Dos conceptos de populismo

El populismo ha transformado la política europea e internacional de la última década. Incluso en un país como España, donde se suele comprender lo político desde lo personal y lo partidista, el populismo ha generado el suficiente interés teórico como para que los libros sobre este asunto abarroten las librerías. A pesar de que el populismo es el tema político de esta década, su significado sigue siendo oscuro y se suele usar de modo impreciso, lo cual nada tiene de extraño en la lengua de la política. Muchos de los más prestigiosos analistas, sobre todo cuando se sienten herederos de la tradición liberal, han tendido a realizar una condena in toto de este discurso. El populismo representa la última amenaza a una democracia liberal que, a pesar de su triunfo histórico, sigue siendo sensible a los reproches. Por este motivo, es frecuente acusar al populismo, sobre todo en su versión de derecha (cuyos actores internacionales son Salvini, Orban, Trump o Bolsonaro) de fascismo, lo cual, hasta ahora, solo puede ser considerado como una exageración de quien está a la defensiva. Sin embargo, estas críticas, muchas veces formuladas en los diarios y en los editoriales de mayor influencia y prestigio, son contemporáneas del éxito de un populismo, impensable hace menos de diez años. Cuando Rajoy obtenía su aplastante mayoría absoluta y Obama alcanzaba la reelección.

Dos conceptos de populismoQuiero introducir una distinción que puede ayudar a comprender el populismo: su debilidad, pero también su inevitabilidad. Se debe establecer una diferencia entre el populismo como estrategia electoral y como origen de la legitimidad del poder. Si el primer significado hace referencia a una opción más, normalmente exagerada y unilateral, en el mercado contemporáneo de las ideologías políticas, el segundo significado se vincula con una realidad mucho más importante y cruda: el populismo se revela como la única justificación posible del poder en el mundo democrático.

En primer lugar, se debe explicar el contenido del populismo como estrategia electoral de un partido político, pues se trata del significado en que se han concentrado la mayoría de los estudiosos del populismo. Mud y Rovira han considerado que la característica que unifica todas las estrategias electorales populistas consiste en crear una dicotomía social entre «los de arriba» y «los de abajo». La retórica habitual del populista establece que existe una separación radical entre los políticos y el pueblo. El populista será el encargado de devolver al pueblo el poder que la casta de Pablo Iglesias o el Washington de Trump le ha arrebatado.

El significado electoral del populismo se puede ver de una manera diferente y complementaria. Su estrategia fundamental busca renovar el statu quo. Frente a una política que se solidifica en unas costumbres, tan razonables unas como injustificables otras, el populista se presenta al electorado con la misión de eliminar las prácticas políticas establecidas, como si todas fueran igual de malas. Electoralmente, el populismo es y será exitoso mientras los votantes acepten la condena global que el populista hace del statu quo. El triunfo de esta fórmula no depende solo de la pasión del votante o del atractivo del caudillo, sino de la misma realidad objetiva del país. Es razonable que en Brasil se condene al statu quo más globalmente que en España y en nuestro país con mayor amplitud que en Suecia.

Como estrategia política, los flancos débiles del populismo son innegables. Su exaltación retórica y tendencia a establecer oposiciones perfectamente dicotómicas le tienden a jugar malas pasadas. Los líderes populistas son capaces de presentarse como renovadores y conectados con el pueblo marginado. Incluso cuando son representantes paradigmáticos de otras élites, como la económica (el caso de Trump y Berlusconi), cuando no de la misma clase política que consideran corrupta (Podemos acaba de entrar en el reparto del CGPJ, como si no fuera una de las costumbres más reprobables de la política española).

El segundo significado del populismo se vincula a la legitimidad del poder. Insiste en que el origen de todo poder en la sociedad democrática es el pueblo. Recuerda que, en democracia, la extrañísima realidad del poder según la cual la voluntad de unos determinados individuos cuenta más que la de la inmensa mayoría, se debe a que esos mismos débiles individuos han decidido crear a unos poderosos por su propia conveniencia. Este segundo significado de populismo recuerda que, en nuestro sistema de poder, solo la voluntad popular legitima el poder.

La monarquía es una institución política que muestra de modo especialmente claro la inevitabilidad del populismo en la experiencia contemporánea. ¿Por qué en la España actual existe la monarquía? Porque el pueblo español lo quiere. Ni el monárquico más fiel podría argumentar que Felipe VI lo es por la gracia de Dios o porque la jefatura de Estado español le corresponde al patrimonio de la familia Borbón. Tampoco se debe a un motivo racional. Nuestra monarquía se justifica de modo popular y populista, lo cual es una excepción en la historia de la monarquía europea.

Aunque cuesta reconocerlo, el liberalismo se encuentra en la misma situación derivada que la monarquía. Si en España existe separación de poderes, seguridad de la propiedad privada y otras instituciones de matriz liberal, no se debe principal ni únicamente a que sea el modo más racional de la existencia política, ni a que siempre sea efectivo. Existen muchos países con un sistema liberal en los cuales el ejercicio del poder es catastrófico. Río de Janeiro estaba militarizado mucho antes de que Bolsonaro venciera las elecciones presidenciales. En una democracia, el poder se organiza de modo liberal porque el pueblo lo ha decidido. La realidad original es el pueblo y la consecuencia derivada es el liberalismo. El liberalismo no debe presentarse como inevitable y natural fin de la historia. Debe tener la capacidad de convencer al pueblo de que es la mejor organización del poder. El liberalismo se siente incómodo con el populismo por dos motivos. Con razón le desagrada una opción política que suele presentar programas exagerados y unilaterales, como si la vida política de una sociedad pluralista pudiera vivir sin dudas ni transigencias entre opciones mutuamente incompatibles. Electoralmente, el populismo es puro principio de placer, ansioso por destrozar un statu quo, sin darse cuenta de que si la política venezolana siempre fue problemática, nunca lo fue tanto como con las unilaterales soluciones populistas aplicadas por Chávez y Maduro. Sin embargo, el populismo también molesta al liberalismo porque le recuerda que su realidad depende de una decisión popular. El liberalismo como concreto sistema de poder no existe ni por su bondad intrínseca ni por su razonabilidad, sino por ser la decisión política de un determinado pueblo. Si el liberalismo insiste en esconder su naturaleza política, es posible que el éxito de aquellos que recuerden que el pueblo es la única fuente de legitimidad siga creciendo. Incluso si presentan un programa político que es el que peor capta la complejidad de nuestras sociedades.

Miguel Saralegui es profesor en la Universidad del País Vasco.

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