Dos grandes efemérides

Tenemos en 2019 dos grandes efemérides que en cualquier otro país habrían supuesto un poderoso estímulo para impulsar numerosas iniciativas, grandes fastos y celebraciones varias. Pero recordar gestas de nuestro pasado parece quedar fuera de los deseos de nuestros gobernantes. Este año hace quinientos, por lo que estamos ante el quinto centenario, del inicio de la conquista del imperio azteca, por Hernán Cortes que, en marzo de 1519, fundaba la primera villa en lo que sería Nueva España: Santa María de la Victoria. Ese mismo año, del sevillano muelle de las Mulas, zarpaba una escuadra de cinco naves -cuatro naos y una carabela-, una de las cuales acabaría, tras tres años de incontables aventuras y grandes penalidades, dando la primera vuelta al mundo. Una hazaña comparable a lo que, en nuestra época, es poner el pie en la Luna.

Sobre la gesta de Cortés, nuestro gobierno parece no querer oír hablar. Tal vez, temeroso de molestar a algún socio de moción de censura que tiene a aquellos españoles como genocidas que acabaron con el imperio azteca, que es como ha pretendido presentarlos una visión histórica sesgada, emparentada con la Leyenda Negra. Ciertamente, los conquistadores españoles no eran miembros de organizaciones defensoras de los derechos humanos. Eran hombres de su tiempo, respondían a los planteamientos vitales de entonces y actuaban según la escala de valores de su época, que no coincide con la nuestra.

Si en lugar de ser compatriotas fueran anglosajones la historia los habría presentado como los salvadores de las numerosas comunidades indígenas sojuzgadas por los aztecas, los grandes dominadores del territorio. Unas gentes que ofrecían a sus dioses sacrificios humanos, en número que impresiona, sacando a las víctimas el corazón de su pecho cuando todavía palpitaba. La humanidad les debería eterno agradecimiento por haber puesto fin a tan salvaje práctica, que fue lo que hicieron los supuestos genocidas españoles. Serían unos héroes que pusieron fin, enfrentándose a fuerzas infinitamente superiores con un arrojo y un valor dignos de toda clase de encomios, a aquellos salvajes. Pero no, la gesta de Cortés y sus hombres no merece ser recordada. España debe abominar de ese pasado en que forjó uno de los mayores imperios de la historia porque el imperialismo es la fuente de todas las desgracias que en el mundo son. El mestizaje, tan alabado en nuestros días, es considerado por algunos simplemente el resultado de la lujuria de los españoles. Por supuesto carecen de importancia las cerca de treinta universidades creadas por los españoles, tres de ellas en lo que hoy es Méjico: la Real y Pontificia Universidad de Méjico (1551), la Real y Pontificia Universidad de Mérida, en el Yucatán (1624) y la Real Universidad de Guadalajara (1791) asentada sobre la base del colegio de los jesuitas, de Santo Tomás de Aquino. Indiquemos que los ingleses no dejaron una sola universidad en la América anglosajona. El que quisiera estudiar, que lo hiciera en Oxford o en Cambridge.

La gran empresa naval que culminó con la primera vuelta al mundo fue avalada por Carlos I. Poco después de su llegada a España firmaba las Capitulaciones de Valladolid (marzo de 518), que fueron la base legal para que en agosto del año siguiente salieran del puerto de Sevilla y algo más de un mes después lo hicieran de Sanlúcar de Barrameda la Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago, buscando un paso que les permitiera llegar al conocido entonces como Mar del Sur, descubierto pocos años antes por Núñez de Balboa. La búsqueda de aquel paso, la había intentado encontrar con anterioridad Díaz de Solís, pero no pudo porque junto a parte de sus hombres fue devorado por los indígenas. Encontrar el paso para llegar al Mar del Sur, que suponía además abrir una ruta para llegar a las Islas de las Especias, conocidas también entonces como el Moluco, terminó permitiendo dar la primera vuelta al mundo, al llegar a Sanlúcar de Barrameda y después a Sevilla, la Victoria, la única de las naos que había conseguido completar el periplo, mandada por Juan Sebastián Elcano.

El hecho de que el mando de la escuadra fuera confiado por Carlos I a Fernando de Magallanes, castellanización de Hernando de Magallanes, de nacionalidad portuguesa, ha llevado al país vecino a impulsar una serie de conmemoraciones con motivo del mencionado quinto centenario, como si se tratase de una gesta lusitana, sin que las autoridades españolas hayan mostrado más que una tímida reacción. Ciertamente, Magallanes era portugués y contra una opinión muy extendida no se nacionalizó -naturalizó se decía en la época- en Castilla. No tanto porque tuviera voluntad de mantener su condición de lusitano, cuanto por la prohibición de naturalizarse establecida por las Cortes de Castilla, como consecuencia de lo ocurrido con el arzobispado de Toledo, vacante tras la muerte de Cisneros (1517), que fue a parar a manos de Guillermo de Croy, un flamenco sobrino del señor de Chièvres, consejero de Carlos I, que lo naturalizó castellano para obviar el inconveniente que suponía la prohibición que había en el reino de entregar dignidades eclesiásticas a los extranjeros. La prohibición de las Cortes, para evitar gatuperios como el acaecido con la mitra primada toledana, impidió a Magallanes nacionalizarse castellano.

La expedición se hizo con barcos de Castilla, recursos de Castilla y españoles eran la mayor parte de los más de doscientos cincuenta hombres que formaban sus tripulaciones, aunque cierto es que había en torno a una treintena de portugueses, número parecido al de italianos. Es más, el embajador portugués en Castilla, Álvaro da Costa trató por todos los medios a su alcance, incluida la presión sobre Magallanes que sufrió amenazas de muerte e incluso algún atentado contra su vida, de abortar la expedición. Era gravemente perjudicial para los intereses de Portugal que había convertido Lisboa en el gran centro distribuidor para Europa de las especias que llegaban de oriente por la ruta africana, abierta por los marinos lusos pocos años antes. Hubo incluso algún intento de sabotaje de los buques cuando se aparejaban para la expedición en el sevillano muelle de las Mulas.

La actitud de Magallanes, visto como un extranjero por algunos responsables de la escuadra -caso de Juan de Cartagena- y el incumplimiento por parte del marino portugués de las instrucciones dadas por el rey, fueron fuente de graves conflictos. Pero a la postre, la escuadra organizada por Castilla encontró el paso que comunicaba las aguas del Atlántico y lo que hoy conocemos como océano Pacífico. La muerte de Magallanes en Mactán, en abril de 1521, impulsó al vasco Juan Sebastián Elcano, hasta entonces maestre de una de las naos, al mando de la expedición. Supo hacer frente a la encarnizada persecución a que lo sometieron los portugueses que, en Cabo Verde, apresaron a muchos de los tripulantes de la Victoria, pese a lo cual logró llevarla hasta Sanlúcar de Barrameda, en cuyo puerto entraba el 6 de septiembre de 1522, tres años después de que zarpara la expedición. Acompañaban a Elcano diecisiete hombres más: diez españoles, dos portugueses, afincados en España, tres griegos, dos italianos -entre ellos Antonio Pigafetta que nos dejó su particular relato del viaje- y un alemán.

Ni Hernán Cortes y sus hombres, ni Fernando de Magallanes, portugués al servicio de España, ni Juan Sebastián Elcano y los más de doscientos cincuenta hombres que escribieron aquellas gestas de las que ahora hace quinientos años y de las que cualquier país del mundo sentiría un legítimo orgullo, merecen el olvido.

José Calvo Poyato es doctor en Historia y escritor.

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