Dos muertos sin noticia

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 17/02/07):

Entre las frases más repetidas y más ridículas que se oyen con frecuencia ocupa uno de los lugares de honor esa que dice: “todos somos iguales ante la ley”, o su variante “la ley es igual para todos”, expresiones a las que pronostico un gran futuro como fuente inagotable de chistes para nuestros jóvenes estudiantes de Derecho. Porque el humor es la vida y eso no lo para nadie. Sucede lo mismo con la muerte, pero con la salvedad de que morirse constituye un acto trascendente e irreversible, y ahí el humor se maneja con márgenes más limitados. ¿Todos los muertos son iguales? Confieso que me obsesiona este tópico ¿Tiene el mismo valor social un cadáver que un okupa? Que los muertos no son iguales lo sabemos por las esquelas de los periódicos y los nichos de los cementerios. Y basta con ojear los diarios para entender que una propiedad amenazada cotiza más alto que un par de pringaos hechos cisco. ¡Qué carajo importan dos obreros muertos! Ya sé que eso no conviene decirlo, porque vivimos en sociedades donde la diferencia entre lo que se piensa, lo que se hace y lo que se dice conforman abismos.

Por ejemplo, yo también soy partidario de la legalización de todas las drogas y de su consumo con receta, o bajo control; pero legalmente. Con las drogas acabará ocurriendo como con la homosexualidad. Cuando el inmenso ejército de cocainómanos empiece a salir del armario el Estado no tendrá más remedio que legalizarlo.

Comenzará por los ricos, es obvio, porque están hartos de ese incordio de la doble vida; del despacho al lavabo, y de la rayita a la misa de doce. Entonces parecerá de lo más lógico y consecuente. ¿O acaso esperan ustedes que las mafias que controlan la droga, y sus baterías de diputados, bufetes y letrados, van a abogar por normalizar legalmente lo que socialmente es una obviedad? Yo conozco algún agudo editorialista contra la legalización de las drogas duras que no aguanta la jornada sin un par de rayas. Y cuando digo que yo lo conozco, añado que también lo sabe su esposa, su amante, sus hijos y hasta la policía y los jueces que comparten su tertulia.

La filosofía se tiró siglos debatiendo sobre la apariencia y la realidad, nosotros como mínimo tardaremos décadas en ajustar el lenguaje a la complejidad social, hasta el punto que en algunas épocas, – sin ir más lejos, la que vivimos- se considera como uno de los frentes de defensa del sistema distanciar lo más posible realidad y palabra. Eso que denominamos con desvergüenza asumida lenguaje políticamente correcto.

Los días gafados no siempre son martes y trece. A veces ocurre que son lunes y doce, como sucedió en Barcelona esta semana. Se mataron dos obreros de la construcción. Fíjense en lo ideológico que es el lenguaje. Si yo digo murieron parece que quiero aliviar el asunto, si escribo se mataron, pongo de mi parte algo que parecerá tendencioso a ese observador supuestamente imparcial para quien los obreros mueren porque son torpes y las empresas padecen porque la clase obrera de hoy no está preparada. Los muertos lo tenían todo para no aparecer en los papeles. Eran pakistaníes, albañiles, trabajaban en las obras emblemáticas de la Barcelona del futuro y dependían de la más importante empresa española del ramo, y por si fuera poco se fueron a morir – ¿o fue a matar?-a las cinco y media de la tarde, cuando ya están los diarios diseñados y la agenda llena de tareas. Los parias, para ser noticia, deben hacer lo que sea – incluso morirse- antes del mediodía. Paf, se cayeron del andamio, o más exactamente se deslizaron por el andamio. Un pequeño problema, el gancho que ya había sido soldado se volvió a romper. Unos veinte metros, seis plantas, en caída libre. Vaya hostia. Y se quedaron ahí, en el suelo, ante la perplejidad de encargados y personal subalterno. Abdul Mamaf tuvo suerte – si es que se puede decir así- porque murió en el acto. Era más joven, 22 años, y cayó de bruces. Mohamad Arif, con 43, sobrevivió al golpe y estuvo esperando en agonía a ver si llegaba la ambulancia, pero tardó una media hora y alcanzo tan sólo para confirmar la muerte. Allí se quedaron los dos esperando el traje de madera.

Trabajaban para una subcontrata de pakistaníes, con sede en Badalona y nombre de mujer, Saman Memona. Una más de las infinitas que pululan por el mercado laboral; satisfacen lo que haga falta a precio de ganga y condiciones ínfimas. Absolutamente ilegales, por supuesto; no los obreros, sino los contratadores por más que trabajaran para la muy legal constructora Sacyr-Vallehermoso, la joya de la corona del imperio ladrillero español. Les falló ese gancho soldado cuando acicalaban una fachada en el conjunto de casas del paseo del Taulat, pegando a Bac de Roda. Mediterránea Residencial se llama. Allí donde la ciudad ha cambiado de paisajes, paisanajes y nombres, sobre todo nombres, y ahora aparecen parques bautizados con trascendencia: uno Gil de Biedma, el otro Carlos Barral, el de más allá Joan Fuster. Incluso hay uno que se dice Manuel Sacristán.¡Vaya sitio para morirse un par de albañiles pakistaníes derrotados por un andamio! Ningún lugar es bueno para una mala muerte, pero en una ciudad cargada de símbolos no deja de ser un cruel sarcasmo. Lo más que he logrado saber es que uno de los dos, Abdul, el más joven, estaba recién casado. Pero me he quedado con las ganas de que alguien me contara qué hicieron con los cadáveres; los visitó alguien del Ayuntamiento ¿Y sus familias? ¿Quiénes son sus familias? Tenían papeles en regla y por tanto eran ciudadanos de pleno derecho. ¿Hubo funerales? ¿La joya del imperio ladrillero paga algo, o mira para otro lado? Eran subcontratados y fue necesario que se mataran para que nos enteráramos que los intermediarios ejercían de delincuentes. Resulta llamativo cómo las grandes empresas no tienen rubor en tratar de tú a tú con el hampa; ya sean para que protejan sus aparejos o para fichar a los nuevos esclavos; trabajaban doce horas diarias, a 3,30 euros la hora.

Parias del siglo XXI que mueren delante de nosotros mientras nos construyen un conjunto residencial a la orilla rica del Mediterráneo, en la zona más moderna de la Barcelona posmoderna. Mientras escribo acongojado este artículo ya van seis muertos, ¡seis!, esta misma semana en Catalunya. Todos en la construcción. Seis muertos son muchos muertos, creo yo. Bastaría con uno para ser excesivo. La asociación empresarial del Fomento ha hecho una encuesta en la que asegura que los emigrantes incorporados a la construcción tienen menos de 35 años, escasa experiencia y apenas hablan otro idioma que no sea el suyo. Imagino que será una encuesta de promoción, de esas que no se pagan y que te ofrecen gratis, porque para llegar a tales conclusiones no se necesita ninguna investigación. Están en lo obvio.

Las subcontratas son una de las más siniestras estafas que se hacen al consumidor. Porque nos engañan. Si a usted le vienen a revisar el gas, o a instalar un aparato electrónico, o a cualquier otra cosa vinculada a grandes empresas, no tendrá ningún problema mientras no aparezca un problema. Usted nunca se enterará de que ese torpe operario que se hace pasar por Gas Natural, El Corte Inglés, Telefónica o Sacyr-Vallehermoso, no tiene nada que ver con tales emporios económicos. De eso sólo se enterará usted cuando surja un problema, y entonces le aparecerán los fantasmas de las subcontratas. Pero ¿y los muertos? ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los asumen las subcontratas? Esos esclavos modernos, esos dos muertos que subieron a un andamio con un gancho soldado, vendidos como carnaza por otros pakistaníes y comprados a precio de ganga por nuestros duques del ladrillo, ¿han muerto por la gloria de una Barcelona que batega,que milagrea o que le importa un carajo? Es impresionante el desprecio de los hijos de charnegos que controlan la información en Catalunya sobre los nuevos charnegos que llegan a la Barcelona con el mismo sueño de milagros que trajeron sus padres. Somos hijos despreciables de una generación que no asume ni su propia condición, que siempre encuentra un culpable ajeno para evitar asumir su responsabilidad.

Aunque no se lo hayan contado les puedo susurrar al oído que anteayer se inició un juicio en el que se sentaba en el banquillo la otra joyita de la corona del imperio del ladrillo, en este caso catalán, nada menos que el señor Bruno Figueras y su empresa Habitat, por supuestas responsabilidades criminales en la muerte de cinco obreros, cinco, en el más moderno proyecto que conocieron los tiempos, nada menos que el distrito tecnológico 22@. De lo que he podido recoger de sus declaraciones ante el juzgado de instrucción número 6 de Barcelona, al parecer afirmó que él no estaba al tanto de las cuestiones de seguridad de las obras que realiza su empresa, porque para ello “contrata a los mejores profesionales”. Argumento peligroso, porque siguiéndolo consentiría a los buenos conductores de coche no ponerse el cinturón de seguridad, y a los soldadores no echarse la visera para proteger su vista. O al propio empresario no exigir avales a la hora de arriesgar sus operaciones financieras. Ahora bien, lo que de verdad me ha dejado perplejo es que Bruno Figueras alegara en el juicio que el año pasado la directora general de Relaciones Laborales, Mar Serna – actual consellera de Treball- otorgara un premio a Habitat por su alto nivel de seguridad. A mí no me llama la atención el galardón, porque todos podemos equivocarnos, lo que me admira es que a buen seguro el premio lo recogió el propio presidente de la empresa, y no se le ocurrió mandar a ninguna subcontrata.