos en su manera de escribirla, y desterrar la religión musulmana al ámbito de lo privado – algo insólito en la cultura islámica ¡y en la católica hasta bien entrado el siglo XX!- e imponer modos de vestir, de relacionarse, de gobernar, de escribir. En español, que yo sepa, no existe nada realmente valioso sobre Ankara, apenas notas en los libros turísticos traducidos del inglés, y sobre Kemal Ataturk, aún menos, salvo un texto publicado hace casi diez años por la meritoria Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, titulado Origen, influencia y actualidad del kemalismo,escrito por el turco Menter Sahinger.

Para hacer un examen a la europeidad rampante que nos atosiga, no creo que haya pregunta más compleja y más maligna que exigir de los ciudadanos una respuesta a si Turquía debe incorporarse a la Unión Europea.

Al margen de la cuestión geoestratégica, tan decisiva, sería precioso escuchar a la gente todos los tópicos sobre el mundo turco, absolutamente desconocido para la gran mayoría de los ciudadanos, y pronunciar frases sentenciosas basadas en prejuicios, o lo que es peor en las secuelas de las pasiones turcas y la literatura para señoras de dos novelas al año. En Kemal Ataturk está el secreto. ¿Cómo fue posible que un imperio tronado y corrupto fuera capaz de dar la vuelta a su inevitable final y convertirse en una potencia? Ocupada por los vencedores de la Primera Guerra Mundial, invadida por los griegos, segregada por minorías-mayoritarias de armenios y kurdos, logra sobrevivir sin ser troceada salvo en su imperio exterior, dejando la península y algún territorio en la Europa continental como nación incólume, pero con un costo de matanzas, represión y violencias que convirtieron al ejército turco en el único instrumento hegemónico durante varias décadas.

Sorprende la personalidad de Kemal Ataturk porque cuesta trabajo entender cómo es posible que un tipo de formación castrense, es decir, muy limitada a su oficio, fuera capaz de crear una nación sobre un territorio inmenso y además decidir sobre aspectos impensables en un estadista del siglo XX: eliminar los caracteres arábigos e imponer los latinos, sacar la religión de la vida pública, cambiar la vestimenta, los hábitos, las ambiciones y hasta el horizonte de un país ubicado en el mundo islámico y que se propone servir de puente entre dos civilizaciones encontradas. Baste decir que en la sociedad turca, la democracia, es decir, el derecho de todo ciudadano a votar y ser elegido, conduce inevitablemente al islamismo por evidencia demográfica. Yel ejército es la única, digo bien, la única, contención laica a la introducción de la ley islámica en todos los aspectos de la sociedad. Es decir, y hablando en plata, que el ejército turco, experto en todas las represiones conocidas secularmente, es la garantía de que la sociedad y el Estado no basculen a una visión dogmática del islamismo. La paradoja de las paradojas. Porque en Turquía se acumulan las situaciones paradójicas; pueden leerlas ustedes mismos en Nieve (Alfaguara), la arrebatadora novela de Orhan Pamuk. El ejército es garante de la laicidad, impuesta desde los tiempos de Kemal Ataturk, padre de una patria que fue imperio musulmán, pero la democracia bascula por el peso de los votos hacia la dictadura islamista. Por ejemplo, Ankara. Una ciudad impuesta por Ataturk como capital, porque de la vieja Anatolia debía renacer la nueva nación turca, está sin embargo sometida a una presión de islamismo fundamentalista palpable en aspectos tan superficiales como evidentes; las dificultades para tomar una cerveza, por ejemplo, o la abundancia de velos islámicos en las zonas populares, en contraste con los barrios económicamente potentes donde la exhibición de riqueza al modo occidental resulta apabullante.

Habrá que volver a Turquía. Como motivo y como ejercicio de reflexión. Un país brutalmente nacionalista donde los dos mitos más arraigados, en la derecha y en la izquierda, son Kemal Ataturk y el poeta Nazim Hikmet, un comunista muerto en el exilio tras trece años y cinco meses de cárceles turcas. Pues bien, ambos nacieron en Tesalónica, actual ciudad del norte de Grecia y podrían considerarse tan griegos auténticos como turcos orgullosos. Es la paradoja de mundos que se superponen y donde los conceptos aprendidos resultan una dificultad para abordar la realidad. Hay un poema de Hikmet, uno de los poetas más singulares de un siglo pródigo en ellos, que dice: “Amo a mi patria: he cogido pájaros en sus árboles, dormido en sus cárceles. Nada disipa mi nostalgia tanto como los cantos y el tabaco de mi patria”.