Dos discursos sobre inmigración

Hace algunos días más de seiscientos inmigrantes subsaharianos lograban entrar en España traspasando por la fuerza la valla fronteriza de Ceuta. La avalancha, bien organizada, produjo escenas de gran violencia, con decenas de inmigrantes rodeando a cada guardia civil presente, muchos de los cuales fueron agredidos con plena impunidad. En la misma semana otras 1.300 personas fueron rescatadas en el Estrecho y el Mar de Alborán, mientras que durante el mes de julio cerca de 8.000 individuos procedentes de África accedieron ilegalmente a nuestro territorio. Todo ello ha sucedido el mismo verano en que el Gobierno accediera a acoger a otros seiscientos inmigrantes rescatados en aguas mediterráneas y rechazados por Malta e Italia; y el mismo año en que nuestro país ha recibido ya unos 25.000 «irregulares», mayormente llegados por mar, solo durante sus primeros siete meses, como efecto de una oleada que, a buen seguro, continuará en alza por varios meses más. Fuente de vivencias y estampas desgarradoras, esta clase de crisis liberan altas dosis de demagogia y resucitan intemporales debates (¿cómo gestionar el fenómeno migratorio?), donde no pocos de los argumentos esgrimidos suelen respaldar visiones parciales y soluciones falsas que conviene desechar.

Una primera perspectiva errónea es aquella que a menudo desemboca en la exigencia de alguna medida implacable contra la inmigración (según expresión acuñada por Rafael del Águila, brillante politólogo español ya desaparecido): omitir toda ayuda a los migrantes en tránsito, rechazar la acogida de cualquier inmigrante llegado por vía irregular, cerrar nuestras fronteras a cal y canto, etc. Inspirado por la aversión o el miedo a lo diferente y desconocido, tal tipo de discurso presenta al menos dos problemas evidentes. Primero, que sus demandas entran en conflicto con valores fundamentales de nuestras sociedades abiertas con raíz en el humanismo secular y cristiano (sobre todo, el principio de solidaridad). Y, segundo, que los argumentos que le sirven de apoyo conllevan generalizaciones sumamente discutibles, cuando no auténticas falacias: «Ya hay demasiados», «nos roban el trabajo», «todos son delincuentes», «no se integran», «la inmigración solo genera cargas económicas», y en ese plan. El discurso implacable procura ocultar, además, que en tiempos de bonanza económica los inmigrantes suelen contribuir a aumentar la productividad cubriendo funciones que otros rechazan, o que, dadas sus bajas tasas de natalidad, los países europeos no podrían permitirse interrumpir los flujos migratorios, a menos que estuvieran dispuestos a desmantelar sus Estados del bienestar. Afortunadamente, a los implacables les sobran los críticos, y su representación en la sociedad española es marginal. Sin embargo, visto el éxito que están disfrutando partidos y movimientos antiinmigración en otros países europeos, más vale mantenerse alerta ante la posibilidad de que esa misma tendencia pudiera llegar a crecer y consolidarse también entre nosotros.

Otra concepción problemática sobre el asunto migratorio es la que se alza sobre argumentos aparentemente impecables. Si la visión implacable vive de demonizar el fenómeno migratorio, el discurso impecable sobre la inmigración comporta su santificación. Asume que los inmigrantes, por el hecho de serlo, solo pueden hacer el bien; y exige, no solo que se les preste socorro y asistencia, sino que sean disculpados de cualquier falta en la que pudieran incurrir, al ser fruto de una peripecia vital llena de tribulaciones y víctimas de discriminaciones diversas. Y solo se proponen medidas benevolentes (de las que se esperan solo buenos efectos), como acoger a todos los extranjeros que lleguen, sin imponer límite ni exigencia alguna (por tanto, abrir las fronteras de par en par); regularizarlos sin excepción («papeles para todos»); establecer toda clase de ayudas y medidas de «discriminación positiva», incluso a riesgo de crear agravios comparativos con la población autóctona, etcétera. Así, los impecables apelan a valores y sentimientos que consideramos irreprochables, lo cual hace muy difícil criticar su posición y argumentos, máxime cuando quienes se atreven a intentarlo se arriesgan a ser tachados de xenófobos, racistas, fascistas, etcétera.

Con todo, la inmigración es un fenómeno social complejo y los inmigrantes, no son ángeles, sino personas de carne y hueso (falibles y distintas entre sí), mientras que los responsables de gestionar los procesos migratorios no cuentan con recursos infinitos. Por eso, la inmigración y las medidas que la favorecen rara vez están exentas de inconvenientes. Así, los «efectos llamada» existen (aun cuando su incidencia no sea tan inmediata como viene sugiriéndose estos días); las llegadas masivas de «irregulares» suelen saturar la capacidad de los centros de acogida situados en los puntos de entrada (así sucede recurrentemente en Ceuta y Melilla, ciudades que siempre necesitan bastante más apoyo del que reciben), pudiendo crear verdaderos focos de tensión; la aceptación de «ilegales» potencia el tráfico de seres humanos, un negocio que obstaculiza el desarrollo de los países de origen y favorece la explotación de personas en los países de acogida; y los flujos irregulares pueden ser aprovechados para colar terroristas, como ya ha ocurrido (aunque la mayoría de los atentados recientes no hayan sido perpetrados por extranjeros recién llegados a Europa).

Igualmente, el asentamiento de población con origen o ascendencia extranjeras puede incubar otras problemáticas: dificultades para integrarse, consecuencia en ocasiones del empeño en mantener un estilo de vida y pautas de conducta contrarias a las normas y valores vigentes en la sociedad de acogida; creación de nichos de marginalidad copados por inmigrantes o por sus primeros descendientes, etcétera. La ciudadanía suele exagerar a menudo la magnitud de esa clase de hechos, ignorando simultáneamente los numerosos casos de integración exitosa. Como sabe cualquier científico social, lo anterior ocurre porque los ejemplos de personas desadaptadas y conductas conflictivas o peligrosas son mucho más llamativos y «noticiables» que sus opuestos. Sin embargo, que un problema se exagere no significa que no exista o no pueda ocasionar algún perjuicio grave.

En definitiva, si resulta estúpido demonizar el fenómeno, no lo es menos ocultar que la inmigración también puede entrañar riesgos y problemas que debemos anticipar y enfrentar. Como diría Max Weber, «quien no ve esto es un niño». O, tal vez, algo peor: un irresponsable.

Luis de la Corte Ibáñez, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid.

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