Ducha soberanista

El 2014 se presenta como el año del soberanismo. Los nacionalistas de Escocia y Catalunya por un lado, y los de Euskadi por el otro, se muestran convencidos de que satisfará gran parte de sus expectativas. Todo parece dispuesto para que la concurrencia entre la fecha del referéndum escocés, el día señalado para la consulta catalana e incluso los trabajos de la ponencia parlamentaria vasca actúen como estímulo mutuo. Sin embargo, su interacción puede deparar sorpresas. Es lo que ocurriría si el independentismo escocés se desvanece cuando está claro que no habrá consulta en Catalunya. Ambas referencias actuarán, mientras tanto, más como motivo de prevención que como acicate soberanista en los trabajos de la ponencia vasca. De modo que el 2014 podría acabar siendo –elecciones europeas mediante– un año más templado que el 2013 en cuanto a efervescencia independentista.

El PNV formalizó la semana pasada su propuesta de creación de una ponencia parlamentaria para analizar el estado del autogobierno vasco y procurar su “actualización”. La iniciativa se encamina a agotar la vía de reforma que contempla el Estatuto de Autonomía y, de entrada, no determina un final análogo al dibujado por el soberanismo catalán. Todo lo contrario, el PNV parece formalmente empeñado en que el debate madure un resultado de consenso. Un mensaje que contrasta tanto con el de Artur Mas que indirectamente podría lastrar el decidido soberanismo de éste. Aunque el cuadro es más complejo y el 2014 dará para abundante ducha escocesa y cambios de ánimo.

No es casual que Euskadi sea la única autonomía que tiene aun pendiente la reforma de su Estatuto. Ello no se debe únicamente a que mientras las demás comunidades –incluida Catalunya– optaron por incrementar “cuantitativamente” sus respectivas competencias, el lehendakari Ibarretxe intentase que Euskadi diera un salto “cualitativo” hacia un estatus de “libre asociación” con el Estado constitucional. Responde sobre todo al hecho incontrovertible de que la autonomía vasca tiene un margen muy limitado de mejora dentro de la Constitución y de la UE, dado que goza de una altísima cota de autogobierno. Es esto último lo que pondrá a prueba la paciencia nacionalista en los trabajos de la ponencia parlamentaria que se constituirá en febrero.

El PNV maneja los tiempos en Euskadi porque la izquierda abertzale está prácticamente desactivada como adalid del independentismo, atareada en la administración del poder institucional que ostenta por un lado y en la gestión del final de ETA por el otro. Es más que probable que la ponencia para actualizar el autogobierno vasco no llegue a ninguna conclusión de consenso y su puesta en marcha tampoco permita al partido de Ortuzar y Urkullu ganar demasiado tiempo. Pero del mismo modo que la parsimonia vasca pesará sobre las expectativas del soberanismo catalán, las dificultades a las que se enfrenta éste operarán como argumento disuasorio para el nacionalismo vasco aunque fracase la citada ponencia.

Por otra parte, no será necesario esperar al escrutinio del 18 de septiembre en Escocia para que los efectos de aquel proceso se hagan notar en Catalunya y en Euskadi, por los resultados que avancen las encuestas previas y por los movimientos políticos que se produzcan a medida que se acerque la fecha, tanto en el Reino Unido como en la UE. Pero aún en el caso de que se atisbe que el desenlace final será la independencia, ello podría generar tanto entusiasmo como vértigo en el soberanismo catalán y en el nacionalismo vasco. Podría suscitar más parálisis que acción, cuando menos en el 2014.

La apelación al derecho a decidir seguida de su reducción plebiscitaria tiene que ver con la visión, entre voluntarista y asimilacionista, de que el destino de la comunidad política de referencia es su independencia, y de que haciendo camino hacia dicha meta se irá ampliando inexorablemente la base social favorable a la creación de un Estado propio. Sin embargo, en las sociedades abiertas la ciudadanía se muestra terca en su diversidad, y las identidades compartidas acaban adoptando la forma política de un empate infinito. Las dos preguntas consecutivas ideadas para la consulta catalana han salvado momentáneamente las diferencias entre sus promotores, pero en ningún caso servirían para despejar el futuro de Catalunya con una mayoría amplia en pos de un horizonte claro y contrastado en su viabilidad. Puede resultar desolador para los más entusiastas que la vindicación de la consulta en noviembre del 2014 se quede al final como una argucia para posponer la liza partidaria de unas próximas autonómicas.

Kepa Aulestia

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