Drogas y prevención: algunas certezas

Por Juan Carlos Melero, director de prevención de EDEX (EL CORREO DIGITAL, 26/06/06):

Bajo el lema ‘Las drogas no son un juego de niños’, Naciones Unidas presenta su invitación anual a reflexionar sobre las respuestas a dar ante los consumos de drogas en nuestro mundo. Se hace así eco de la responsabilidad de la sociedad adulta de promover la salud y el bienestar de la infancia, cumpliendo la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989. Una Convención que, en su artículo 15, habla del derecho a la protección de la salud, y en su artículo 33 señala la necesidad de que los Estados adopten todas las medidas apropiadas, (legislativas, administrativas, sociales, educativas, etcétera) para proteger a los niños contra el consumo de drogas. Consideraciones que interpelan directamente a una sociedad como la nuestra, en la que la edad media de inicio en el consumo de drogas se sitúa en los 13-14 años.

La evolución mundial de los consumos de drogas dista mucho de ser halagüeña. El consumo de las principales sustancias psicoactivas aumenta o, como mucho, se estabiliza. La prevención, por el contrario, está lejos de consolidarse. El creciente saber científico sobre los componentes de la prevención eficaz ve limitados sus efectos por una implantación precaria y errática que apenas esboza sus primeros balbuceos.

Algunas certezas, a modo de decálogo

1. La prevención es necesaria: Los humanos parecemos condenados a un pensamiento pendular. En el caso que nos ocupa, pasamos de destacar la necesidad de priorizar la prevención a sostener con el mismo entusiasmo que la prevención no funciona, cuando, en la práctica, está lejos de ser una realidad sólida.

2. La prevención funciona: Bajo condiciones que la experiencia y la investigación han puesto de manifiesto, la prevención obtiene resultados positivos. No lo sabemos todo acerca de su eficacia, pero tampoco vivimos en la ignorancia. Disponemos de un ‘know how’ y una tecnología preventiva contrastados y prometedores.

3. La prevención necesita generalizarse: Aunque es difícil saber cuántos estudiantes españoles participan cada año en programas preventivos, se trata de una minoría. En 2002, las comunidades autónomas comunicaron que habían participado en estos programas 755.371 estudiantes. Cruzando estos datos con la matriculación hecha pública por el Ministerio de Educación, nuestros programas estarían llegando al 9% de la población estudiantil. Esperar de tal cobertura alguna incidencia sobre los consumos parece más propio del pensamiento mágico que de un pensamiento ilustrado.

4. La prevención debe consolidarse: La prevención no puede ser una intervención precaria, inconsistente y aleatoria de la que se esperen, sin embargo, resultados milagrosos. La prevención requiere tiempo y estabilidad. Cualquier escolar se encuentra año tras año con una presentación secuenciada de contenidos en las áreas curriculares convencionales. Sin embargo, su encuentro con la prevención será inestable e incierto, dependiendo de causas ajenas al fenómeno a prevenir.

5. La prevención requiere inversiones crecientes: Tanto por el número de escolares como por la necesaria continuidad de las actuaciones, la prevención necesita una inversión creciente. Llegar a una minoría de alumnos y hacerlo, además, de un modo discontinuo es un modo seguro de no obtener resultados. Ni en prevención ni en ningún otro proceso educativo. Hágase un experimento similar con las matemáticas o la lengua, y analicemos los resultados dentro de unos años.

6. La prevención tiene que dar respuestas integrales: La prevención debe integrar acciones universales con intervenciones dirigidas a situaciones de particular riesgo. Los programas serán más universales en las etapas más precoces del sistema educativo para adquirir tintes más selectivos a medida que sus destinatarios se adentren en la adolescencia.

7. La prevención debe educar en habilidades para la vida: La educación en habilidades para la vida ha mostrado resultados positivos. Unas habilidades que ayuden a pensar críticamente la omnipresencia social de las drogas; a pensar creativamente en formas diferentes de vivir el ocio; a comportarse asertivamente en el seno del grupo; a tomar decisiones autónomas; a respetar las decisiones de los demás; a desarrollar una saludable autoestima como cimiento de la personalidad.

8. Una educación nueva para un tiempo nuevo: Para educar para la vida es preciso tener la vida real como materia educativa. El libro de texto y el recurso audiovisual como mero soporte pueden resultar anacrónicos en un mundo en el que prima lo audiovisual y lo digital. Para seducir a niños y adolescentes con sus propuestas educativas habrá, en primer lugar, que reclamar su atención. Y para ello será necesaria una mayor sintonía con los recursos lúdicos de los que niños y adolescentes se sirven.

9. Sería conveniente una dosis mayor de coherencia institucional: En una sociedad abierta como la nuestra, en estos tiempos de modernidad líquida (Bauman), sería ilusorio y aún malsano hablar de unanimidad. Pero no parece descabellado pensar en algunos acuerdos básicos entre los distintos niveles de responsabilidad en la materia, con objeto de favorecer una coherencia mínima en los mensajes que llegan a la ciudadanía. Los ejemplos recientes del tabaco y el ‘botellón’ ilustran esta necesidad.

10. Los medios de comunicación son un recurso con potencial educativo: Con frecuencia se producen disonancias entre los mensajes que la escuela y la familia transmiten y algunos contravalores que difunden determinados programas televisivos. La televisión educativa está lejos de ser una realidad en nuestro país. Sin embargo, es mucho lo que las televisiones pueden hacer para acompañar y reforzar procesos preventivos, para propiciar el diálogo en las familias en torno a los contenidos básicos de la educación en valores.