Dos formas de entender el mundo

Probablemente la raíz del problema secesionista al que asistimos en España sea triple: por un lado, la existencia de una élite nacionalista que no acepta que la diversidad de identidades en una comunidad política es tan variada y numerosa como las personas que la conforman. Están obsesionados en homogeneizar algo que por propia definición es imposible. La identidad es individual y nadie tiene derecho a manipularla. Por el contrario, insisten como si los ciudadanos fueran un rebaño: «Cataluña se siente agredida por España», «Euskadi está oprimida por España».

Por otro lado, un oportunismo político que se concreta en aprovechar una situación económica inédita para proyectar interesadamente la idea de que «solos, estaremos mejor». Si el origen de nuestros males es la pertenencia a España, rompamos con ella por la vía de la independencia económica. Y mientras tanto, «a mí ni me miren».

Y en tercer lugar, el hecho de que en España el concepto de ciudadanía aparece diluido y sin contenido político. No hemos sido capaces de crear aún una sociedad crítica y recelosa de la tutela del poder público. En ese escenario, los partidos nacionalistas han extendido su influencia hasta donde nadie se lo había pedido, llegando a influir en sociedades culturales, gastronómicas o incluso en clubes de fútbol.

De esta manera, con el oportuno poder autonómico, resortes en materia educativa y unos presupuestos públicos convenientemente articulados para servir a la causa, los mensajes independentistas han calado poco a poco. Si la reivindicación es un fin en sí mismo y la queja un ideario político con beneficios electorales, ¿para qué correr? Todo esto ha conseguido, unido a la manipulación del lenguaje que identificó Victor Klemperer en «La Lengua del III Reich», crear una verdad en el País Vasco y Cataluña: «el buen vasco o catalán, el auténtico, es el nacionalista».

Nuestro problema no es la existencia de independentistas, aunque sean muchos. Aceptemos que hagamos lo que hagamos no van a cambiar. Lo importante es saber cómo vamos a reaccionar: ¿Vamos a responder a un slogan con otro? ¿Entraremos al juego de pesar al kilo identidades? ¿O seremos capaces de responder con altura de miras e inteligencia?

Se empobrece la democracia si se acota su significado a un medidor de voluntades, si se obvia interesadamente que no hay democracia sin ciudadanos libres y sin respeto a sus normas legales. Porque la Ley es garantía de convivencia y la herramienta que ampara el respeto a la multitud de sentimientos de una comunidad política.

Creo que ha llegado el momento de tomar la iniciativa, de romper esta inercia en la que cíclicamente los nacionalistas embisten y los demás respondemos. Pongamos orden y liderazgo. Afrontemos con decisión una realidad aplastante: mientras el mundo se esfuerza en derribar muros, aquí se consolidan los que quieren levantarlos. En la historia contemporánea hay dos modelos políticos en permanente colisión: los que ponen al ciudadano al servicio de proyectos más o menos abstractos (nazismo, comunismo, nacionalismo) y los que sitúan a la persona como protagonista. El PP representa con nitidez éste segundo modelo. ¿Por cuál opta nuestra comunidad política?

No me asusta un debate sobre nuestro reparto competencial o modelo de financiación, pero sí que las reglas de ese debate, que los «tiempos», los marquen quienes ponen al ciudadano al servicio de una ideología. Este debate siempre nace viciado porque los nacionalistas anteponen sus intereses y visión reducida del mundo, lo cual nos impide afrontar con determinación y serenidad un debate nacional sobre nuestra Constitución. No hay lealtad. Y vuelta a empezar.

En este escenario, el papel del PP, especialmente en el País Vasco y Cataluña, adquiere una dimensión de primer orden. Somos un partido con una base ideológica amplia pero con una convicción inequívoca: la confianza en el ciudadano y en su libertad individual. Nuestra apuesta no es por el «enfrentamiento» con el nacionalismo. Sí por «confrontar» nuestro proyecto político, —abierto a nuevas realidades, plural, moderno y sustentado en la España constitucional y en la Europa por construir—, con un proyecto nacionalista encerrado en sí mismo y sustentado en ideas viejas de un mundo añorado que ya no es ni será nunca igual. Sabemos que la globalización ha convertido el planeta en un lugar más pequeño, más accesible, lleno de oportunidades pero también con retos que afrontar, mucho más competitivo y apasionante. Sabemos que sólo unidos, juntos, siendo líderes y contribuyendo al desarrollo de España podemos tener un futuro con más garantías.

Se trata de confrontar dos modelos de sociedad y dos maneras de entender el mundo: la nacionalista, que por decirlo de una manera gráfica, representa al fax en la política (parece útil pero es muy viejo) con nuestro modelo, que es el correo electrónico o el whatsapp (más ágil y dinámico). Por eso me parece un acierto la respuesta del presidente del Gobierno: ofrecer diálogo, porque todo es posible dentro de la Ley, incluida su hipotética reforma, y tener claro que nada es posible desde la ruptura de consensos y el chantaje.

Borja Sémper Pascual, presidente del PP de Guipúzcoa.

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