Dubaigate

El 20 de enero del 2010 se cometió  un asesinato a plena luz del día en una habitación de un hotel en Dubái. Las cámaras lo grabaron todo. Todo: los preparativos, los disfraces, la técnica, los rostros y las máscaras, las pelucas y los accesorios deportivos. Todo. La videovigilancia no distingue entre ladrones y violadores, entre la simple agresión de un gamberro y la acción premeditada de un comando de asesinos enviado por un Estado para eliminar a su adversario, al enemigo. Todos o casi todos los estados han hecho algo así durante la guerra fría. Pero lo que ha hecho el Mosad, el servicio secreto israelí, es un asesinato clásico en el que, generalmente, no se dejan huellas y no se encuentra nunca a los autores del crimen. En 1992 eliminó a un alto mando de Hizbulah, Abas Musaui; en 1996 a otros dos dirigentes palestinos, Yihyeh Ayash e Imad Mugniyeh. El más astuto puede caer un día debido a unos errores. Esta vez el error ha sido enorme y la eliminación de un importante líder de Hamas, Mahmud al Mabhuh, el pasado 20 de enero, no se debió al azar: las cámaras grabaron el asesinato de principio a fin. Los asesinos han sido desenmascarados, reconocidos. El jefe del Mosad, Meir Degan, rechaza hablar según la regla AFMR (Acording to Foreign Media Reports). El jefe de la policía de Dubái, Daki Jalfan Tamiz, exige al Mosad “que reconozca su crimen o rechace sin ambigüedad la implicación de su organización”. Como respuesta, ningún comentario. Se actúa como si Israel no estuviera implicado en este acto. Así, los once agentes enviados a Dubái provistos de pasaportes no israelíes no son de ninguna parte. Es difícil negarlo todo y actuar como si este crimen no fuera más que un simple accidente de circulación o la muerte se hubiera originado por una crisis cardiaca.

Sin embargo, Israel, maestro tiempo atrás en la lucha armada contra personalidades palestinas, no se deja coger en falso y ha implementado un programa llamado “asesinato selectivo de personalidades”, y se mofa del derecho y de la ley como ha hecho habitualmente al no aceptar las resoluciones de las Naciones Unidas que lo condenan. Ello plantea un problema no técnico ni político, sino ontológico, un problema sobre el modo en que Israel se considera a sí mismo respecto al resto de los estados del planeta. Israel, Estado democrático, ¿se comportaría como Libia, que durante años negó toda implicación en la destrucción de los aviones civiles en Lockerbie y el de la UTA hasta el día en que Gadafi decidió negociar con estadounidenses y franceses unas importantes indemnizaciones para poder salir de este caso?

Evidentemente, Beniamin Netanyahu está al corriente. La prensa mundial, vía internet, ha constatado la felonía israelí. Es difícil negar los hechos. La Autoridad Palestina incluso ha detenido a dos palestinos que presuntamente ayudaron al comando y suministraron información sobre los movimientos de Mabhuh. La traición, la colaboración con el enemigo son, sin embargo, prácticas corrientes. Últimamente el hijo de un dirigente de Hamas ha revelado haber trabajado para el Mosad y haberle suministrado informaciones valiosas que han permitido asesinar a varios palestinos. Hasta ahora este hombre ha vivido tranquilamente en California. Para agradecerle los servicios, el Mosad ha perdonado a su padre.

En tanto que Estado democrático, Israel tiene el deber de entregar a los once miembros del comando que ha asesinado a Mahmud el Mabhuh. Deben presentarse ante la justicia del Estado de Dubái como presuntos inocentes. La justicia hará su trabajo y si las acusaciones se demuestran justas pagarán por el crimen que han cometido. Si son inocentes y no tienen nada que ver con este asesinato, serán liberados. Eso es lo que ocurre en los países civilizados que respetan el derecho y la vida. Antes que adversario de Israel, la víctima era un ser humano; fue seguido hasta su habitación de hotel y liquidado como acostumbramos a ver en este tipo de escenas en el cine.

Si Israel se emperra en negarlo todo, ello supone una burla a la justicia. Los amigos de Israel han de presionar para que esta historia tenga una conclusión en el marco del derecho y de la justicia. Si no, ¿para qué, tras ese precedente, perseguir a países y a dirigentes – como el presidente de Sudán, el jefe de Estado libio y otros-por crímenes cometidos fuera de sus fronteras?

¡Dos pesos, dos medidas! Esa es la verdad. Israel es el campeón de esta práctica. El caso de Dubái, que ha conmocionado también a políticos y a periodistas dentro de Israel, es el síntoma de una arrogancia que no puede mantenerse indefinidamente.

Tahar ben Jelloun, escritor, miembro de la Academia Goncourt.