Ducha escocesa

Por José María Ruiz Soroa, abogado (EL PAÍS, 02/01/07):

Hay una hipocresía generalizada en quienes, desde la política gubernamental y sus aledaños, fingen sorpresa y conmoción por la bomba y los muertos de Barajas. Porque saben perfectamente que un proceso político para terminar con la violencia terrorista como el emprendido hace nueve meses es, precisamente, esto: un camino en el que hay momentos de terrorismo que, aunque al público le resulten salvajes, son absolutamente predecibles desde la lógica de la negociación. ¿O es que conocen ustedes algún género de negociación en el que las partes renuncien a usar sus bazas y jugar sus cartas? En este sentido, el primer reproche que debe dirigirse al Gobierno es el de no haber preparado adecuadamente a la opinión pública para momentos como éste, haber cedido a la tentación de rentabilizar a corto plazo el proceso propalando una visión optimista carente de todo fundamento (“llevamos tres años sin muertos”, “este nuevo año irá mejor todavía”, etcétera) sin advertir claramente: habrá muertos y bombas, pasaremos momentos negros, se desesperarán ustedes, conciudadanos.

Y, como no ha preparado a la opinión, tampoco ha preparado la absorción de la noticia y su procesamiento simbólico. Si algo ha echado en falta el ciudadano español en este caso, estoy seguro, son los rituales sociales que desde hace años nos permitían hacer el duelo de los atentados, unos rituales que no por repetidos dejaban de cumplir su función: la de reasegurar la cohesión social ante ataques salvajes, la de hacer que la ciudadanía fuera visible ante sí misma. En este caso, desgraciadamente, tanto el discurso como las actuaciones públicas han transmitido desconcierto, desunión, vacío, frialdad, desorientación. Una sensación penosa de que no se dice con claridad lo que se quiere decir, o de que no se sabe qué decir.

Veamos, lo que están haciendo los terroristas es tantear los límites del proceso, están comprobando hasta dónde aguanta en la práctica. Si ETA no ha avisado previamente del fin del alto el fuego (“como en un ejercicio de subliminal sometimiento a las reglas del contrario”, exclamaba quejoso el ministro Pérez Rubalcaba) es porque no ha roto el alto el fuego desde su punto de vista. Casi con toda seguridad, el próximo comunicado nos dirá que mantienen el alto el fuego, que esto ha sido sólo un aviso, una llamada de atención a un Gobierno que no hace sus deberes. Que no se han levantado de la mesa, sino que sólo han dado un puñetazo en el tablero. Es su forma de ver las cosas, y es inútil lamentarse por ello. Si vieran el mundo como nosotros, no sería necesario proceso alguno para hacerlos desaparecer, ellos mismos se disolverían.

Lo que exige el tiempo presente es más análisis y menos aspavientos, así que pongámonos a ello. Lo primero el pasado, examinar qué se ha hecho tan mal como para conducirnos a este trance. Porque, desde luego, está muy bien eso de decir que sólo ETA es culpable de sus atentados y de la interrupción del alto el fuego, pero si nos creemos de verdad esa afirmación estaremos cegándonos para comprender lo sucedido. Es patente que no estaba previsto que el proceso llevara a un atentado mortal a los nueve meses de iniciado, luego algo se habrá hecho mal en su desarrollo para llegar a tan triste momento. ¿Qué? Cabe una primera explicación, la de que no se valoraran bien en un inicio las expectativas de los terroristas, la de que se aceptase sin suficiente fundamento la veracidad de la teoría de Anoeta, la de emprender sólo la vía política. Si así fuera, estaríamos ante una equivocación inicial de Eguiguren y compañía, que no parece muy probable, precisamente porque no explica nada: ¿qué ganaba ETA con engañar al Gobierno inicialmente? Más bien parece que ha sido durante el proceso cuando los terroristas han recrecido sus expectativas y han decidido forzar los límites iniciales del diseño, planteando demandas estrictamente políticas y apoyándolas con una violencia incremental. Ello puede deberse, sencillamente, a la tantas veces constatada inmadurez del conjunto de los etarras y la masa abertzale para salir de sus propios esquemas mentales, como señalaba Emilio Alfaro. Pero, en mi opinión, ha habido dos errores de bulto del Gobierno que han contribuido a generar la sensación de los terroristas de que podían dirigir el proceso. El primero y fundamental, el haber admitido en junio de 2006 un cambio de orden de agenda.

Por presión de Batasuna se admitió que el orden inicialmente establecido (primero la mesa de las armas, luego vendrá la política) se alterara para hacer simultáneas las dos mesas. Josu Jon Imaz, el gran descubrimiento para muchos en este proceso (y me incluyo), se lo advirtió, pero Zapatero no le escuchó y escenificó el cambio mediante la reunión más famosa del año. Ahora bien, lo peor del cambio no fue el aceptarlo por presión de la otra parte, que ya era serio, sino negarse a desarrollar sus consecuencias obvias. Porque era bastante evidente que si se ponían en paralelo las dos mesas era para conceder resultados políticos inmediatos a cambio del alto el fuego; pero el Gobierno se negó a ello. Simplificando: se cometió una contradicción de bulto al ceder por un lado, e intentar salvar los muebles por el otro, una contradicción que frustró a la otra parte, que comenzó a incrementar la presión violenta para obtener los avances políticos. Ante lo cual, el Gobierno incurrió en su segunda contradicción: se mantuvo firme en la negativa a dar pasos políticos, pero disimuló la existencia de violencia, miró para otro lado. Una contradicción frustrante para Batasuna y, sobre todo, desorientadora para los terroristas, a los que se proporcionaba al mismo tiempo signos de firmeza y de tolerancia. Aunque suene duro decirlo, el Gobierno ha desorientado a la contraparte con la que trataba, no ha emitido señales claras de su posición, y eso es fatal en todo proceso de negociación.

Sadam Husein se encontró con una guerra porque, entre otras razones, emitió señales confusas sobre si poseía o no armas de destrucción masiva. El Gobierno se ha encontrado con lo de Barajas porque, entre otras cosas, ha emitido mensajes contradictorios durante varios meses.

¿Y ahora, qué? El Gobierno está emitiendo, de nuevo, un doble mensaje que ETA va a captar probablemente distorsionado: no rompe el proceso, pero se reafirma en que con violencia no hay diálogo. Dicho en otros términos: no negocia, pero se declara en oferta permanente para seguir negociando en cuanto la otra parte abandone de nuevo la violencia. ¿Cómo leerán el mensaje, al que se suma el de otras fuerzas políticas (léase Ibarretxe, Errazti, etcétera) que, con un voluntarismo guiado sólo por su interés a corto plazo, preconizan “seguir con el proceso en todo caso”? El tiempo lo dirá, y lo dirá pronto, porque llegan momentos cargados de dilemas (elecciones, huelga de hambre de De Juana Chaos, etcétera). Pero parece que, en todo caso, persistirá la confusión, y ésta es siempre fuente de decisiones equivocadas. Lo decía Roger Bacon: es más fácil que la verdad surja del error que de la confusión.

¿Existía otro camino para el Gobierno? Probablemente no, a no ser que se estuviera dispuesto a entrar en un diálogo de futuro más que dudoso con una oposición popular muy arriscada. Aunque también es cierto que ello es fruto del virtuosismo solipsista de nuestro presidente, de su decisión de embarcarse solo en un proceso semejante. Lo que termina en una situación kafkiana, en la que los únicos aliados objetivos del Gobierno son sus contrincantes en el proceso, puesto que comparten con él un objetivo valioso, el de que salga bien. Es una victoria táctica importante para los terroristas; porque se ha creado una situación en la que el Gobierno sólo puede mantenella y no enmendalla, sencillamente porque está solo. Igual que nos sentimos los ciudadanos, solos. Si lo ven así, seguirán machacando a su contrincante con duchas escocesas, aunque lo hagan en la cara de todos los españoles.