Dos historias de ayer con mensaje de hoy

Por Juan José Tamayo, Director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, Universidad Carlos III (EL CORREO DIGITAL, 26/02/07):

Me gustaría compartir con el obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, quien, de manera no muy ecuménica, impide a los musulmanes rezar en la mezquita-catedral de la ciudad, dos historias que pueden hacerle cambiar de parecer. Una de ellas la conoce muy bien porque pertenece a la ‘historia sagrada’ que estudiamos de niños en la escuela. La otra quizás le resulte nueva y, por eso, más instructiva. Espero que, tras leerlas, revise su postura y facilite el uso del recinto sagrado cordobés para la oración de cristianos y musulmanes. Me parece la actitud más coherente con la Historia. Córdoba, no se olvide, es la ciudad más emblemática y el símbolo de convivencia de las tres culturas y religiones durante siglos. Su mezquita es, sin duda, el principal referente histórico del islam europeo. En España vivieron los musulmanes cerca de ocho siglos, exactamente 781 años, el más largo de todos los periodos de la historia de España (romano, visigodo, musulmán, monárquico). Sería también la actitud más conforme con el actual clima inter-religioso e inter-espiritual.

La reconciliación de Isaac e Ismael

La primera historia se remonta a los tiempos de Abraham. En la familia del profeta, formada por judíos, cristianos y musulmanes, reina hoy una profunda discordia que viene de lejos y que me gustaría se mutase en reconciliación. Una situación similar vivieron los dos hijos de Abraham, Ismael e Isaac, y lograron resolverla. Recordemos la historia que cuenta la Biblia hebrea. Sara, la esposa de Abraham, no le daba hijos, y le dijo a su esposo que llegara a Agar, la esclava egipcia, para «tener hijos de ella». Abraham cumplió el deseo de su mujer y Agar quedó embarazada. A partir de ese momento Agar miraba con desdén a Sara y ésta empezó a maltratarla. Para librarse del maltrato la esclava huyó de casa de Abraham. Durante mucho tiempo, la sumisión había sido su modo de vida. Y donde hay sumisión no puede haber fe. Sin embargo, en un momento dejó de someterse a su ama «y huyó de su presencia» (Gen 16, 6). La huida se tornó despertar a la conciencia de sí misma y fue una forma de salvar la propia vida y la nueva vida que llevaba en su seno. Era, a su vez, un acto de rebeldía y un modo de redimirse. Y aquí comienza la fe, que no es una actitud resignada, sino rebelde frente al orden de las cosas y a la esclavitud. Pero la huida la llevó al desierto con peligro de perecer en él. Y aquí la fe se vuelve oscura, insegura, rodeada de dudas y de temores. Huyendo de su ama, había logrado la libertad; internándose en el desierto, se veía amenazada por la muerte. El encuentro con el Ángel de Yahvé, empero, la salvó de morir en el desierto. Ello sucedió junto a la «fuente del Viviente que me ve». Allí Agar dio a Dios el nombre de ‘El-Roí’, que significa el ‘Dios de (la) Visión’ (Gen 16, 13). El Dios en quien cree es el que se deja ver y el que la ve, el Viviente y el que hace vivir. El Ángel de Yahvé le manda volver a casa y le hace un anuncio esperanzador: «Multiplicaré de tal modo tu descendencia que por su gran multitud no podrá contarse. ( ) Darás a luz un hijo, al que llamarás Ismael» (Gn 16,9-11).

Nació el hijo. También Sara, siendo muy anciana, sigue contando la Biblia, quedó embarazada y, en cumplimiento de una promesa de Dios, dio a luz a Isaac. Los dos hermanos jugaban juntos. Y eso incomodaba a Sara, quien expulsó a los dos, a la madre y al hijo (21, 8ss). Desde entonces, las relaciones entre los dos hijos de Abraham nunca fueron amistosas precisamente. Sin embargo, lograron unirse ante el cadáver de su padre y, juntos, lo sepultaron en la cueva de Macpela en Hebrón, la misma que había comprado Abraham, cuando murió su mujer, Sara, como panteón familiar (25,7-11).

Tras tantos siglos de enfrentamientos fratricidas, musulmanes y cristianos deben reencontrarse, como Isaac e Ismael. ¿Qué mejor lugar de reunión que la mezquita-catedral de Córdoba, patrimonio de la humanidad y lugar de mestizaje de tres tradiciones religiosas: la judía, la cristiana y la musulmana? ¿Y qué mejor acción sagrada que la oración en común como expresión de espiritualidad interreligiosa? La oración pertenece a la esencia de la religión y es un elemento común a todas ellas. ¿Por qué el obispo de Córdoba se empeña en separar lo que está unido en las religiones?

El califa reza en la iglesia de Belén

Vayamos a la segunda historia. El segundo califa Umar, que gobernó la comunidad musulmana durante 12 años (634-644), entró en Jerusalén sobre un camello y recorrió la ciudad acompañado por el patriarca, quien le invitó a orar en el templo del Santo Sepulcro. Umar tenía una profunda devoción por Jesús de Nazaret, como la tuvo también Mahoma y como expresa reiteradamente el Corán, que lo considera profeta al mismo nivel que Mahoma. Sin embargo, no era fácil para él aceptar la invitación del patriarca de Jerusalén por tratarse de un templo que rememoraba la muerte y la sepultura de Jesús, cuando los musulmanes creen que a Jesús «no lo mataron ni lo crucificaron» y que «Dios lo exaltó hacia Sí» (El Corán, 4,157), expresión que debe entenderse, según la autorizada interpretación de Muhammad Asad, como «la elevación de Jesús a la gracia especial de Dios», rasgo común a todos los profetas. Umar se negó a rezar por otro motivo igualmente respetable y favorable a los cristianos: si hubiera rezado en el templo que conmemoraba el Sepulcro de Jesús, los musulmanes le habrían imitado y habrían ido en masa a rezar, y eso habría creado serios problemas. Fueron entonces la prudencia y el deseo de no causar dificultades a los cristianos las razones que le disuadieron de responder positivamente a la invitación del patriarca de Jerusalén.

Sí aceptó, sin embargo, rezar en el templo de la Natividad de Jesús en su posterior visita a Belén. Además, entregó al patriarca instrucciones escritas sobre la forma de entrar los musulmanes en la mezquita: de uno en uno y reconociendo la preferencia de los cristianos en la entrada al lugar donde nació Jesús. Los lugares vinculados al patriarca Abraham se reservaron a los musulmanes. La mezquita llamada de Umar se construyó sobre la roca en la que, según la Biblia hebrea, Abraham estaba decidido a sacrificar a su hijo Isaac, en cumplimiento de la voluntad de Dios y, según el Corán, iba a ser sacrificado Ismael.

Ante la respetuosa y razonable petición del presidente de la Junta Islámica de España, Mansur Escudero, al papa Benedicto XVI de que los musulmanes puedan rezar en la mezquita, yo me pregunto: ¿Por qué no se aplica la ley de la reciprocidad? ¿Por qué el obispo de Córdoba no abre las puertas de la mezquita-catedral a los musulmanes, como el patriarca de Jerusalén abrió las de la iglesia de la Natividad en Belén al califa Umar? En el caso de Córdoba, con más motivo, ya que el recinto es, al mismo tiempo, mezquita y catedral. El uso conjunto de cristianos y musulmanes del mismo lugar, para ellos sagrado, sería, a mi juicio, un paso importante y necesario en el trabajo por la paz, al que las religiones pueden contribuir de manera muy eficaz, y en la construcción de una sociedad inter-religiosa, inter-cultural e inter-étnica, que es tarea de todos los ciudadanos, creyentes o no.