Dos horas con Bono

La nueva entrega de los diarios de José Bono -que comprende toda su estancia al frente del Ministerio de Defensa- arranca con un párrafo explosivo, calculado como gran anzuelo para la lectura posterior del texto: “Comencemos el libro con una pregunta: ¿pudo el actual presidente de la Generalitat, Artur Mas, decirle al presidente Zapatero hace ocho años: ‘Yo voy quitando lo de nación y tú vete poniendo más dinero’? La respuesta es afirmativa: pudo y lo hizo“. El que también fue presidente del Congreso se explaya en otras revelaciones que componen un relato nada edificante de los comportamientos de la clase dirigente socialista y convergente a propósito de la redacción del Estatut del 2006 y subraya episodios bochornosos de acusaciones sobre conductas abiertamente corruptas. A Puigcercós, Bono le atribuye la afirmación de que CiU “exigía comisiones cuantiosas en las obras públicas” y a Duran Lleida que “Pujol es más amigo de sus negocios que de los ajenos”. En definitiva, el diario del exministro de Defensa actúa como un lanzallamas en un contexto español y catalán especialmente delicado y peligrosamente bloqueado.

Sin embargo, el almuerzo que mantuvimos el pasado martes un reducido grupo de periodistas con José Bono, tras la rueda de prensa de presentación de la segunda entrega de sus diarios, sirvió para ahondar con criterios más constructivos sobre la cuestión catalana. Yo mismo le pregunté si creía que después de todo lo que ha sucedido en Catalunya en los últimos años “se mantiene una monetización de la aspiración independentista” o, en otras palabras, si la voluntad secesionista de parte de los catalanes declinaría ante una mejor y más abundante financiación del autogobierno. La respuesta de Bono fue negativa: él está en condiciones de acreditar punto por punto todos los entrecomillados que aparecen en su libro, pero con igual contundencia se muestra crítico hacia la gestión que se ha venido realizando por el Estado de la crisis en Catalunya. No es partidario de una federación, ni de una confederación, pero rechaza el “café para todos” y reivindica una diferencia no privilegiada de Catalunya y el País Vasco. Piensa también que el control de la situación en el Principado ya no está -al menos íntegramente- en las instancias institucionales.

Todos estos matices que Bono deslizó en el almuerzo no se recogen en el libro, entre otros la necesidad de reconocer que el fenómeno social del secesionismo ha llegado para quedarse, una idea que en Madrid cuesta interiorizar. Y cuesta hacerlo por las razones que el propio Bono desgranó ante un brevísimo auditorio al que el verbo encendido y florido del albaceteño mantuvo en permanente interés. El motivo principal es que parte de la responsabilidad de lo que ocurre en Catalunya tiene que ver con las omisiones del Estado, con el abandono sentimental hacia Catalunya como sociedad diferenciada de la castellana y con la nula interlocución entre Madrid y Barcelona. Lo cual es compatible con compartir con el autor que la gestión de Zapatero fue en este asunto mala de solemnidad.

El coste del Estatut del 2006 -y esa es, a mi juicio la conclusión más importante después de leer el diario de Bono y escuchar sus matizaciones- ha sido enorme para el Estado y para España, más allá de lo que, en términos políticos y sociales, haya supuesto para Catalunya. Porque, no sólo dividió a los socialistas y arruinó determinados créditos del PSOE, del PSC, del PP y de CiU, sino también porque -como se relata en el libro- conmovió a una parte de la cúpula militar (implicó el arresto fulminante de un teniente general, el primero después de la terminación de la Guerra Civil) e inquietó arriesgadamente a la Jefatura del Estado encarnada esos años por don Juan Carlos.

De tal manera que el diario de José Bono habría que observarlo con un angular más amplio: no se trata sólo de poner en la picota las mercaderías que se produjeron a propósito de la negociación estatutaria del 2006 -y que le aconsejaron la dimisión como ministro de Defensa- sino también de demostrar hasta qué punto la cuestión catalana es un problema español y dispone de una enorme capacidad de conmoción en la estructura jurídica y política del Estado y de potencial polémico en la sociedad española. El del exministro de Defensa es un libro abrasivo en un momento crucial, pero lo sería menos si se leyese desde una perspectiva más amplia: como el relato de un terrible error, de unos y de otros, como el resultado de la vieja política que ahora se impugna. Confieso que quizás no hubiese reparado en ello de no haber compartido dos horas de conversación con el autor, por otra parte, representativo de una de las sensibilidades más perceptibles ahora de la izquierda española respecto de Catalunya.

José Antonio Zarzalejos

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