Dudas

Bajo la luz de ceniza y olivo de París, a la que aludió Cortázar en la primera página de Rayuela, Aurora Bernárdez fue incinerada en el cementerio de Père Lachaise, el pasado día 14 de noviembre. Era la persona que con mayor tesón contribuyó a perpetuar la memoria del gran escritor argentino, cuyo centenario se celebra también este año 2014.

Aurora Bernárdez, que últimamente vivía entre Barcelona y París, fue la primera mujer de Cortázar. Pero su importancia en la vida y en la obra del autor va mucho más allá del hecho de haberse casado con él. No sólo porque su relación de afecto y amistad no terminó nunca, sino porque al final de la vida del escritor regresó a su lado para cuidar de él y de su obra y tras su muerte fue su albacea y la heredera de los derechos literarios.

Hija de gallegos emigrados a Argentina, nació en Buenos Aires en 1920 y vivió de niña en Lugo, de ahí que hablara gallego. Estudió letras en la universidad de Buenos Aires y al acabar la carrera, en los ambientes literarios de la capital argentina, gracias a amigos comunes, en 1948, conoció a Julio Cortázar, que apenas si había publicado unos pocos cuentos en revistas. Cuentan los biógrafos de Cortázar que a Aurora le había deslumbrado Casa tomada y le apetecía saber qué cara tenía su autor. A este, al parecer, la muchacha de nariz “respingadísima”, menuda y vivaracha, como se la describió a un amigo, le gustó mucho. No tardó en decírselo e incluso le propuso trabajar con él en la pequeña oficina de traducción en la que se ganaba la vida. Fue mucho más tarde, en 1952, cuando Aurora le hizo caso de verdad y se marchó a París, adonde él se había trasladado para empezar a su lado una nueva vida, que acabó en boda en 1953, tras una luna de miel anticipada en un viaje a Italia.

Fueron tiempos “cronopianos”, pobres, bohemios y felices. Cortázar, aseguraba en carta a un amigo que trataba de no ser demasiado marido, que él y Aurora eran “dos camaradas que arriman el hombro, aunque el de ella –continúa con su habitual sentido del humor– no le llega a las costillas”. Ciertamente, la menuda Aurora aporta dinero a casa traduciendo, primero, lo que se tercie, como una enciclopedia de Filosofía –más adelante, Faulkner o Camus–, ayuda en las traducciones que le encargan a Cortázar y se ocupa del orden doméstico.

Aunque no es la principal inspiradora del personaje de la Maga de la novela Rayuela, de eso al parecer se encarga Edith Aron, el amor parisino de Cortázar al que la argentina desbanca, sí es su primera y más interesada lectora. Las lágrimas, que, según Julio, derrama al terminar de leer el manuscrito –así se lo escribe a Porrúa, el director literario de Editorial Sudamericana, en la que verá la luz la novela en 1963– son su más valioso salvoconducto. Si dudaba, como cualquier autor, sobre la calidad de su obra, su mujer, que es inteligente y tiene un fino olfato literario, le confirma que ha escrito una obra maestra. No obstante, se permite opinar sobre ella y hacerle algunas observaciones que nos consta que él tiene en cuenta.

Quienes conocieron a la pareja recuerdan la complicidad que había entre ellos durante los catorce años que dura su matrimonio.

Mario Vargas Llosa se ha referido a “la secreta inteligencia que parecía unirlos e incluso a que era difícil determinar quién había leído más y mejor y cuál de los dos decía cosas más agudas e inesperadas sobre libros y autores”. Ciertamente, la cultura y la vastedad de conocimientos que tenía Cortázar no era menor a la de Bernárdez, aunque en generosidad le ganaba ella. Sólo así se explica que tras la muerte, en 1982, de la segunda mujer de Julio, la también escritora Carol Dunlop, Aurora lo dejara todo para cuidar de él, enfermo de leucemia y le acompañara solícita hasta su muerte. Y tras esta, con enorme dedicación, junto a la agente literaria Carmen Balcells, que habría de convertirse en gran amiga, tratara de devolver a Julio Cortázar al lugar preeminente que en las letras hispánicas ocupa y se convirtiera también en paciente documentalista de los papeles de su exmarido, además de ser la editora, junto a Carles Álvarez, de sus Cartas.

No es la primera vez que la compañera de un escritor se dedica, tras la muerte de este, a tratar de prolongar su memoria. Pienso, por ejemplo, en la labor magnífica emprendida por Sabina de la Cruz para que los poemas de Blas de Otero fueran divulgados como merecen o la de Asunción Carandell, la viuda de José Agustín Goytisolo, empeñada en preservar los manuscritos, la correspondencia y la biblioteca de su marido, velando día tras día para que la obra del poeta barcelonés no se olvide.

Al recordar la lucha de estas mujeres, su tesón y fortaleza para perpetuar la obra de sus exmaridos o maridos me pregunto si en vez de ser ellos los escritores hubieran sido ellas, Bernárdez, De la Cruz y Carandell, las escritoras. Si ellos, Cortázar, Otero y Goytisolo, hubieran puesto el mismo afán, la misma maravillosa obstinación en su recuerdo y en la transmisión de sus obras.

Me gustaría equivocarme, pero tengo mis dudas.

Carme Riera, escritora.

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